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En 1886, el poeta Rubén Darío, entonces de 19 años, se fue de Nicaragua casi huyendo. Estaba enamorado de Rosario Emelina Murillo Rivas y se enteró que esta última había tenido algo que ver con un personaje de la política nicaragüense de entonces.
Así lo explica él mismo en su autobiografía: “A causa de la mayor desilusión que pueda sentir un hombre enamorado, resolví salir de mi país. ¿Para dónde? Para cualquier parte”, escribió Darío.
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Tenía la idea de irse para Estados Unidos, pero, en esos días, vivía en Nicaragua un general y poeta salvadoreño, Juan Cañas, quien había sido “minero en California, militar en Nicaragua” en la época de William Walker y “diplomático” en Chile.
–Vete a Chile. Es el país a donde debes ir– le dijo Cañas a Darío.
–Pero, don Juan, ¿cómo me voy a ir a Chile, si no tengo los recursos necesarios?
–Vete a nado, aunque te ahogues en el camino.
Entre Cañas y otros amigos le consiguieron a Darío el dinero para irse a Chile, “unos pocos soles peruanos”. Llevaba consigo también, como “única esperanza”, unas cartas de Cañas para personajes importantes chilenos.
Sería en Chile donde, dos años después, el 30 de julio de 1888, en la ciudad de Valparaíso, en la editorial Excelsior, Darío publicó la obra que lo catapultó al éxito: Azul, un libro que está considerado como el inaugurador del movimiento denominado Modernismo.

Hablando sobre la importancia de su libro como iniciador del Modernismo, Darío escribió en Historia de mis libros: “Esta mañana de primavera me he puesto a hojear mi amado viejo libro, un libro primigenio, el que iniciara un movimiento mental que había de tener después tantas triunfantes consecuencias”.
Al principio, el libro, formado por varias composiciones en prosa y en verso, no tuvo mucho éxito en Chile, pero los chilenos se vieron obligados a considerarlo mejor cuando, en octubre del mismo 1888, se publicó una carta dirigida a Darío del escritor español Juan Varela y en la que reclama al mundo que se reconozca la importancia de la obra de Darío.
Está escrito “en muy buen castellano”, dice Valera en su carta sobre Azul, pero, lo que más destaca el escritor español, es la influencia francesa en Darío. “Ninguno de los hombres de letra de la Península (España) que he conocido yo con más espíritu Cosmopolita, y que más largo tiempo han residido en Francia, y que han hablado mejor el francés y otras lenguas extranjeras, me ha parecido nunca tan compenetrado del espíritu de Francia como usted me parece”, le escribió Varela a Darío.
Lo curioso es que el mismo Darío reconoció después que, cuando escribió Azul, ignoraba nociones de poética francesa, lo cual se refleja, por ejemplo, en el hecho de que incluyó unos versos franceses que no eran versos, porque desconocía el buen uso de la e, ya que, aunque algunos declamadores no la pronuncian o lo hacen escasamente, cuenta como sílaba para la medida del verso. Aunque sí había leído a Víctor Hugo.
A Varela le sorprendió que Darío era un joven nicaragüense que tan solo tenía 21 años cuando se publicó Azul.
Modesta maleta
Fue en junio de 1886 cuando Darío arribó a Chile, cuenta el escritor chileno Raúl Silva Castro, con una modesta maleta de tela.
Darío se instaló primero en Valparaíso, donde publicó su primer artículo, La erupción del Momotombo, en un periódico llamado El Mercurio, en la edición del 16 de julio.
Un mes después, en agosto de 1886, se fue a la capital, Santiago, y comenzó a trabajar en el periódico La Época.
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Debido a que había trabajado en la Biblioteca Nacional de Managua, donde había devorado muchos libros, y a otras muchas lecturas que hizo, Darío llevó a Chile una “sólida ilustración literaria”, dice Silva Castro, conociendo bien a autores clásicos, griegos y latinos.
Muchos quedaron sorprendidos con Darío cuando el director de La Época apareció en una ocasión diciendo que le iban a dedicar un número al poeta español Ramón de Campoamor, exponente del realismo, y que le iban a dar 200 pesos al que escribiera “la mejor cosa” sobre Campoamor, escribió en su autobiografía el propio Darío.
Ganó la propuesta de Darío y todos estuvieron de acuerdo. Darío escribió:
Este del cabello cano
como la piel del armiño,
juntó su candor de niño
con su experiencia de anciano.
Cuando se tiene en la mano
un libro de tal varón
abeja es cada expresión,
que volando del papel
deja en los labios la miel
y pica en el corazón.

