La naturaleza tiene previsto dar aquello que es necesario para la vida, de otro modo ya habríamos desaparecido. Así, las cosas más básicas son accesibles a todos, empezando por el aire. Luego, con los alimentos ocurre algo parecido.
Entonces, es importante ver cómo los humanos dejamos de lado a la naturaleza para evitarlo. Pues ocurre con el uso de la violencia que los griegos, como Aristóteles, ya la definieron como la fuerza extrínseca que pretende desviar el desarrollo intrínseco —espontáneo— natural de la vida. Ergo, equivale a quitar libertad. Y, como el Estado se arroga el monopolio de la violencia, es el principal sujeto que impone un desvío del camino natural.
Así, un mercado —el conjunto de los habitantes de un lugar— natural es un mercado “libre” de violencia, que se desarrolla espontáneamente, intrínsecamente por sus propias fuerzas sin que ningún tercero pretenda desviar su desarrollo.
Así la desocupación es inexistente desde que trabajo sobreabunda. Por casos, consideremos el enorme déficit que tiene la humanidad en alimentación, habitación, hospitales, etc., mucho por hacer. Sin desocupación, todos tienen ingresos.
El mundo produce suficientes alimentos para toda la población, los 8,200 millones de personas y todavía sobra para 3,000 millones más. No son de tan fácil alcance como el aire porque son físicamente más pesados y no se distribuyen por sí mismos, sino que necesitan ser transportados y eso tiene un costo.
Según la curva de oferta y demanda, si los víveres en total sobreabundan, su precio promedio debería ser bajo sino cero y hasta deberían pagar para recoger los sobrantes ya que son un estorbo de almacenamiento. El costo fundamental —y luego el precio— insisto, es un costo de logística, de recolección y transporte.
Pero si en un mercado natural todos tienen trabajo podrán ocurrir dos cosas. Primero, lo más creíble, que el sueldo alcance para comprar los alimentos de otro modo nadie trabajaría ya que terminaría muerto por inanición. Pero si no alcanzara, como es un problema de transporte, las personas migrarían a lugares cercanos a la producción hasta que el sueldo alcance.
Si hay hambre se debe a tres motivos, porque la gente no tiene trabajo, porque el sueldo no alcanza y/o porque no pueden trasladarse a la cercanía de la elaboración. Estos tres casos, como vimos, no se dan naturalmente, sino que son provocados por la extrínseca violencia ejercida por el Estado.
Al imponer impuestos que disminuyen los salarios y encarecen los productos y su transporte. Impuestos que recaen con más fuerza sobre los más pobres ya que, cuánto más alta es la capacidad económica de una persona, más deriva las cargas fiscales, por caso, los empresarios las pagan subiendo precios.
Luego el Estado provee comida gratis lo que es una injusticia porque tiene un costo que se paga con esos impuestos. Así a los pobres se les quita dinero con el que se pagan los sueldos de los burócratas estatales y, con lo que sobra, que es menos que lo que aportaron, les devuelven alimentos “gratuitos”.
Otro modo en que el Estado crea hambre es con la desocupación, con las leyes laborales, como la del salario mínimo que impiden que trabajen los que ganarían menos. Y dificultando la logística y el transporte y con trabas que dificultan la libre migración de personas hacia donde su salario sea suficiente.
Para terminar, remarco que el trabajo, el comercio y el afán de lucro son los instrumentos del orden natural para la cooperación social voluntaria y pacífica. En un mercado natural, sin violencia, se gana dinero atrayendo clientes, sirviéndolos mejor de aquí la virtud del lucro.
El autor es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California
En X @alextagliavini
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