CONTENIDO EXCLUSIVO.
Lista de reproducción
- No hay más artículos para escuchar
Durante este 2025, en varias ocasiones el exiliado nicaragüense en Rumanía, Elthon Rivera, sufrió episodios de temor porque estaba en el último año de la carrera de medicina en la Universidad de Medicina, Farmacia, Ciencia y Tecnología George Emil Palade (UMFST) de Târgu Mureș y en algunas ocasiones pensó que podía ocurrir algún contratiempo que le impidiera coronar la carrera.
Ese pánico estaba fundado en el hecho de que, en tres ocasiones, entre 2018 y 2022, la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo le impidió estudiar en Nicaragua, debido a que el joven participó en las protestas de 2018 como voluntario en brigadas médicas para atender a los manifestantes heridos por las balas que salieron de los fusiles de los paramilitares del régimen orteguista.
Lea también: Un médico de la Fuerza Aérea de EE. UU. con corazón nica y catracho
Primero, lo expulsaron de la UNAN-Managua. Luego, la dictadura presionó a una universidad privada para que no le permitieran continuar los estudios y, finalmente, el régimen Ortega Murillo confiscó la última universidad en la que Rivera estudió en Nicaragua, la Paulo Freire (UPF), lo cual lo llevó a exiliarse en febrero de 2022.

Ahora, en Rumanía, Rivera tenía mucho temor de que algo frustrara nuevamente sus intentos por graduarse como médico, lo que ha sido su sueño desde que era un niño.
“Reviví el temor de lo que me había pasado antes. Fue como si mi cuerpo tiene memoria y cuando me di cuenta de que estaba en el último año, otra vez a punto de lograrlo, empecé a pensar: otra vez en el último año ¿qué va a pasar ahora?”, cuenta Rivera.
La dictadura Ortega Murillo obligó a Rivera a duplicar el esfuerzo para lograr ser médico, pero no lo doblegó y hace cinco días se graduó, tras hacer el examen de grado y defender su tesis con una “nota perfecta”, dice, pues la calificación final fue un 10.
No solo se graduó, sino que también, el haber terminado con nota excelente, hizo que le otorgaran otra beca, una de prácticas profesionales que concede la Unión Europea y que se llama Erasmus+, mediante la cual viajará a otro país europeo, el cual desconoce aún, para hacer prácticas profesionales durante seis meses.
Lo más bonito para Rivera fue que desfiló con la bandera de Nicaragua durante la graduación y la colocó junto a las demás banderas del mundo, cuyos ciudadanos han estudiado en la universidad rumana. La UMFST fue fundada en 1948.
“Soy el primer estudiante nicaragüense que se gradúa en mi universidad, en la historia de la universidad”, comenta con satisfacción.
Disciplina y sacrificio
Rivera es de origen matagalpino, pero creció como migrante económico durante 13 años en Costa Rica, viendo a su padre trabajando como albañil y a su madre vendiendo café negro de manera ambulante en las calles de San José, con un pesado termo y una canasta llena de empanadas, en ocasiones corriéndose de la policía municipal porque en Costa Rica no está permitida la venta ambulante.
Regresó con toda la familia a Nicaragua en 2014, pero tuvo que salir de nuevo, esta vez como exiliado, en 2022 y a los pocos meses, en septiembre de ese año, le llegó lo que él llama “una oportunidad”, estudiar becado en Rumanía. No tenía más opción. En Nicaragua se le habían cerrado las puertas a la universidad y en Costa Rica los estudios son muy costosos y el proceso de matrícula es muy burocrático.
Lea también: Rafael Aragón, sacerdote exiliado: “Quiero ser enterrado en San Judas”
En el país de Europa del Este, las cosas fueron muy difíciles al principio. No sabe, hasta hoy, el idioma rumano. Solo hablaba un poco de inglés, el que había aprendido en un curso en Nicaragua, pero que ha ido perfeccionando.

Rivera lamenta que en Rumanía, un país “muy grande”, conocen de Nicaragua más por las noticias sobre la dictadura Ortega Murillo, pero poco por los volcanes, los lagos, la música, los escritores, poetas y todo lo bonito que hay en Nicaragua, dice.
Se encontró con una temperatura hostil, bajo cero, tanto que la gente se encierra para protegerse del frío, lo cual agravó las cosas porque él empezó a sentirse muy solo, decaído, pues le hacía falta el sol y el contacto social. Lo único bueno, comenta, es que vio la nieve por primera vez.
Por otra parte, a la universidad rumana llegó en un momento en que sus compañeros de clases, de varias nacionalidades, ya tenían un trecho recorrido y habían hecho amistades. En cambio, Rivera era nuevo y no tenía mucho tiempo para socializar tampoco, ya que, en los tiempos libres, se dedicó a sacar asignaturas de los primeros años de la carrera y, cuando salía de clases, iba corriendo a su casa a trabajar en un programa para ayudar a otros jóvenes exiliados nicaragüenses, a los que la dictadura Ortega Murillo también les negó el derecho a estudiar.
En esos días, solo dormía cuatro horas en promedio, cada día. A pesar de lo agotador, Rivera dice que nunca pensó en “tirar la toalla”, sino que, por el contrario, oraba para pedir fortaleza a Dios y siempre la tuvo.
Lo más duro fue el idioma. Se comunicaba en inglés, pero, al haber profesores y estudiantes de diversas nacionalidades, hay diferentes acentos. Rivera se sentaba en la parte de adelante del aula para escuchar mejor. Grababa las clases con el teléfono celular y por las noches las escuchaba de nuevo, de manera lenta, para comprender mejor lo que decían los profesores.
La carga académica era muy fuerte, pero Rivera cuenta que siempre se esforzó para demostrar que “valía la pena que se le diera beca a un nicaragüense”.
En Rumanía, un país al que Rivera califica como “impresionante”, ha encontrado mucha apertura a los estudiantes extranjeros y ya se moviliza para procurar que más nicaragüenses tenga la misma oportunidad que él.
CONTENIDO EXCLUSIVO.