Eleazar Blandón y su hermana Ana en Almería, España, pocos meses antes de que él falleciera. LA PRENSA/ CORTESÍA

La batalla de una familia nicaragüense por justicia en España

El agricultor que dejó morir a Eleazar Blandón por “un golpe de calor” irá a juicio, pero su familia exige que también se procese a las empresas que lo explotaron en condiciones inhumanas.

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En una tumba del cementerio de Jinotega, dentro de la misma fosa, están sepultados tres hombres.

El primero de ellos se llamaba Pablo Benjamín Blandón y era el padre y abuelo de los otros dos. Murió en el año 2016, en Texas, Estados Unidos, después de que, tras un día en el que hizo mucho calor, llegó a la casa agitado y se dio un baño.

Le dio un infarto. Hacía tanto calor en aquel momento en Texas, que el hombre le había contado a la familia que las suelas de los zapatos se les pegaban a las plantas de los pies.

El hijo de este último, Eleazar Benjamín Blandón Herrera, también murió por un “golpe de calor”, pero en Murcia, España, mientras trabajaba cortando sandías en una plantación árida, sin árboles ni un techo que le diera sombra, sin acceso a agua porque el patrón no la proveyó ese primero de agosto de 2020, a pesar de que la temperatura estuvo a 42 grados Celsius.

Desde entonces, la familia lucha para que se haga justicia en España, porque, además de las condiciones inhóspitas en que el patrón tenía trabajando a Eleazar Blandón, también lo dejó tirado en las afueras de un centro de salud y no se hizo responsable.

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La lucha de la familia se está haciendo en gran parte desde Nicaragua, porque no es tan fácil monetariamente hacer el viaje a España. La única que está allá es Ana Blandón Herrera, hermana menor de Eleazar, quien vive en Almería y desde el principio fue clave para que se lograra la repatriación del cuerpo de su hermano a Nicaragua, en un momento difícil, durante la pandemia del Covid-19, cuando no se permitía ver a los cadáveres ni estaban saliendo aviones de España.

La tumba en la que descansan Eleazar Blandón Herrera, su padre y su hijo, en el cementerio de Jinotega. LA PRENSA/ CORTESÍA
La tumba en la que descansan Eleazar Blandón Herrera, su padre y su hijo, en el cementerio de Jinotega. LA PRENSA/ CORTESÍA

Durante tres años, Ana Blandón Herrera se mantuvo pujante, llamando constantemente a su abogada para ver cómo iba el caso, pero no había avances.

El empresario agrícola Pedro Manuel P. T. eliminó la razón social de la empresa que tenía, con la que había contratado a Eleazar Blandón, y creó otra para tratar de evadir responsabilidad penal. Mientras que la empresa Ros Esparragal S. L., que había contratado a Pedro Manuel P. T., también se ha desligado del caso, alegando que Eleazar Blandón no era un empleado directo de ellos.

Las fuerzas de Ana Blandón Herrera flaquearon cuando, en enero de 2023, recibió la noticia de que Eleazar Benjamín Blandón Hernández, de 23 años, hijo mayor de los cinco que tenía su hermano fallecido, también había muerto en un accidente de tránsito en el kilómetro 167 de la carretera que va de Jinotega hacia Pantasma.

El muchacho iba en la tina de una camioneta, conducida por un hombre que había ingerido licor y realizó un giro indebido, provocando el vuelco de la camioneta. El muchacho ahora descansa junto a su padre y su abuelo.

La muerte de su sobrino la golpeó “mucho” y Ana Blandón Herrera ya casi no llamaba a la abogada para impulsar el caso de su hermano. “Era como que ya no podía con esa cruz”, dice la mujer, en la actualidad de 42 años, la misma edad que tenía su hermano cuando murió por el “golpe de calor”.

Sin embargo, en estos días ha renacido la esperanza de alcanzar justicia porque fueron notificados de que, tras cinco años de investigación, la magistrada del caso concluyó que existen indicios “suficientes” contra el empresario agrícola que dejó botado en las afueras del centro de salud a Eleazar Blandón.

Pedro Blandón P. T. será acusado y eso es alentador para la familia jinotegana, pero Ana Blandón Herrera comenta que hace falta que se incluya a todos los responsables del fallecimiento de su hermano, pues contra la empresa Ros Esparragal S. L. aun no hay ninguna acción legal.

