La metáfora de Segismundo con el poder

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Basilio, rey de Polonia y padre del príncipe Segismundo, vive más en las estrellas que en su propio reino. Pasa horas perdido entre números, cálculos y cartas astrales, tratando de anticipar el futuro mientras el presente se le escapa de las manos. Le inquieta profundamente el destino de su pueblo, pero esa preocupación no se traduce en decisiones firmes, sino en dudas, miedos y vacilaciones.

Es un gobernante que sabe de matemáticas, ciencias y astrología, pero cuya sabiduría rara vez se orienta a gobernar; prefiere leer el cielo antes que mirar de frente la realidad de su trono. Los hados (o las estrellas) le dicen que su hijo, Segismundo, se convertirá en un rey tirano y cruel que lo destronará y causará grandes males, lo que le lleva a encarcelar al príncipe desde su nacimiento para evitar ese destino, según la profecía.

Tras años de encierro en una torre, sin aprendizajes previos, sin conocer del mundo más allá de sus muros, lamentándose por la injusticia de su encierro inexplicable y la tortura de la soledad, le dan el trono por un día. Como un experimento, el rey lo libera de sus cadenas bajo la premisa de saber “si él puede gobernar”. Pero lo que hace el príncipe una vez liberado y sentado en el trono es devastador; castiga, impone y actúa impulsivamente, porque no sabe lo que significa gobernar, solo siente el peso, la ira y la revancha.

Esta situación hace surgir una pregunta: ¿Puede alguien gobernar si nunca aprendió qué es gobernar? ¿Puede la injusticia convertirse en justicia cuando quien la ejerce fue víctima de injusticias? Cuando Segismundo ocupa el trono, el caos emerge con furia. Sus decisiones no buscan el bien común, sino pavonearse de su nueva posición. No existe una visión de futuro, sólo la impulsividad, el miedo y la rabia. Es la crónica de un poder sin raíces, de un poder nacido del resentimiento más que de la esperanza.

Esta es la historia que narra la maravillosa pieza literaria de la época de oro del teatro español llamada La Vida es Sueño (1635), del escritor, dramaturgo, poeta y sacerdote, Pedro Calderón de la Barca. El contexto político que vivió Calderón de la Barca en el siglo XVII fue convulso en la España de la época, marcado por la crisis del Imperio, las luchas de poder entre facciones, las consecuencias de la Contrarreforma católica y las fuertes tensiones sociales.

En la propuesta teatral de Calderón de la Barca, el contexto político y moral de su tiempo se traduce en una crítica mordaz hacia la tiranía y en una defensa decidida del libre albedrío frente a cualquier forma de destino ciego o predeterminado. En el drama sus personajes se debaten entre la obediencia al poder y la exigencia de justicia, encarnando la tensión entre la autoridad y la conciencia. Estas preocupaciones se mezclan con la fragilidad de las apariencias y la falsedad de la gloria mundana.

Segismundo 2.0

En La Vida es Sueño, Calderón de la Barca nos ofrece mucho más que una obra del Siglo de Oro; nos comparte una poderosa metáfora política que sigue resonando con fuerza en América Latina. La figura de Segismundo, recluido injustamente, liberado sin preparación y transformado súbitamente en príncipe, encarna a muchos proyectos políticos de la región que, tras años de exclusión o resistencia, accedieron al poder con promesas de cambio, justicia y redención, pero terminaron ejerciendo ese poder con despotismo, clientelismo o corrupción.

Segismundo, al despertar en el trono, reacciona con violencia, arrogancia y desconfianza. No conoce límites porque nunca se le enseñó a tenerlos. Su respuesta es instintiva, y su breve paso por el poder se convierte en una explosión de impulsos y excesos. Así también han actuado algunos gobiernos latinoamericanos, movimientos sociales convertidos en partidos, líderes populares elevados al poder, que al llegar no supieron qué hacer con él más que usarlo como herramienta de revancha o consolidación personal. La narrativa del “nos toca gobernar” reemplaza la ética por la inercia del poder.

Lo más inquietante de esta comparación es que, en ambos casos, hay una promesa de hacer el bien. Segismundo, cuando es devuelto a su encierro, reflexiona y cambia. Pero no todos los gobiernos hacen esa transición. Muchos se aferran al poder, se rodean de aduladores como los cortesanos de Calderón y terminan abandonando las causas que los legitimaban. Las promesas de redistribución se diluyen en redes clientelares y las luchas por la dignidad derivan en censura o represión.

La obra también pone en evidencia la fragilidad de los entornos que rodean al poder. La corte de Segismundo lo adula cuando manda, lo olvida cuando cae. Este espejo resulta dolorosamente familiar en nuestros sistemas políticos; partidos que se transforman en plataformas de conveniencia, movimientos sociales cooptados por el Estado, militancias que pierden su capacidad crítica. En estos casos la figura del líder reemplaza al proyecto, y la verticalidad sustituye la participación.

Sin embargo, Calderón no es cínico. La obra no termina en el fracaso, sino en la posibilidad del aprendizaje. El Segismundo que regresa al poder lo hace con una nueva conciencia: comprende que todo puede ser un sueño y que el poder, como la vida, es frágil y efímero. Esta es la lección más profunda para América Latina; que el poder no debe asumirse como revancha ni como premio, sino como responsabilidad. Solo así es posible transformar la promesa en justicia y la esperanza en acción duradera.

Corolario

Porque en América Latina, y en cualquier lugar donde haya voces olvidadas, sueños postergados y promesas por cumplir, quizá lo que necesitamos no es más poder en manos de caudillos, ni caciques, sino sueños compartidos.

Sueños en los que todas y todos vivan, gocen y decidan.

Sueños que no estén en manos de uno solo.
Sueños colectivos, reales, éticos y dignos.

Porque si el mayor bien es pequeño y toda la vida es sueño… pues los sueños que no sean una pesadilla para nadie.

El autor es consultor en Innovación Social para el Tercer Sector.

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