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Buscar las causas de la pobreza y sus posibles remedios ha sido, y sigue siendo, uno de los imperativos de nuestra época. León XIV, en su reciente Exhortación apostólica, Dilexi Te, acaba de hacer un llamado a renovar el compromiso por ayudar a los pobres. Hacerlo, nos dice, requiere que estemos “cada vez más comprometidos en resolver las causas estructurales de la pobreza” (94).
El problema está precisamente, en saber identificar dichas causas. Enfrentados al tema algunos científicos sociales sugieren que en lugar de buscar causas de la pobreza más bien deberían buscarse las de la riqueza; porque la pobreza no es más que ausencia de riqueza. Adam Smith fue precisamente quien adoptó esta perspectiva en su seminal obra de 1776, Una Investigación sobre la Naturaleza y Causa de la Riqueza de las Naciones. En ella destacó el sistema de libre empresa, lo que llevaría a que fuese considerado como uno de los padres intelectuales del capitalismo.
La verdad histórica es que el capitalismo ha sido la máquina más dinámica del desarrollo económico de los dos últimos siglos. El sistema de libre empresa no causó ni inventó la pobreza. Podría incluso decirse que una de las principales causas de pobreza es la ausencia de capitalismo competitivo; o las trabas que algunas sociedades ponen al desarrollo de la libre empresa. La mejor demostración de la validez de estas afirmaciones es China. Desde decidió abandonar el socialismo y abrirse al libre mercado sacó de la pobreza a 400 millones. Una verdadera proeza.
Desafortunadamente esta realidad tiende a desconocerse en muchos escritos inspirados en la buena fe. El papa Francisco, por ejemplo, citado muchas veces en Dilexi Te, denunciaba que los pobres del mundo aumentaban y aunque no mencionaba al capitalismo como la causa, lo daba a entender al culpar a “ideologías que defienden la autonomía absoluta del mercado y de la especulación financiera”, o “modelos actuales que enfatizan el éxito”.
Es cierto que el sistema capitalista suele generar grandes desigualdades sociales. Pero no porque haga al pobre más pobre sino porque lo levanta, aunque no a la misma altura y ritmo con que levanta a las élites empresariales. Los pobres de Estados Unidos, por ejemplo, están a una distancia planetaria de los billonarios como Elon Musk y Bill Gates, pero la mayoría, y en particular la clase obrera, tiene un nivel de vida superior a muchas clases medias del resto del mundo. Gracias al capitalismo el número de pobres en el mundo está disminuyendo, no al ritmo ideal, pero sí en forma significativa: En 1990 la población en extrema pobreza era 2.3 billones. En 2025 había bajado a 831,000. En América Latina en 1980 la proporción de pobres era el 50 por ciento y en 2025 el 25.5; casi la mitad. Los dos países donde el número de pobres han aumentado dramáticamente son Venezuela y Cuba.
Un malentendido muy común es atribuir la pobreza e injusticias de algunas sociedades al sistema capitalista por no saber diferenciar el capitalismo competitivo del capitalismo de cuates (crony capitalism). El primero se caracteriza por ausencia de monopolios y reglas del juego iguales para todos. El segundo por estar plagado de empresarios favorecidos por sus nexos con el poder y por mucha corrupción, como ha sido el caso de Argentina tan bien denunciado por Milei.
Es deseable que en documentos sobre el tema de la pobreza no sólo se atemperen los prejuicios contra el capitalismo competitivo y se desnuden las maldades del socialismo, sino que no se omita, como hasta ahora, otro gran causante de miseria que merece un abordaje aparte: la desintegración familiar. Esta última, a pesar de su gran importancia no es mencionada una sola vez. En Estados Unidos es la mayor causa de pobreza de la población negra y en muchos países de Latinoamérica igual. La mujer abandonada y su prole suelen sufrir un descenso de su ingreso mayor al 30 por ciento, mientras que los hombres que abandonan obtienen un incremento muchas veces similar. Ellos, mujeres y niños en hogares rotos, son los más vulnerables. A ellos debe dirigirse la atención de quienes buscan estar “cada vez más comprometidos en resolver las causas estructurales de la pobreza”. No hay que ir muy lejos.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.