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Hay un momento en toda tiranía en que el poder deja de ser solo una maquinaria de control y se convierte también en una fábrica de fantasías. El tirano ya no gobierna únicamente sobre instituciones, policías, jueces, cárceles o elecciones manipuladas; pretende gobernar también sobre el significado de las palabras. Llama paz al silencio, libertad a la obediencia, pueblo a sus seguidores y patria a su propio aparato de poder.
Por eso no sorprende que, ante sanciones, denuncias internacionales o el rechazo evidente de una población cansada, ciertos regímenes respondan hablando de soberanía, dignidad, democracia y libertad. A primera vista parece cinismo puro. Y en parte lo es. Pero también hay algo más profundo: el aislamiento del poder absoluto termina deformando la percepción de quienes lo ejercen.
El tirano vive rodeado de aduladores. Nadie le dice la verdad completa. Sus funcionarios aprenden que sobrevivir depende de confirmar la versión oficial. Si el país está molesto, le dicen que está tranquilo. Si la gente calla por miedo, le dicen que está agradecida. Si las plazas se llenan de empleados obligados, le dicen que el pueblo lo ama. Así, poco a poco, el poder se encierra en una habitación sin ventanas.
La dictadura confunde miedo con apoyo. Confunde dependencia con lealtad. Confunde propaganda con realidad. Y cuando ya no puede ganar una elección libre, roba la elección y luego necesita inventar una explicación moral para ese robo. No puede decir: “nos quedamos porque perdimos el respaldo popular”. Entonces dice: “el pueblo nos ratificó”. El fraude no termina en las urnas; continúa en el relato.
Un ejemplo doloroso de esa inversión moral fue el caso de Brooklyn Rivera, histórico líder indígena misquito. El régimen lo mantuvo durante cientos de días sin que su familia pudiera verlo ni conocer con claridad su estado. Bajo presión internacional, lo mostró cuando ya estaba gravemente deteriorado. Y entonces apareció la voz oficial, no para asumir responsabilidad, sino para revestir la crueldad con lenguaje piadoso: que estaban orando al Dios altísimo por la pronta recuperación del “hermano” Brooklyn Rivera.
Ahí está condensada la obscenidad moral del autoritarismo: primero se encierra, se aísla, se niega el contacto con la familia, se administra el silencio; después, cuando el cuerpo ya no puede ocultar la verdad, el poder se presenta como compasivo, devoto, humano. El carcelero se declara hermano. La maquinaria que despoja a una persona de su libertad invoca a Dios como si no tuviera nada que ver con su agonía.
Este fenómeno no pertenece a una sola ideología. Lo han practicado tiranías de izquierda y de derecha, militares, caudillistas, nacionalistas y supuestamente revolucionarias. Cambia el vocabulario, pero el mecanismo es idéntico. Unos dicen defender la revolución; otros, la patria; otros, el orden; otros, la fe; otros, la soberanía. Pero todos coinciden en algo: se presentan como víctimas mientras oprimen, como salvadores mientras destruyen, como defensores de la libertad mientras castigan al que piensa distinto.
La psiquiatría no tiene un diagnóstico único para esto. No existe, formalmente, un “síndrome del dictador que cree su propia mentira”. Pero hay conceptos que ayudan a entenderlo: la arrogancia del poder, la paranoia política, el narcisismo, la disonancia cognitiva, el pensamiento grupal y la propaganda internalizada. No siempre se trata de locura clínica. Muchas veces es una mezcla de cálculo, miedo, impunidad y autoengaño.
El rasgo más peligroso aparece cuando el tirano se confunde con la nación. Entonces criticarlo a él es “traicionar a la patria”. Sancionar a sus funcionarios es “agredir al pueblo”. Denunciar abusos es “servir al enemigo”. En esa inversión moral, el perseguidor se declara perseguido y el carcelero se proclama libertador.
Eso es profundamente orwelliano: no basta con controlar la conducta; hay que torcer el lenguaje hasta que las palabras digan lo contrario de lo que significan. “Democracia” se convierte en elecciones sin competencia. “Justicia” en castigo político. “Soberanía” en impunidad para la cúpula. “Pueblo” en una multitud cuidadosamente seleccionada para aplaudir. Y “oración” puede convertirse, perversamente, en el último maquillaje de una injusticia.
Pero hay una verdad que ninguna propaganda logra borrar del todo: si un régimen necesita encarcelar opositores, cerrar medios, expulsar críticos, vigilar ciudadanos y manipular elecciones, es porque sabe que no puede convencer libremente. La represión es la confesión involuntaria de su fracaso.
Los tiranos pierden contacto con la realidad porque destruyen todos los mecanismos que podrían corregirlos: prensa libre, justicia independiente, elecciones auténticas, oposición legal, sociedad civil, debate público. Al romper el termómetro, creen haber eliminado la fiebre. Pero la fiebre sigue ahí.
El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.