Petófi Sandor

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A veces he pensado que los muertos, más que hablarme en sueños, estos me guían, sobre todo si se trata o más bien si estos envuelven de alguna manera a Rubén Darío. Es extraño, pero me ha sucedido más de una vez.

Sighișoara está localizada en Transilvania en el corazón de Rumania. Es una pequeña ciudad fundada en el siglo XII por los alemanes, rodeada de montañas exuberantes, situada en las cercanías del río Târnava, de historia muy bien preservada. Sus casas son de colores variados donde predominan los azules, los verdes, y los amarillos; de techos bastante inclinados color naranjas y rojos, sus calles empedradas donde existen numerosos monumentos entre ellos la Torre del Reloj localizado en su centro peatonal, la escalera cubierta de Sighișoara, Biserica din Deal y su viejo cementerio. Por su belleza, historia y preservación fue declarada en 1999, Patrimonio Nacional de la Humanidad por la Unesco.

Curiosamente allí nació Vlad Tepes o Vlad el empalador, (1431-1476) quien, a pesar de utilizar métodos crueles contra el enemigo, es considerado un héroe nacional, pues supo defender a Rumania de la invasión del imperio otomano. Figura que reinó durante tres períodos y nada tuvo que ver con el Drácula de ficción conocido que se hizo famoso con la novela del escritor irlandés Bran Stocker.

En esa ciudad medieval de Sighișoara ocurrió mi encuentro con Sándor Petöfi, (1823-1849), el cual fue extrañamente curioso.

Conocía a través de Rubén Darío la existencia de Mor Jokai, poeta y novelista originario de Budapest, Hungría. —Rubén llegó por casualidad el día que ocurrió el entierro de este escritor, un 5 de mayo de 1904, y se fue siguiendo la caravana funeral. A su paso, compró un bouquet de flores, las cuales, en un momento oportuno, las depositó sobre el féretro en señal de respeto, haciéndole una reverencia al gran poeta húngaro quien en vida fuera un gran luchador por la libertad de Hungría. De allí se desprendería mi artículo titulado: “Un ramo de rosas para Mor Jokai”, el cual fue publicado en diferentes medios.

El busto de Sándor Petöfi, (1823-1849) poeta nacional de Hungría, amigo y compañero revolucionario de Mor Jokai —miembro de la academia de Ciencias de Hungría— estaba ante mí a la vuelta de una esquina, en la intercepción de una calle central de Sighișoara. Escultura muy victoriosa, para que de por vida sea recordada en el mismo lugar donde el poeta murió luchando en la batalla Segesvár, una de las últimas de la Revolución Húngara de 1848 contra el poder absoluto de los Habsburgo en Hungría. Allí mismo estaba el creador del verso patriótico húngaro; un himno a la libertad, escrito por él en 1848, llamado Nemzeti dal en húngaro o (Tonada Nacional):

[…] ¿Seremos esclavos, o libres? / Ésta es la pregunta, ¡respondan! -/ Al Dios de los húngaros / Le juramos, / Le juramos, que / esclavos más / No seremos! / Esclavos hemos sido / nosotros hasta ahora, / Nuestros condenados antepasados, / Quienes libremente vivieron y murieron, / En suelo de esclavos / no pueden descansar. / Al Dios de los húngaros / Le juramos, que / ¡esclavos más no seremos! […]. (Petöfi).

El fallecimiento de Petöfi aún sigue siendo un tanto incierto. La versión más popular es que cayó en combate en 1849 a manos del ejército imperial ruso en la lucha por la independencia húngara de 1848. Como su cuerpo nunca fue encontrado oficialmente, se rumoraba que un médico militar ruso dejó escrito en su diario que Petöfi había sobrevivido en la batalla. —Mor Jokai escribió una novela bajo la marca de la ficción (roman a clèf) donde se imaginó la resurrección de su difunto amigo. Años más tarde en 1980, investigadores soviéticos encontraron archivos donde se revelaba que tras la batalla de Segesvár fueron tomados 1800 prisioneros de guerra húngaros y enviados a la Siberia. Sugieren, aunque no confirman que Petöfi fue uno de ellos y que murió en los campos siberianos de tuberculosis. En 1990 algunos arqueólogos afirmaron haber desenterrado el cuerpo de Petöfi. Sea como sea, el asunto es que su busto sigue erecto en esta pequeña y pintoresca ciudad medieval, imponiéndose entre dos bocacalles como símbolo y en señal de respecto de quien en vida abogara por las libertades, haciéndonos recordar el día 15 de marzo donde fueron leídos los doce puntos libertarios dictados por los líderes revolucionarios entre ellos Petöfi, demandando paz, concordia y dignidad. Leídos junto al poema de Petöfi en la ciudad de Pest en 1848. Demandas dirigidas al Gobernador General de los Habsburgo y a los representantes del Emperador Ferdinand con el apruebo de todo el pueblo ante una multitud de asistentes.

A la muerte de Petöfi en su nombre se nombraron muchas calles y plazas. Su poesía y escritos se hicieron grandemente populares. Franz Liszt, compositor húngaro y contemporáneo compuso una pieza para piano y musicalizó varios de sus poemas.

La efigie de Sándor Petöfi es un recordatorio de que nadie puede mancillar el respeto hacia las libertades individuales ni históricas de nuestros pueblos.

En ese pueblecito acogedor de Transilvania, estaba el flamante busto de Petöfi ante mis ojos, sin haberlo buscado, rodeado de diversas flores y coloridos. El poeta que había mencionado hace mucho, en mi anterior artículo sobre Mor Jokai, me había encontrado. Dos historias que tocaron mi vida. La primera de Mor Jokai y la segunda de Sándor Petöfi. Historias que sin buscarlas ni pensarlas aparecieron ante mis ojos. Una en Budapest guiada por el mismo Darío, y la otra ahora, en este pequeño y ensoñador lugar donde a Petöfi se le inmortalizó. El guía Nicolás, que me acompañaba, sorprendido, me explicó que este poeta no era originario de Sighisoara, pero que, por morir honoríficamente en batalla en estos alrededores, se le había erigido su escultura en señal de reconocimiento.

La grandeza en este encuentro está, en haber sido guiada por la sombra existente de nuestro poeta nicaragüense, Rubén Darío, quien como el Mochuelo de Atenea que dirigió la barca de Ulises con sus alas sabias, me llevó como en sueños, desde las riveras del Danubio azur en Budapest, hasta las bellas montañas y valles de los Cárpatos transilvanos.

A través de este busto perdido en este misterioso lugar, muy lejos de mi Nicaragua, aún pude encontrar la huella indeleble de nuestro gran poeta universal.

La autora es Máster en literatura española.

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