¿Son los liberales suficientemente liberales?

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Muchos se creen liberales, pero no lo son. Liberal es quien conoce y aprecia la filosofía o ideas liberales. Esto no sucede a menudo. Muchos liberales nicaragüenses tienen como su gran paladín a Zelaya, un dictador. Tremenda contradicción. Porque jamás podrá considerarse liberal a un autócrata. No importa cuántas cosas buenas u obras de progreso haya hecho, el autócrata es, por definición, lo opuesto al ideal liberal.

Vale pues repasar algunas de las ideas liberales que deben servir de faro para la Nicaragua deseada. La primera lo encierra la palabra liberal; sus primeras cinco letras, liber, lo dicen: libertad; derecho precioso, inalienable, dado por Dios a los hombres. Nadie lo ha expresado mejor que Cervantes en boca de don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres».

La libertad es producto de la dignidad del ser humano, cualidad siempre reivindicada por el cristianismo. Para este el ser humano, como criatura hecha en semejanza e imagen de Dios, tiene un valor intrínseco y sagrado; un solo hombre vale más que la catedral de Notre Dame o cualquier bien material. Todo ser humano, por tanto, es poseedor de derechos inalienables, innegociables, irrenunciables. El primero es el derecho a la vida, desde su concepción. El segundo, el derecho a la libertad. De ambos derivan los demás derechos humanos. Aquí es interesante observar como el liberalismo tiene en sus raíces filosóficas más hondas una concepción del hombre profundamente cristiana, aun cuando en otros tiempos algunos de sus seguidores hayan chocado con la Iglesia.

De esta visión libero-cristiana se derivan una serie de ideas políticas revolucionarias. Una es que el individuo está antes que el Estado o poder alguno; que el Estado existe para servir al individuo y no al revés, que cualquier autoridad que invierta esta relación o irrespete sus derechos se vuelve ilegítima, pues contradice su esencia o razón de ser. Razón que no es, aunque suene bonito, la justicia social ni la distribución de las riquezas, ni siquiera la igualdad económica o social de sus habitantes, sino garantizar la vida, los derechos y la libertad de los ciudadanos.

La justicia social y la distribución de las riquezas pueden ser aspiraciones positivas mientras no impliquen medidas confiscatorias o coercitivas de los bienes y el esfuerzo de los ciudadanos más productivos, y mientras no lleven a la creación del ogro filantrópico, el gran Estado benefactor que termina subyugando al individuo. Peligro este que debe llevarnos a una consideración que escapa a muchos liberales: la suprema importancia de evitar que el Estado se agrande y se imponga sobre los individuos.

El verdadero liberal aspira a un Estado pequeño con poderes muy limitados. Porque esta es una ecuación inescapable: a más poder estatal menos poder individual. A más poder individual menos poder estatal. El liberal busca crear una sociedad donde se empodera al individuo y se desempodere al Estado. Una donde los ciudadanos no teman al gobierno sino donde los gobiernos teman a los ciudadanos.

Un Estado grande y poderoso es siempre un peligro. El poder, entre más fuerte, más tienta y corrompe. De esta preocupación surgió precisamente la sabia idea liberal de la separación e independencia de los poderes del Estado, del pluralismo político y de la elección periódica de autoridades, además de la libertad irrestricta de expresión, que es otro freno a los abusos del poder.

Otro importante aspecto del liberalismo es que tampoco favorece la igualdad de ingresos o resultados que patrocina la izquierda, sino la igualdad de oportunidades. Para él la única desigualdad injusta es la causada por privilegios especiales o la corrupción. No la resultante del mérito y el esfuerzo. Esto no significa que desatienda a quienes quedan atrás, sino que trata de subirlos procurando que aumenten sus oportunidades y no bajando a los de arriba.

Queda tela por hilar. Seguiremos.

El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.

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