andy jarquin rosales

El estudiante universitario Andy Jarquín Rosales, recibiendo el diploma de Modelo Universitario 2025.

Del bullying al estoicismo: joven nicaragüense se destaca como estudiante modelo en Costa Rica

El estudiante Andy Jarquín Rosales transformó el acoso escolar y la discriminación en motivación hasta lograr destacarse como estudiante modelo en la Universidad Nacional de Costa Rica.

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A los trece años, en un recreo cualquiera de un colegio público en San Isidro de El General, un niño nicaragüense cayó al suelo después de una patada anónima que le fracturó el pie. Andy Jarquín Rosales no vio el rostro de su agresor, pero oyó las risas de burla a su alrededor y no supo qué dolía más, si el golpe o el escarnio colectivo.

Salvo algunos estudiantes que se compadecieron de él, no hubo castigo ni reparación contra el agresor. Lo único que le quedó fue el dolor físico y la convicción de que aquel golpe escondía algo más que violencia escolar: era la manifestación brutal de un rechazo que no podía entender.

Después de ese episodio amargo, el muchacho comprendió que el mundo podía ser hostil y que la vida le exigiría aprender a resistir.

Ese día, sin saberlo, Andy Jarquín Rosales comenzó su precoz formación estoica y su prematura historia de éxito que hoy lo destaca como “Estudiante Modelo 2025” en la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA).

Inocencia entre la pobreza

Andy nació en marzo de 2005 en Managua, en el barrio 18 de Mayo, un asentamiento de mucha pobreza como muchos que surgieron tras el fin de la guerra civil en 1990.

Pese a ello, entre tantas carencias, dice que a él no le faltó amor familiar. La casa de su abuela era un refugio amplio y siempre lleno: primos, tías, hermanas, el murmullo constante de voces y la cercanía de la calle. “Era un lugar pequeño, pero lleno de vida. Mis amigos, mis primos, los juegos en bicicleta… extraño esa cotidianidad, era un niño feliz”, dice.

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Entonces, la vida parecía discurrir entre lo elemental para un niño: la escuela, la venta de helados en la esquina, los juegos callejeros improvisados en las tardes calurosas. La pobreza se sobrellevaba con inocencia, con el cariño familiar y con la sencillez del barrio.

Su madre, Urania Rosales, sin embargo, tuvo que partir en 2012 hacia Costa Rica en busca de nuevas oportunidades laborales y un mejor futuro para sus hijos. Andy y sus hermanos quedaron bajo cuido de la abuela y el apoyo de papá, Julio Jarquín.

La ausencia de su madre los golpeó, pero trataron de compensarla con llamadas rápidas, mensajes, envío de ropa y alimentos, junto a promesas de volver pronto para llevar a la familia. “Ella se fue para que nosotros pudiéramos seguir en la escuela, para darnos una vida un poco mejor”, reconoce Andy con gratitud y respeto.

Andy Jarquín Rosales, estudiante nicaragüense.
Andy Jarquín Rosales, el quinto niño de izquierda a derecha, recuerda su infancia feliz en Nicaragua antes de migrar con su familia Costa Rica. LA PRENSA/CORTESÍA

La sombra de la violencia

En 2018, Nicaragua se rompió violentamente. En abril estallaron las protestas contra la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo y la muerte y la violencia estatal bañaron de sangre el país.

Con mucha preocupación, desde el cantón Pérez Zeledón, la madre decidió entonces que era el momento de reunir a su familia en Costa Rica y echarle fuerzas a la vida entre todos.

Salir de Nicaragua no fue una despedida sencilla. Andy dejó a la abuela y a muchos familiares y amigos en Managua, con la promesa de que volvería pronto. Estudiaba entonces el segundo de secundaria en el Instituto Salvador Mendieta, en la Colonia Centroamérica.

Cruzar la frontera fue atravesar un umbral para él: del calor de Managua al verde fresco y lluvioso de Costa Rica. Pérez Zeledón, enclavado en el sur montañoso del país, le pareció un mundo nuevo.

“Era otra cultura, otra moneda, hasta otra manera de hablar”, cuenta con emoción sobre aquellas novedades. El colón, con sus billetes de colores y un cambio diferente, lo desorientaba. Las frases ticas, las palabras con la “s” y “r” marcada y las expresiones propias, lo hacían sentir forastero en cada conversación.

En el colegio, aunque usaba el mismo uniforme que los demás, el acento nica lo delataba. Aprendió el himno nacional de Costa Rica, moviendo los labios primero y fingiendo seguir los versos hasta cantarlo calladito.

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El choque cultural

El episodio más cómico de su adaptación fue una barrera oral y ocurrió en una tienda cercana a su casa. Su madre le pidió que comprara “crema”, como le dicen en Nicaragua a la “natilla” costarricense. Andy entró, se acercó al mostrador y pidió con seguridad:

—Buenas, ¿tiene crema?

La dependienta lo miró con sorpresa, dio media vuelta y regresó con frascos de crema para el cuerpo.

—¿De cuál de estas ocupa?

—No, de esa crema no —insistió Andy, confundido.

La dependiente volvió con frascos de Pantene, Sedal, Palmolive… La señora empezaba a impacientarse. ¿Cuál crema? La de vaca, de leche, para comer, dijo él.

Finalmente, la mujer entendió y dijo: ¡Ah, usted quiere natilla!

Andy salió con el producto en la mano, pero avergonzado, jurando no volver a equivocarse. Hoy lo cuenta con humor, pero entonces fue el primer choque de comunicación, de muchos más que vendría luego, que no sabía cómo resolver.

