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Hay quienes construyen su vida en un solo lugar y hay quienes, como Manuel Román Lacayo, la trazan en constante movimiento. “He contado 44 mudanzas desde que nací: algunas provocadas por desastres naturales como terremotos, otras por guerras o conflictos sociales, y muchas más por mi búsqueda de aprendizaje y crecimiento”, confiesa.
Ese número resume una existencia marcada por la movilidad, pero también por una profunda capacidad de adaptación. Aunque añora el arraigo, la estabilidad de un hogar fijo, ha aprendido a reconocer que cada mudanza trae consigo una nueva oportunidad de crecimiento. “Aunque añoro tener un hogar permanente, también disfruto la posibilidad de sentirme en casa en cualquier lugar”, resume con serenidad.
Hoy, desde Pittsburgh ocupa el cargo de subdirector de la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA por sus siglas en inglés), pero su biografía, como su disciplina, no puede leerse sin excavaciones: capas de experiencias, raíces culturales y memorias que se entretejen en su identidad.
Nicaragua: sonidos, sabores y afectos
Cuando habla de lo que más extraña de Nicaragua, lo hace con un brillo en los ojos. “Lo que más me falta es la gente, esa forma de relacionarse, las amistades que permanecen a pesar del tiempo. Puedo regresar décadas después y ahí están, intactas”.
No se trata solo de personas, también de gestos cotidianos y del paisaje sonoro de las calles: vendedores ambulantes ofreciendo güirilas o buñuelos, el carro de funerales con altavoz recorriendo barrios. “Un buen quesillo, una rellenita en el tiangue de Masaya, una chicha de jengibre… Son detalles que no necesito para vivir, pero que son esenciales para la identidad”, asegura.
El clima es otro recuerdo entrañable. Aunque se ha adaptado al frío de Boston o Pittsburgh —“estar dentro de una casa con calefacción, poder ver a través de la ventana la nieve caer, eso es rico”—, su memoria lo transporta siempre a la Laguna de Apoyo. “En la propiedad de mi padre, rodeados de árboles y con los monos congos haciendo ruido bajo la lluvia, pasábamos los fines de semana. Esas mañanas de invierno son de las cosas que siempre llevo dentro”.
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De la electrónica a la arqueología
Lo curioso es que la arqueología no fue su primera elección. “Yo aspiraba a ser ingeniero electrónico, pero tuve muchos retos con la teoría… al final encontré mi camino en la arqueología”. Ese cambio lo condujo a Harvard, donde estudió Ciencias Sociales y después a la Universidad de Pittsburgh, donde obtuvo su doctorado gracias a la Fundación Heinz.
En Masaya realizó su investigación doctoral, enfocada en los municipios de Tisma y Ticuantepe. Allí estudió las estructuras comunales y el fenómeno del cacicazgo: un sistema intermedio entre tribu y Estado donde el poder político se hereda. “Mi formación es antropológica: uso la arqueología como técnica para entender a las sociedades extintas que no dejaron escritura, pero sí cultura material”, explica.

Ese enfoque académico se complementó con la práctica profesional. Fue director del Museo Nacional de Nicaragua entre 1998 y 1999 y fundó el programa de maestría en Estudios Latinoamericanos en la Universidad Americana de Managua.
Proyectos más allá de la academia
Su carrera lo llevó también al terreno del desarrollo y la gestión de proyectos internacionales. Trabajó en Guatemala en programas de alianzas público-privadas que multiplicaban la inversión social en salud, educación, nutrición y mitigación de desastres. En Panamá participó en el monitoreo ambiental de la expansión del Canal. En distintos países coordinó proyectos de infraestructura, energía solar, oleoductos y carreteras.
“El principio era no dejar algo peor, sino dejarlo igual o mejor, tanto para el medio ambiente como para el medio social”, enfatiza. Esa filosofía lo convirtió en puente entre empresas, comunidades locales y organismos multilaterales, garantizando que los impactos de las obras no arrasaran con las identidades ni con la vida de las poblaciones.
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Incluso llegó a trabajar en Angola, aplicando su conocimiento sobre patrimonio cultural y medio ambiente en un contexto africano. Esa diversidad de experiencias consolidó su capacidad de entender la arqueología no sólo como un estudio del pasado, sino como una herramienta para enfrentar los retos del presente.
Pittsburgh y LASA: un centro latino en el norte
Si bien Pittsburgh no era el destino que soñaba, terminó siendo un punto de arraigo inesperado. Allí completó su doctorado y descubrió una comunidad académica vibrante en estudios latinoamericanos.
Desde 1986, la sede de LASA se encuentra en esa ciudad gracias al apoyo de la Universidad de Pittsburgh. En 2019, la asociación adquirió un edificio histórico de 113 años que fue remodelado y convertido en el Centro Cultural Latinoamericano.
“Nuestro quehacer es aunar especialistas y reunirnos para presentar, discutir y comunicar ideas sobre América Latina, en campos que van desde la política y la literatura hasta el arte, el teatro o la música”, explica Manuel.
Hoy, LASA cuenta con 13,000 miembros en todo el mundo y organiza congresos internacionales que reúnen a miles de investigadores. En los últimos años se han realizado en Bogotá, San Francisco y Vancouver; próximamente en París y, después, en distintas ciudades latinoamericanas debido a las restricciones de ingreso a Estados Unidos.

El Centro Cultural que dirige junto con su equipo ofrece tres salas de exposición: una dedicada a la geografía y biodiversidad del continente, otra enfocada en expresiones culturales y artísticas, y una galería para muestras temporales. En 2024 estuvo dedicada a Haití; en 2025 lo estará a Costa Rica y en 2026 a Panamá.
Identidad en movimiento
El mapa vital de Manuel Román Lacayo une geografías, lenguajes y memorias. Managua, Diriomito, Cambridge, Boston, Washington, Pittsburgh; museos, universidades, proyectos de infraestructura y congresos internacionales: cada espacio ha dejado huella.
Sin embargo, más allá de los títulos y cargos, persiste la añoranza de su tierra natal y la convicción de que la identidad se construye también desde la distancia.
La paradoja de su vida queda plasmada en una frase que lo define: “Aunque añoro tener un hogar permanente, también disfruto la posibilidad de sentirme en casa en cualquier lugar”.
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En esa confesión se condensa la arqueología de su propia existencia: una excavación constante entre el pasado y el presente, entre el arraigo y el movimiento, entre la memoria y la proyección hacia el futuro.