Ortega, el fascista que grita ¡fascismo!

Escuchá esta nota
0:00 / 0:00
1.0x

Lista de reproducción

  • No hay más artículos para escuchar

No hay peor impostura política que la del tirano que se proclama víctima. No hay mayor cinismo que el del autoritario que se traviste de demócrata, que señala con dedo moralista a los pueblos que oprime, que grita “¡fascismo!” mientras pisa con bota el rostro de la libertad. Ese cinismo ha sido convertido en arte por Daniel Ortega, quien en su interminable caudillismo ha encontrado una obsesión: llamar “fascistas” a todos los que no se arrodillan ante él.

No hay insulto que repita con más frecuencia. No hay palabra más desgastada en su retórica. La ha convertido en su escudo, su refugio, su máscara preferida. Y, sin embargo, cada vez que la pronuncia, se describe sin saberlo. Porque lo que Ortega llama fascismo es, en realidad, la resistencia. Porque lo que él llama amenaza es la crítica. Porque en su boca, el lenguaje ha dejado de tener sentido para convertirse en arma. Y esa arma no mata ideas, pero sí intenta callarlas.

El problema no es sólo semántico, es profundamente ético. Ortega ha vaciado de significado una palabra cargada de memoria histórica, de dolor universal, de lucha moral. Fascismo ya no significa lo que fue: un proyecto totalitario que destruyó la libertad, exaltó al líder, persiguió al disidente y suprimió la pluralidad. No. En su discurso, fascismo es todo lo que le incomoda: una monja que predica, un joven que protesta, una radio que informa, una comunidad que piensa.

Es un uso grotesco del lenguaje. Pero no es torpeza: es estrategia. Ortega sabe que el insulto tiene efectos. Que quien acusa, gana ventaja simbólica. Que quien señala, desplaza la atención. Por eso se coloca como víctima: para no responder como culpable. Porque quien se dice perseguido ya no tiene que explicar sus actos. Porque quien grita primero pretende quedarse con la verdad. Y así, el autoritario se blinda con el antifaz del antifascismo, y espera que nadie lo descubra.

Pero el lenguaje, tarde o temprano, se rebela. Las palabras, por más manoseadas que estén, conservan su dignidad secreta. Y la sociedad, incluso cuando teme, conserva su memoria. Ortega puede repetir mil veces que lucha contra el fascismo, pero hay algo que no puede borrar: la imagen de sí mismo pronunciando esa palabra frente al espejo.

Es un espejo que no miente. Lo que devuelve no es la imagen de un revolucionario, sino de un hombre encapsulado en su poder, rodeado de silencio obligado, aferrado a una retórica que ya nadie cree, salvo los que se benefician de ella. Lo que ese espejo muestra no es heroísmo: es decadencia disfrazada de cruzada. Lo que revela no es liderazgo: es cinismo.

El uso abusivo del término “fascista” es, en sí mismo, una forma de violencia. Es la negación del otro como interlocutor legítimo. Es la condena previa. Es la anulación de cualquier debate posible. Es la acusación que no requiere prueba, sólo altavoz. Y Ortega ha elevado esa táctica a doctrina: tachar antes de escuchar, condenarantes de responder, insultar para no explicar. Así no se gobierna: se impone. Así no se dialoga: se castiga. Así no se argumenta: se fulmina.

La paradoja —que es también tragedia— es que Ortega fue, alguna vez, parte de un movimiento que luchó contra una dictadura. Que habló de liberación, de justicia, de dignidad. Hoy, sin embargo, ha llegado al punto en que su única forma de defenderse es llamar “fascista” a todo lo que alguna vez defendió. Como si el tiempo le hubiera volteado el alma. Como si ya no quedara en él ni rastro de conciencia, sólo la rutina del poder, sólo la costumbre de mentir.

Y lo más perverso no es el insulto en sí, sino el uso sistemático que hace de él para invertir el sentido de la verdad. Ortega se nombra defensor de la paz mientras fomenta el miedo. Se proclama defensor de la soberanía mientras repite discursos heredados. Se presenta como víctima de campañas mediáticas, cuando controla todos los micrófonos que importan. Su narrativa no busca convencer: busca sofocar. No busca claridad: busca parálisis. No busca diálogo: busca sumisión.

Ese es el núcleo del cinismo: la manipulación moral del lenguaje para ocultar el abuso de poder. Ortega ha convertido el discurso en una trampa. Ha hecho de la palabra “fascista” un grillete simbólico. Su uso reiterado no es ingenuidad: es cálculo. Es una forma de marcar a quienes se niegan a celebrar su mentira. Es una manera de blindarse con etiquetas mientras desfigura la realidad.

Pero las palabras no son de quien las grita, sino de quienes las encarnan. Fascismo no es un insulto: es un modelo de dominación. Y el que lo grita sin cesar, sin respeto, sin conciencia, termina revelando sus propios métodos, su propia lógica, su verdadera naturaleza. No hay farsa más transparente que la del victimario que se dice perseguido. No hay discurso más frágil que el del autoritario que se declara moralmente superior mientras silencia a quienes lo interpelan.

Llamar fascista a un estudiante, a un poeta, a un campesino, a un sacerdote, no es una respuesta: es una confesión. Es la confesión del que ya no tiene argumentos, sólo fuerza. Del que ya no tiene proyecto, sólo control. Del que ya no tiene seguidores, sólo obedientes. Es la confesión de un poder que se sabe deslegitimado, y por eso recurre al insulto como último refugio.

Ortega no ha sido derrotado aún en las urnas, ni por un levantamiento, ni por una transición pactada. Pero ha sido derrotado en el terreno más profundo: el de la verdad moral. Ya no controla el significado de las palabras. Ya no impone sentido. Ya no es dueño del relato. Su cinismo ha quedado expuesto. Y una vez que se le cae el disfraz, el tirano ya no da miedo: da pena.

El fascista es él. Y aunque grite lo contrario, el eco ya no lo protege: lo desnuda.

El autor es activista político democrático.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí