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En la Plaza de La Fe, bajo un despliegue abrumador de fuerzas de seguridad, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo llevó a cabo un acto que, lejos de ser una celebración cívica a como fue presentada, reafirmó la narrativa oficialista marcada por el revisionismo histórico, la negación de responsabilidades y el ataque sistemático a la oposición, la Iglesia Católica y la comunidad internacional.
El acto fue presentado como un homenaje al comandante Tomás Borge a 13 años de su fallecimiento.
Como de costumbre el acto comenzó con retraso. La plaza estaba colmada de soldados del Ejército de Nicaragua, policías uniformados, paramilitares, bomberos y cientos de trabajadores del Estado, que fueron convocados de forma obligatoria.
Una paz que se dice, pero no se practica
Rosario Murillo abrió el acto central hablando de “paz”, pero lo hizo en el tono hostil que ha caracterizado su discurso en los últimos años: lleno de advertencias veladas y amenazas encubiertas.
La palabra “unidad” fue repetida, pero solo bajo los términos del poder y repitiendo varias veces que las protestas en Nicaragua no “volverán a pasar”.
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Desde los altoparlantes también se escucharon cantos y consignas en contra de exiliados, del embajador de Estados Unidos y de figuras opositoras, en un ambiente que combinaba culto a la personalidad con propaganda de confrontación.
“Que no se equivoquen los enemigos del pueblo. Aquí estamos ojo al Cristo. Custodiando nuestro tesoro, nuestros derechos y nuestro futuro”, dijo Murillo.
Ortega repite y radicaliza su discurso
El discurso de Daniel Ortega fue, como en ocasiones anteriores, una combinación de victimismo, revisionismo histórico y ataque frontal.
Volvió a responsabilizar a Estados Unidos por el estallido social de abril de 2018, al que calificó una vez más como “intento de golpe de Estado”, esta vez asegurando que comenzó con el incendio de Indio Maíz y una supuesta conspiración internacional apoyada desde las redes sociales.
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Reclamó que los obispos de la Conferencia Episcopal fueron cómplices, pero introdujo un nuevo elemento: que “varios” de los obispos no estaban de acuerdo con las decisiones tomadas por el episcopado en 2018. Pero no dijo nombres.
También repitió la versión gubernamental de que los policías fueron víctimas y no victimarios, aseguró que los tranques eran centros de tortura y que sacerdotes católicos “manipulaban” y “alentaban asesinatos”.
Una narrativa que intenta justificar la brutal represión estatal que dejó cientos de muertos y miles de exiliados.
Geopolítica y nicas deportados
En esta ocasión, Ortega dedicó gran parte de su discurso a la política internacional. Comenzó elogiando abiertamente a Rusia y China. Justificó la invasión rusa a Ucrania como un acto de defensa frente a la OTAN y calificó al gobierno de Israel, Estados Unidos y a la Unión Europea como “nazis”.
Lanzó acusaciones infundadas sobre crímenes de lesa humanidad por parte de Estados Unidos, señalando que estaba maltratando a los migrantes.
En un breve arrebato de sinceridad, el dictador admitió que están recibiendo vuelos de nicaragüenses deportados desde Estados unidos.
«Hoy llegaron hermanos nicaragüenses que estaban encarcelados en Guantánamo», afirmó.
Militares y policías
Aunque se suponía que el acto era en conmemoración del fallecimiento de Tomás Borge, la mayor parte del tiempo fue usado para reafirmar el control absoluto del régimen, consolidar la narrativa oficialista y enviar mensajes intimidatorios a quienes aún se atreven a cuestionarlo. Apenas se mencionó a Borges en las dos intervenciones.
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La presencia en tarima de altos mandos militares y policiales evidenció una vez más la fusión entre el poder civil y el poder armado en Nicaragua.
Entre los asistentes estuvieron: el General de Ejército Julio César Avilés Castillo, comandante en jefe del Ejército; el Mayor General Bayardo Ramón Rodríguez Ruiz, jefe del Estado Mayor; el inspector general, Mayor General Marvin Elías Corrales Rodríguez y el presidente de la Asamblea Nacional, Gustavo Porras. Entre otros representantes de las instituciones.