Andy Jarquín Rosales, estudiante de filosofía en la UNA de Costa Rica.
Andy Jarquín Rosales, estudiante de filosofía en la UNA de Costa Rica. LA PRENSA/CORTESÍA

La agresión del liceo

En la secundaria se topó con lo peor y lo mejor. Algunos compañeros lo acogieron con naturalidad y tolerancia. Otros, en cambio, lo hicieron sentir intruso. Hubo bromas hirientes, comentarios xenófobos y hasta la hostilidad velada de una profesora. “Cuando participaba en clases y decía que era nicaragüense, ciertas miradas cambiaban”, admite.

La fractura de su pie fue el episodio más brutal. Estaba haciendo fila para comprar algo en la soda y había muchos estudiantes en el receso.

Alguien le tocó el hombro. Él se giró pensando que le querían decir algo, cuando de pronto sintió una patada en la pierna derecha que lo tumbó.

Oyó risas, burlas y uno que otro reclamo de estudiantes que se compadecieron de él. A cómo pudo se levantó y buscó un lugar solitario donde llorar.

 “Yo pensaba: ¿qué hice mal?”, recuerda Andy. Al final nadie pagó por el daño. El hospital lo ayudó a curarse del dolor físico, pero lo más grave quedó dentro: el miedo a hablar, a confiar, a pertenecer.

Andy Jarquín, con su mamá, riéndose y curándose de la lesión provocada en su pie por discriminación. LA PRENSA/CORTESÍA
Andy Jarquín, con su mamá, riéndose y curándose de la lesión provocada en su pie por discriminación. LA PRENSA/CORTESÍA

El estoicismo como refugio

Sin dinero para psicólogos, Andy buscó respuestas en su interior y en consejos de su familia que lo instaban a volver al aula, a continuar, a no rendirse.

Después del golpe, se volvió tímido e inseguro.

“Tenía miedo a expresarme, a que me juzgaran y me vieran mal por mi acento y mi origen. Hice mucho esfuerzo por sonar como los demás, pero, además, para superarlo, me dediqué a estudiar más. No fui excelencia, pero me esforzaba en medio de las dificultades y nunca perdí el norte de salir adelante”, dice hoy con acento tico, pero sin olvidar sus raíces.

“Luego supe que yo tenía dos opciones: victimizarme y abandonar el aula o superarme. Elegí superarme y seguí estudiando”, dice con modestia.

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El salto a la universidad

En 2023 ingresó a la Universidad Nacional de Costa Rica, tras haber fracasado un año antes en su primer intento por clasificar en Nutrición o Filología.

“No tuve suerte y no estaba preparado para entrar a la universidad, siento que me faltaba confianza en mí mismo”, admite.

La segunda vez que lo intentó, optó por Filosofía. “Quería encontrarle explicación a mi vida, descubrir el pensamiento que hizo grande a muchos hombres y transmitirlo a personas que, como yo, tenían muchas preguntas sobre cómo abordar las dificultades de la vida”, dice Andy.

Ahí descubrió que lo que había estado practicando tenía nombre: estoicismo. Y aprendió a profundizarlo leyendo a Séneca y Marco Aurelio.

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Desde entonces, el camino universitario no ha sido fácil, pero fluyó: trabajó temporalmente como mesero y en construcción, se enfrentó con paciencia a trámites migratorios interminables y sobrevive agradecido con una beca de 40 mil colones mensuales (80 dólares aproximadamente).

Se mudó de Pérez Zeledón a Heredia, a seis cuadras de la Universidad Nacional y vive en un cuartito alquilado mientras completa sus gastos con la ayuda de sus padres.

En agosto pasado, la Universidad Nacional lo reconoció entre 200 estudiantes más como “estudiante modelo 2025”, basada en sus calificaciones, su historia personal y su buen comportamiento universitario.

El diploma que le otorgó el rector de la UNA, Jorge Herrera, según Andy, lo tomó como un reconocimiento a la resiliencia. “Es un honor. Significa que todo sacrificio vale la pena”, admite.

Andy Jarquín Rosales, en actividades lúdicas en la UNA de Costa Rica.
Andy Jarquín Rosales, estudiante de Filosfía, en actividades lúdicas en la UNA de Costa Rica. LA PRENSA/CORTESÍA

Viendo al futuro

Si el estoicismo clásico buscaba la serenidad frente al infortunio, Andy dice que ha encontrado en la filosofía una herramienta para darle sentido al dolor y convertirlo en impulso.

Como buen alumno del estoicismo, Andy dice que prefiere centrarse en el presente y olvidarse del pasado, pero a la vez, hace planes y elabora proyectos de vida.

Sabe que el título de Filosofía no es, laboralmente, una garantía financiera y por ello, tras procurar terminar el próximo año la carrera, piensa estudiar Pedagogía en la Universidad a Distancia y procurar encontrar un trabajo de docente o en algún campo que le permita seguir estudiando.

“Soy joven, apenas 20 años, sé que si me enfoco puedo lograr mis metas”, dice Andy, quien asegura que una de las grandes lecciones que ha aprendido de las dificultades de la vida, a esta edad, es no verlas como una condena sino como una oportunidad.

“Yo creo con lo que he vivido y leído, que lo esencial en la vida no es evitar el sufrimiento, sino aprender a darle un sentido”, reflexiona.

En esa frase está condensada su historia: la del muchacho nicaragüense que cayó por una patada en un patio escolar y decidió que levantarse sería su forma de vida.

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