Sobre el oficio de poeta

Nicaragua, tierra de lagos, volcanes y poetas. Desde Rubén Darío, el verbo en nuestra tierra se volvió destino. Él supo transformar el idioma en relámpago y desde entonces ser poeta en Nicaragua es más que escribir: es cargar con una tradición encendida, un compromiso con la belleza, con el pueblo y con la verdad. Sin embargo, muchos de los que hoy se hacen llamar poetas dentro de Nicaragua han vendido su voz por migajas del poder. No tienen criterio propio, repiten lo que el régimen dicta y se adornan con un sombrero que no les queda. Callan ante el dolor de su gente y, al hacerlo, han dejado de ser poetas para volverse funcionarios del silencio.

Ahora recuerdo a mi amigo Arnaldo Zenteno, cura jesuita (q.e.p.d.), cuando me decía: “No sólo se es poeta, también hay que ser profeta”. Y tenía razón. El poeta verdadero no pacta con la mentira. Su lugar está del lado de los pueblos, no del poder. Y su palabra, cuando es auténtica, posee una cualidad sagrada: es profética. La poesía es, y ha sido siempre, una forma de profecía. No adivina el futuro, pero revela lo que la sociedad niega, lo que la historia pretende ocultar. El profeta no es un mago: es un herido que habla. Y el poeta, cuando asume ese fuego, se convierte en voz de los sin voz, en memoria viva.

 Ser poeta no es una profesión. No es un título académico, ni un oficio que se aprende entre pupitres. El poeta nace con una espina en el alma y vive con ella toda la vida. Es una herida que no cierra, pero que ilumina; un dolor que no se cura, pero que canta. El oficio del poeta consiste en escuchar lo que otros callan, en prestar su voz a los que no tienen, en escribir con la sangre de su pueblo y con el polvo de sus derrotas.

El poeta no trabaja con las manos, sino con la memoria. No modela con barro ni con metal, sino con palabras, que son semillas si se lanzan al tiempo con fe. ¿Y qué es un poeta sino un testigo peligroso? A Federico García Lorca lo fusilaron no por blandir un arma, sino por blandir un verso que no temblaba ante el poder. A Roque Dalton lo asesinaron por creer en la palabra revolucionaria, por pensar que la poesía debía mezclarse con el barro y la pólvora. A Leonel Rugama lo silenciaron a balazos por escribir oraciones que desafiaban no sólo a Dios sino al dictador. Y aun así, sus voces no han muerto. Sus poemas siguen andando, como fantasmas luminosos en las venas del continente.

Hoy no hace falta una bala para callar a un poeta. A muchos se les encierra entre muros o en listas negras. Hay poetas jóvenes exiliados, obligados a dejar su tierra con el cuaderno bajo el brazo y la patria en los ojos. Hay quienes, como yo, escriben desde el exilio forzado, con la lengua herida pero no dormida. “No pertenezco a la casta de los consagrados, mas mi poesía conoció otros condados. Tatuados van mis pasos en las calles de Managua que una noche me vieron llorar”. Llevo mi oficio a cuestas como una cruz luminosa, sin escenario, sin premios, sin padrinos. Pero con la certeza de que cada verso mío se planta donde el silencio quería mandar. Porque cuando te quitan la patria, el idioma se convierte en trinchera. Y la poesía, en acto de resistencia.

Yo respondo que es precisamente en estos momentos que el poeta tiene más trabajo. No para consolar con falsedades, sino para nombrar lo que duele con dignidad, para no dejar que el silencio lo cubra todo como un sudario. El poeta es centinela del alma humana. Se levanta cuando los demás duermen, y piensa cuando el ruido amenaza con volvernos sordos. Escribe, aunque nadie lo lea, porque sabe que la poesía no siempre se imprime, pero se siembra. Y un poema sembrado en el corazón de un niño, de una mujer o de un preso puede florecer años después como un gesto de valentía o una lágrima que se convierte en canto.

Este oficio es solitario, pero no individualista. Es un acto de comunión. El poeta bebe del dolor ajeno, escucha el murmullo de los ancestros, guarda en su pecho los suspiros de una madre que espera a su hijo desaparecido, o las risas de una juventud que se niega a morir. Todo eso lo convierte en verso, no para adornar la tragedia, sino para humanizarla. He aprendido que el oficio de poeta es también un compromiso con la verdad. No con la verdad oficial, ni con la de los vencedores, sino con la que nace del fondo de la conciencia y se escribe, aunque cueste el destierro, la cárcel o el olvido. Porque el poeta, si es auténtico, no escribe para complacer, sino para resistir. Mientras exista injusticia, seguiré escribiendo. Mientras haya una flor en medio del polvo, seguiré creyendo. Y mientras exista un niño que sueñe en libertad, seguiré llamándome poeta.

El autor es poeta y uno de los 135 desterrados políticos hacia Guatemala

Opinión

COMENTARIOS

  1. Hace 1 año

    Sin dudas una maestría y terrenal posición literaria de nuestra nicaragüanidad , Caminante no hay camino se hacen caminos al andar …. estamos juntos.

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