Un hombre alegre y trabajador

Eleazar Benjamín Blandón Herrera era un hombre súper activo, trabajador, alegre, el “alma de la fiesta” de la familia cuando todos se reunían en la casa de una hermana de la mamá de ambos, María Francisca Herrera, comenta Ana Blandón Herrera.

“Las hace bailar a todas las tías, hasta a las que no bailan”, comenta la mujer, quien, de manera involuntaria, a veces habla como si su hermano aún está vivo porque todavía no ha aceptado su muerte.

En Jinotega, el hombre trabajó en varias cosas con tal de ayudar a sus cuatro hijos mayores, con su primera esposa, y de sustentar a la segunda familia que había formado. Cuando él se fue a España, en octubre de 2019, su segunda esposa estaba embarazada del primer hijo.

Trabajó como agente vendedor de una empresa telefónica y de una distribuidora de electrodomésticos. Hizo hasta de “cortero”, esas personas que van de casa en casa regando artículos al crédito.

Sin embargo, al final de ese 2019, su segundo hijo, Anthony, se iba a bachillerar y él quería ayudarlo para la promoción y luego para la entrada a la universidad. Como no tenía dinero, llamó a Ana, quien ya estaba en España, para que lo ayudara a irse a ese país para trabajar.

–Comprá el boleto en enero (de 2020) para que veas nacer a tu hijo (nació en diciembre 2019), le dijo ella.

–No puedo. Tiene que ser en octubre. Anthony se va a bachillerar y necesito ayudarlo, respondió él.

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Cuando llegó a España, Eleazar Blandón estuvo 15 días en Bilbao, donde un amigo le iba a ayudar, pero al final las cosas no fueron como él las esperaba y le pidió a su hermana que lo ayudara a trasladarse a Almería, donde después consiguió empleo como repartidor de agua en un camión.

La pandemia del Covid-19 en 2020 obligó a la empresa a despedir a uno de los dos trabajadores que andaban en cada camión y, como Eleazar Blandón no tenía documentos legales ni licencia de conducir española, él fue el despedido.

Fue un momento desesperante para Eleazar Blandón, porque después de eso se le estaba complicando conseguir empleo. Además, había cuarentena y todo mundo estaba encerrado sin salir a la calle, lo cual lo puso deprimido y llamaba a la mamá diciéndole que se quería regresar a Nicaragua.

Por otro lado, lo angustiaba el hecho de que no había conocido en persona a su hijo, que había nacido en diciembre de 2019.

En un centro comercial de Almería. LA PRENSA/ CORTESÍA
En un centro comercial de Almería, España. LA PRENSA/ CORTESÍA

Seguidamente, a través de un amigo, Eleazar Blandón consiguió un trabajo en Murcia como cortador de sandías y melones. La hermana le empacó ropa de cama para que su hermano se trasladara de Almería a Murcia y lo vio irse. No lo volvió a ver vivo más que por video llamadas.

A pesar del nuevo empleo, Eleazar Blandón insistió en que se sentía mal y quería regresar a Nicaragua.

—Ana, regresemos a Nicaragua, acá no estamos haciendo nada y allá está la familia —le decía a su hermana.

—Yo no me puedo ir, yo sí tengo trabajo.

—Es más importante la familia —insistía él.

—No puedo, tengo metas que cumplir —se cerró la hermana.

Finalmente, desde Nicaragua la mamá le compró un pasaje para que regresara al país él solo, pero se lo dieron hasta para el mes de octubre de 2020. Fue un pasaje que Eleazar Blandón ya no logró utilizar.

Una plantación mortal

“No tengo para comer”, le dijo Eleazar Blandón a su hermana Ana en una de las últimas llamadas que le hizo, un miércoles, tres días antes de morir.

“El sábado (primero de agosto de 2020) te voy a depositar 50 euros. Averiguá cómo puedo hacer para enviártelos”, le dijo ella.

El sábado, Ana Blandón lo llamó pero él no le respondió. Cerca de las 3:00 de la tarde, un amigo de Eleazar llamó a Ana para informarle que su hermano había sufrido un desmayo, algo que la preocupó, pero no la alarmó. “Averiguame, por favor, qué le pasó”, dijo ella.