Darío había llegado a Chile con una “desmedrada figura”, delgado, enclenque, pero a mediados de 1887 era otra cosa. Estaba recuperado y vestía muy elegante, con corbata, “sombrero lustroso” y “pañuelo de seda”, relató el político chileno Luis Orrego Luco.
Raúl Silva Castro cuenta que fue en esos días, a mediados de 1887, cuando algunos amigos le sugirieron a Darío juntara los cuentos y las poesías que había escrito hasta entonces, y las publicara en un libro “que hiciera fijarse para siempre en el nombre del poeta los ojos de las gentes”.
Darío relató que, cuando publicó esos cuentos y poesías, en los diarios chilenos, apenas obtuvo “el asombro y la censura de los profesores”. En cambio, sus compañeros lo aplaudieron.
“¿Cuál fue el origen de la novedad? El origen de la novedad fue mi reciente conocimiento de autores franceses del Parnaso (un movimiento poético francés de la segunda mitad del siglo XIX), pues a la sazón la lucha simbolista apenas comenzaba en Francia y no era conocida en el extranjero, y menos en nuestra América”, comentó Darío en Historia de mis libros.
Azul
Víctor Hugo, el gran poeta romántico francés del siglo XIX, tenía una famosa frase que dice: “L’art c’est l’azur”, que en español es “El arte es el azul”.
Sin embargo, cuando Darío publicó Azul, aseguró que no conocía esa frase.
El poeta nicaragüense justificó que tituló a su obra Azul porque “el azul era para mí el color del ensueño, el color del arte, el color helénico y homérico, color oceánico y firmamental, el coeruieum, que en Plinio es el color simple que asemeja al de los cielos y al zafiro”.
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A Azul, Darío lo consideró su primer libro, a pesar de que en Managua había publicado ya uno que tituló Primeras Notas, pues decía que el de Managua se trató solamente de “un volumen incompleto de versos”.
En esencia, Azul consta de tres partes. Una primera, de cuentos, entre los más conocidos: El rey burgués, El fardo, El velo de la reina Mab, El pájaro azul y Palomas blancas y garzas morenas. La segunda parte es prosa, en la que Darío cuenta sobre el Chile de esa época. La tercera son poemas reunidos bajo la sección El año lírico.

“En este libro no sé qué debo preferir: si la prosa o los versos. Casi me inclino a ver méritos en ambos modos de expresión del pensamiento de usted. En la prosa hay más riqueza de ideas; pero es más afrancesada la forma. En los versos la forma es más castiza. Los versos de usted se parecen a los versos españoles de otros autores, y no por eso dejan de ser originales: no recuerdan a ningún poeta español ni antiguo, ni de nuestros días”, le escribió Juan Varela a Darío en octubre de 1888, sobre Azul.
Darío, por su parte, resumió Azul así: “Es una obra que contiene la flor de mi juventud, que exterioriza la íntima poesía de las primeras ilusiones y que está impregnada de amor al arte y amor al amor”.
Esa “flor de la juventud” a la que alude Darío ocurrió tanto en Nicaragua como en Chile.
En la época en que Darío escribió Azul, en la lengua castellana imperaba el romanticismo, pero este movimiento literario iba en declive, especialmente porque los poetas franceses habían vuelto su mirada al mundo griego.
Es por eso que Darío habla de los poetas franceses del Parnaso, que lo influyeron pero, en Azul, Darío imprimió su propio estilo, lo que dio comienzo al Modernismo.
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