Las historias se conocen porque desde que somos niños escuchamos de boca de nuestros abuelos esas anécdotas a veces fantasiosas, que por siempre quedarán en nuestras mentes.
Hoy Nicaragua vive uno de los más ínfimos capítulos de su historia. Qué pena siento, lo que hoy se vive alcanzará a los niños del ahora. Depende de nosotros que el final de este gran cuento de terror termine pronto y no heredemos basura al futuro de nuestra Nicaragua.
Es de nuestro conocimiento el papel fundamental y concreto de la Iglesia católica nicaragüense en las mesas de diálogo entre la dictadura sandinista y la sociedad civil organizada, que se desarrollaron en 2018 y 2019 tras el estallido social de abril. La Iglesia a través de la Conferencia Episcopal, quienes fungieron como mediadores y testigos en los fracasados diálogos, fueron muy claros y coherentes con las propuestas que presentaron al gobierno sandinista. Establecían un panorama bastante favorable para la nueva Nicaragua que se quería reconstruir por la vía de la democratización.
Obviamente que el actuar y preferencia de la Iglesia para con el pueblo sufriente molestó al régimen sandinista, tanto así que llegó a tildarlos de autores intelectuales de un golpe de Estado, desencadenando un sin número de ataques y persecución contra la Iglesia. Daniel Ortega nunca cumplió con los acuerdos firmados en 2019 sobre derechos y garantías ciudadanas, más bien intensificó la represión contra todo opositor.
Los ataques contra la Iglesia católica nicaragüense no son nuevos. En 1982 orquestaron un plan para involucrar en un escándalo sexual al sacerdote Bismarck Carballo. En 1983, a la llegada del papa Juan Pablo II de igual manera boicotearon la homilía, sin mencionar que el púlpito donde oficiaba el sumo pontífice parecía un salón de museo de la Alemania comunista. En 1986 expulsaron del país al obispo y vicepresidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Pablo Vega, quien fue acusado de apoyar a la Contra.
La Iglesia lo hizo bien, que se haya inclinado al lado del pueblo no la incrimina en nada, al contrario, es lo que el buen Jesús hubiera hecho en un contexto como ese. Sin embargo, le ha costado un alto precio. Sacerdotes presos y desnacionalizados, agresiones físicas y directas a sacerdotes y laicos, daños a la infraestructura y edificios, profanaciones y sacrilegios, hurtos de propiedades y amenazas constantes. Los 517 días de secuestro del aguerrido monseñor Rolando Álvarez obispo de Matagalpa, hoy en libertad gracias a Dios, y la arbitraria condena de 26 años de prisión en su contra, el exilio forzado de monseñor Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua, el destierro de monseñor Isidoro Mora y la expulsión de monseñor Carlos Herrera, obispo de Jinotega y actual presidente de la Conferencia Episcopal.
No hay libertad de culto en Nicaragua, las iglesias viven con miedo. Un odio enfermizo contra la Iglesia que tiene el régimen sandinista en su afán de querer silenciar toda voz profética que se levante espiritualmente contra ellos, se parecen a Herodes cuando mandó a matar a los inocentes niños por temor de perder el poder, queriendo exterminar al mesías esperado y no logró, ni esta satánica organización criminal logrará censurar el mensaje de Cristo Jesús más latente que nunca hoy en Nicaragua.
La investigadora y abogada nicaragüense Martha Patricia Molina, en su informe Nicaragua: una Iglesia perseguida detalla de una manera exhaustiva todo tipo de agresión contra la Iglesia, contabilizó un total de 971 ataques contra católicos en Nicaragua de abril de 2018 a diciembre de 2024. Otro dato sorprendente en su informe es el de 266 religiosos y religiosas obligados al exilio entre ellos sacerdotes, diáconos, seminaristas y monjas, sin mencionar las decenas de laicos puestos en libertad en septiembre pasado en Ciudad de Guatemala. Martha Patricia Molina es la voz crítica a la dictadura que mantiene encendido el fogón de la denuncia también desde el exilio, sin duda alguna una gran labor profética que desarrolla esta valiente mujer.
En lo personal, como víctima directa de la persecución religiosa que mantiene la dictadura en Nicaragua, porque gritar: ¡Viva la Iglesia católica! ¡Viva Cristo Rey!, no es ningún delito ante las torcidas leyes de Nicaragua, eso me costó 8 meses secuestrado en una hórrida celda donde cercenaron todos mis derechos humanos y hasta fui golpeado en reiteradas ocasiones por Rodrigo García, director del Sistema Penitenciario Jorge Navarro, cuando se enteraron de la filtración de mi fotografía y las medidas cautelares de la CIDH a mi favor, sin mencionar que fui criminalizado y como un narcotraficante me expusieron ante una corrupta jueza en el complejo judicial.
Tantos laicos más en esas mismas condiciones, solo se les ocurre a esa infame e inescrupulosa dictadura hacer tanto daño al pueblo desprotegido. “La persecución es algo necesario en la iglesia. ¿Saben por qué? Porque la verdad siempre es perseguida”, dijo San Oscar Arnulfo Romero. Fue la frase que tenía entre manos el día que esa mafia me secuestró y los llamo mafia porque de esa manera operaron, aún recuerdo las palabras burlescas de un esbirro en el Distrito 3 de Managua: “Por agarrarle vara a Romero, vas directo a la modelo”, a lo que respondí con voz gruesa y quebrantada: “De esta me saca Dios”.
De monseñor Romero aprendí a meter las manos al fuego por los desfavorecidos en esta sociedad y en diciembre de 2023 en su mausoleo de la Catedral Metropolitana de San Salvador, pude sentir el coraje y el amor de ese santo mártir y me dije que no podía seguir guardando silencio ante lo que ocurría contra la Iglesia en Nicaragua. Pretenden taparle la boca a una institución divina milenaria que el propio Jesús compró con su sangre. La esposa de Cristo Jesús es la Iglesia y aunque hoy en Nicaragua se parezca a la iglesia primitiva perseguida por Saulo de Tarso para arrancarle la cabeza a cada cristiano a su paso, prevalecerá por siempre.
Nicaragua está en un momento muy crítico, pero también con esperanzas que surgen en el exilio. En un momento así es importante retomar la luz del profetismo de San Romero, con su palabra viva y su testimonio de fe, hacer válida su denuncia ante tanta injusticia en Nicaragua y que su mensaje esperanzador brote de Jesús y su evangelio.
Como cristianos nicaragüenses nos toca resistir, emplear los principios fundamentales de la doctrina social de la Iglesia: ver, juzgar y actuar. Buscar maneras de incidir en el cambio que queremos y la paz que tanto anhelamos, el retorno a nuestra patria y la devolución de nuestra ciudadanía para todos aquellos a los que se nos despojó. Estar unidos en oración y no declinar.
A propósito de mi libertad, ese día pude experimentar una especie de resurrección en mi alma y mi humanidad completa, pues salir de ese horrendo cementerio de vivos fue un milagro hecho por Dios mismo. Estando dentro, me llegué a sentir como Lázaro con 4 días de muerto y me dije que Jesús sabía que yo estaba muerto y dejó pasar esos 4 días para prepararme y hacer la obra en su tiempo; eso me reconfortaba, sabía que al final Jesús movería mi piedra y me llamaría por mi nombre y así fue. ¡Gloria a Dios!
Hoy más que nunca reafirmo unas palabras que escribí en mi Facebook horas antes de mi secuestro: “La poesía como signo de denuncia y el cristianismo como medio de actuar”.
El autor es poeta y uno de los 135 desterrados políticos hacia Guatemala