El hombre la volvió a llamar cerca de tres horas después, diciendo que en el hospital había muchos policías y, como él también era indocumentado, no se quiso acercar, aunque un policía lo identificó y le pidió que le llevara el pasaporte de Eleazar Blandón.

Eso sí inquietó a Ana Blandón, quien estaba en Almería y no en Murcia y, además, a las 9:00 de la noche entraba a trabajar de nuevo, cuidando a una señora de la tercera edad.

Temprano, ese día, según contaron después sus compañeros de apartamento, o piso, como se llaman en España, Eleazar Blandón se sintió mal, pero fue a trabajar porque necesitaba dinero para comer.

Cerca de las 10:00 de la mañana, Eleazar Blandón se desmayó mientras la temperatura llegaba a 42 grados Celsius y el patrón no llevó agua porque, según alegó después, a los trabajadores no les gustaba el agua fría, sino la natural.

En la plantación de sandías donde Eleazar Blandón sufrió el golpe de calor y con la ropa que vestía al momento de fallecer. LA PRENSA/ CORTESÍA
En la plantación de sandías donde Eleazar Blandón sufrió el golpe de calor y con la ropa que vestía al momento de fallecer. LA PRENSA/ CORTESÍA

El hombre se repuso y sus compañeros le dijeron que no se levantara, pero él dijo que necesitaba seguir trabajando.

La plantación donde estaba trabajando, según constató Ana Blandón Herrera días después, es un lugar seco, una planicie grande sin árboles y ni la empresa ni el patrón habían colocado un lugar para que diera sombra. Tampoco existía un servicio de primeros auxilios, a lo que se sumaba la falta de agua para tomar.

Al mediodía de ese sábado, Eleazar Blandón se desmayó de nuevo, con sed y con hambre, porque tampoco había comido.

El patrón hizo que todos siguieran trabajando, mientras Eleazar Blandón permanecía en el suelo bajo el sol. A las 3:00 de la tarde, cuando terminó la jornada laboral, hubo que esperar a que todos los trabajadores se reunieran y entregaran su informe del día, para que partieran en el camión de recorrido.

Eleazar Blandón ya no se pudo levantar por sí mismo, por lo que entre varios lo subieron al camión. El patrón no lo llevó directo al centro de salud, sino que primero fue a dejar a sus casas a cada de uno de los empleados y por último se dirigió al centro de salud.

Al llegar al centro asistencial, el patrón ni siquiera dejó a Eleazar Blandón en la sala de emergencias, sino que lo puso en las afueras del centro, casi como “escondido”, y se fue del lugar. Ahí hubiera sido encontrado muerto el nicaragüense, de no ser porque dos enfermeras salieron, lo vieron y lo ingresaron a emergencias.

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Los médicos intentaron revivirlo con choques eléctricos, pero fue inútil.

A las 9:00 de la noche, cuando Ana Blandón Herrera estaba llegando a su trabajo, recibió la llamada que convirtió su vida en un “tormento” desde entonces.

Un reconocimiento difícil

“Tu hermano está muerto”, le dijo un amigo de Eleazar Blandón.

A esa hora, Ana Blandón Herrera comenzó a llorar. “¿Cómo le digo a mi mamá?”, se preguntaba por dentro.

La viejita a la que estaba cuidando, después de preguntarle qué le pasaba, le dijo: “Ándate. No te preocupes. No me voy a mover de la cama”.

En la madrugada llegó Ana, no al hospital, sino a la delegación policial, donde en la entrada vio a un hombre con una mujer y un niño sentados. No lo supo en ese momento, pero era el hombre que había dejado morir a su hermano, el patrón. Hoy, ya no recuerda el rostro del hombre.

—¿Tiene tatuaje, tu hermano? —le preguntó un policía.

—Sí.

—¿Qué es?

—El nombre de mi mamá y el de su esposa, pero no recuerdo donde los tiene.

—Mira esta ropa.

Cuando Ana vio la ropa, una camisa a cuadros, era la misma que le vio a su hermano en una foto que le envió y en la que salen unas sandías detrás de él. Ella se desvaneció.

