Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Los autócratas pueden parecer muy seguros de sí mismos. Arrogantes, jactanciosos, desafiantes, parecen sentados sobre un trono inamovible; el erigido sobre el acero de las armas, el poder económico y su aparato represivo. Posan como personas que no le temen a nadie ni a nada. Pero todos, sin excepción, esconden temores inconfesables: miedo a la libertad, miedo a la verdad, miedo al pueblo y miedo a su propia gente.
Les espanta la libertad porque el autócrata, por definición, aspira a que todos sigan sus directrices y se hinquen ante su majestad. Pero esto no puede imponerse a personase libres. Porque pueden comportarse en forma distinta de la que quiere el tirano; pensar diferente y actuar diferente. Con el agravante de que su ejemplo es contagioso y suena como un desafío a sus mandatos o a insulto. No arrodillarse ante los endiosados —que es el caso de la mayoría de los autócratas— huele incluso a blasfemia. Para evitar este peligro y dolor, los déspotas privan a sus ciudadanos de todo rescoldo de independencia asegurándose de que no puedan movilizarse, asociarse o hacer nada, sin su visto bueno.
Los autócratas tiemblan ante la verdad porque viven en la mentira. Crean historias, sobre ellos mismos o sus adversarios, tejidas de mitos, mentiras encubiertas o medio verdades. Pero como no están fundadas en la realidad fácilmente se derrumban ante la más mínima crítica o exposición de hechos. Como no son hijos de la luz los déspotas deben apagarla, rodearse de tinieblas y cerrar cualquier rendija que pueda disiparla.
Es natural entonces que en las autocracias no existan medios de comunicación libres. Ni debates. Ni conferencias de prensa con periodistas independientes. ¿Se imaginan cómo contestaria Ortega ante la pregunta de por qué expulsó a las monjitas de la caridad? ¿o de por qué ha condenado, desaparecido y expatriado a tantos, sin juicio previo ni derecho a la defensa? Estas y muchas otras preguntas son amenazantes. Quienes medran en la mentira no pueden tolerar la voz de un solo pensador disidente. El miedo a la verdad es intolerante y puede ser incluso homicida. Lo vimos en el caso de Pedro Joaquín Chamorro o en el de Roberto Samcam. Sus voces amedrentaban y enfurecían a quienes desnudaban con sus denuncias.
Los autócratas temen también a sus pueblos. Saben que mucha gente no los quiere. Saben que si puestos a escoger entre ellos u otros gobernantes el pueblo podría descartarlos. Por eso no se atreven a permitir la libertad de elección. O las prohíben, como en Cuba y Corea del Norte, o las falsifican controlando el poder electoral, como en Venezuela, o arrestan a los candidatos opositores, como en Nicaragua. Los autócratas dicen amar al pueblo, pero en el fondo lo desprecian; no lo creen digno de elegir correctamente. Esta capacidad debe ser reservada para el partido gobernante. También creen al pueblo susceptible de ser manipulado por sus malvados adversarios y que por tanto hay que controlarlo, vigilarlo, y mantenerlo en su lugar, a través de las bayonetas si es preciso.
Por último, los autócratas temen a su propia gente. Saben que alrededor de ellos priva la hipocresía y las lealtades compradas por el miedo o los privilegios. Que nadie es digno de su entera confianza. Que sus genuflexiones no son sinceras. Que están sumergidos en un mar de guatusas. Que cualquiera de quienes les sonríen puede traicionarlos. De aquí que sea también necesario espiarlos, infiltrar sus conversaciones, privarlos de sus pasaportes y premiar las delaciones.
Pobre de ellos pues terminan siendo prisioneros de sus propios miedos. Viven atrincherados, entumidos, tras los muros de sus mansiones fortificadas. No pueden movilizarse libremente y gozar de la vida sencilla del ciudadano común. Tienen que andar rodeados de escoltas, de armas dispuestas a matar. Ni siquiera disfrutan de las sonrisas y elogios de sus aduladores. De noche probablemente duerman con un ojo abierto. Triste, muy triste, es la vida de quienes huyen de la luz y la libertad.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.