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Si Rusia no tuvo excusas para lanzar una invasión masiva a Ucrania el 24 de febrero de 2022, ni las tiene ahora para continuar la guerra de exterminio en ese país, mucho menos la tiene Nicaragua, no solo para apoyar esta agresión, condenada globalmente; sino para reconocer como legítimas conquistas, los territorios anexados a Rusia como botín de guerra.
Esta acción arrastrada de la dictadura para congraciarse con Putin equivale a una declaratoria de guerra en cualquier circunstancia y de no ser porque Ucrania está tan lejos y tan desgastada por una guerra de sobrevivencia que libra contra todos los pronósticos, ya hubiera tenido consecuencias bélicas para Nicaragua.
Como bien lo señaló LA PRENSA en su editorial del pasado martes, “el Estado de Nicaragua se ha involucrado en esa guerra, porque el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo que lo representan ilegítimamente, por motivos ideológicos y políticos o por intereses materiales que desconocemos, respalda en los escenarios internacionales la agresión de Rusia contra Ucrania. Aparte del régimen de Nicaragua, solo el de Corea del Norte ha respaldado la anexión rusa de los territorios ucranianos. Incluso aliados estrechos de Rusia, como Bielorrusia, Cuba, Venezuela, Irán, Eritrea y otros, le han dado apoyo político y diplomático, pero no se han atrevido a darle un reconocimiento explícito a la anexión rusa de los territorios ucranianos”. Conste que dentro de las 4 regiones anexadas oficialmente hay sectores que no están controlados por Rusia y aún se libran batallas encarnizadas.
Este acto coloca a Nicaragua en una guerra de facto contra Ucrania. La última vez que Nicaragua entró en guerra en un conflicto internacional fue cuando declaró la guerra a Alemania nazi apoyando a los Estados Unidos cuando Hitler invadió los países europeos entre ellos Francia. Trazando un paralelo con este hecho, es como si Nicaragua hubiera reconocido la anexión de Francia, Bélgica, Holanda, y Polonia, entre otros invadidos por Alemania nazi, como un acto legítimo, tomando partido en el bando equivocado.
A diferencia de los codictadores, cuando Somoza García declaró la guerra a la Alemania nazi y a los países del Eje el 8 de diciembre de 1941, sabía dos cosas elementales: en qué continente está Nicaragua y quién era el agresor, por lo que de acuerdo con su realidad geopolítica, tomó el bando correcto de la historia.
La guerra de Rusia contra Ucrania es el mayor conflicto militar que se ha producido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial y ha provocado un éxodo masivo de 7.3 millones de ucranianos, más que toda la población de Nicaragua y el mayor desde la Segunda Guerra Mundial y adicionalmente, 7.1 millones se han desplazado internamente. Muchas ciudades ucranianas han sido prácticamente borradas del mapa y se calcula que han muerto 25 mil personas civiles en los constantes ataques rusos a la población civil.
Ha sido una guerra asimétrica: mientras Rusia lanza bombardeos constantes con misiles hipersónicos y drones contra poblaciones urbanas y la infraestructura civil, Ucrania se ha concentrado en objetivos militares estratégicos, sorprendiendo al mundo de su efectividad y, sobre todo, con la creatividad de sus audaces ataques asimétricos, que han redefinido la estrategia militar de la guerra moderna.
El editorial de LA PRENSA destaca que “después de 4 años de guerra, a pesar de la superioridad militar, territorial y poblacional, Rusia no ha podido vencer a Ucrania, porque los ucranianos defienden su patria, su libertad y su democracia, y tienen una inmensa superioridad moral sobre sus agresores rusos”.
Al cumplirse el cuarto año de esta guerra que nunca debió ser, este invierno ha sido el peor de la guerra para Ucrania ya que Rusia se concentró en bombardear y destruir la red eléctrica para que el pueblo ucraniano se rindiera por congelamiento, pero no ha sido así. Ucrania sigue resistiendo estoicamente mientras la dictadura Murillo-Ortega, una vez más, se ha apuntado en el lado equivocado de la historia, y tarde o temprano, habrá consecuencias.
El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos Heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. Fue codirector de LA PRENSA de 1981 a 1984.