El policía dijo que ella no estaba apta para reconocer el cuerpo, por lo que ella preguntó: ¿Cuál cuerpo?
El amigo de su hermano fue quien lo reconoció y al salir le dijo a Ana: “Es él”. A lo que ella respondió: “¿Qué es él?”.

El policía intentaba calmarla, pero ella no escuchaba.

Eleazar Blandón y su madre María Francisca Herrera. LA PRENSA/ CORTESÍA
Eleazar Blandón y su madre María Francisca Herrera. LA PRENSA/ CORTESÍA

Debido al Covid-19, ella no pudo ver el cuerpo de su hermano sino hasta casi 15 días después, y fue “un milagro de Dios”, dice, porque las autoridades sanitarias españolas no estaban dejando ver los cadáveres.

Cuando por fin ella lo vio, se acordó de que su hermano le insistía en que se regresaran a Nicaragua, por lo que ella le dijo al cuerpo de su hermano:

“Si te levantas de ahí, hermanito, nos vamos para la casa (Jinotega, Nicaragua)”.

Un triste final

La ministra del Trabajo español llamó a Ana Blandón Herrera recién muerto su hermano y le dijo que no podía ayudarle a ver el cuerpo ni tampoco a que fuera repatriado.

Luego, la llamó la ministra de Asuntos Exteriores de España, quien dijo a Ana que dinero no se le podía dar y que, para repatriar el cuerpo, lo único que podía hacer era agilizar las firmas de los permisos. Además, la repatriación sería en cenizas, cremado.

A los días, Ana vio en los periódicos españoles que España iba a ayudar en la repatriación del cadáver, lo cual no era cierto. Si los españoles dieron apoyo, no fue económico, explica.

Nuevamente, por “gracia de Dios”, dice Ana, y a que el consulado nicaragüense en España la ayudó, el cadáver fue repatriado al final del mes de agosto. Una recolecta de personas que depositaron dinero en cuentas bancarias ayudó a sufragar gastos funerarios en España. La otra mitad la puso el gobierno nicaragüense.

El cuerpo de Eleazar Blandón llegó a Nicaragua el 27 de agosto de 2020 y fue recibido y posteriormente sepultado en medio del cariño de su familia y de una multitud de jinoteganos, incluido los alumnos de la escuela de música de la ciudad, donde él estudió y hasta había formado parte del grupo musical “Salserín”.

En el sepelio de Eleazar Blandón. En la imagen aparecen varios de sus familia, como su hijo Renato que sostiene una foto de él. La señora de blanco, a la izquierda, es la mamá de Blandón, así como también se observan a dos de sus hermanos. LA PRENSA/ CORTESÍA/ OSWALDO RIVAS
En el sepelio de Eleazar Blandón. En la imagen aparecen varios de sus familia, como su hijo Renato que sostiene una foto de él. La señora de blanco, a la izquierda, es la mamá de Blandón, así como también se observan a dos de sus hermanos. LA PRENSA/ CORTESÍA/ OSWALDO RIVAS

Desde entonces, su madre, María Francisca Herrera vive rezando y pidiendo reunirse con su hijo. El hijo mayor de Eleazar Blandón murió. El segundo, el que se bachilleró, Anthony, no siguió en la universidad, sino que ahora trabaja en una ferretería, al igual que su hermano menor, Kevin.

Renato, el último hijo con su primera esposa, es el único que está estudiando.

Mientras que, el menor de todos, el que tuvo con su segunda esposa, ya tiene cinco años y no logró conocer a su padre.

Ana Blandón Herrera quiso ayudar a Anthony para que siguiera en la universidad, pero el joven dijo que tenía que “vivir su realidad”, una en la que ya no está su padre.

El sueño de Eleazar Blandón era ayudar a todos sus hijos, tanto que en España se paraba en los centros comerciales de Almería, viendo ropa y otros artículos, soñando con enviarles su primer “paquete de regalos”, lo cual no logró nunca.

Por otra parte, Ana Blandón Herrera explica que llegar al juicio para que paguen los responsables de la muerte de su hermano ha sido “un camino difícil”. De momento, solo el patrón será acusado. La empresa Ros Esparragal S. L. todavía no está incluida en el proceso.

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