¿Es inhumano cerrar las fronteras de un país a quienes deseen entrar en él? La pregunta suele producir repuestas opuestas. Por un lado, la de quienes, conmovidos por el dolor de los migrantes, abogan por una política de apertura y acogida total. Por el otro, la de quienes, afligidos por lo que perciben como una invasión que amenaza la estabilidad e identidad cultural de sus naciones, buscan cerrarles las puertas y, a veces, expulsarlos.
¿Cuál de las dos posiciones es correcta? Difícil responderlo pues ambas tienen sus buenas razones. El papa Francisco, portavoz de la primera, aludiendo a la parábola del samaritano que auxilió al judío tirado en el camino, señalaba como “este encuentro misericordioso es una potente interpelación, que desmiente toda manipulación ideológica, para que ampliemos nuestro círculo, para que demos a nuestra capacidad de amar una dimensión universal capaz de traspasar todos los prejuicios, todas las barreras históricas o culturales, todos los intereses mezquinos”. Partiendo de esta reflexión el papa propuso a los países receptores considerar un número de medidas prácticas de asistencia como proporcionar a los migrantes viviendas adecuadas y dignas, acceso a los servicios básicos, protección a los menores y asegurar su acceso a la educación. También ha recordado como en el rostro angustiado y sufriente de los migrantes debemos ver el rostro de Cristo.
En realidad, es desgarrador ver la multitud de madres, infantes, hombres y mujeres, caminando en carreteras polvosas bajo el sol ardiente, durmiendo al descampado, sufriendo robos, resfríos y mil dolencias, sacando de sus escuálidos bolsillos los dólares que lograron ahorrar o prestar para pagar las coimas a los agentes fronterizos o las tarifas de coyotes inescrupulosos, todo para pasar el río Bravo y llegar a la tierra prometida donde piensan realizar sus sueños. Al otro lado del Atlántico es desgarrador ver la multitud de africanos apiñados en botes sobrecargados de gente arriesgándolo todo en las aguas de un mar Mediterráneo que, en los últimos años, se ha tragado a más de 30,000 de ellos.
La otra posición, la de quienes buscan detener o deportar a los migrantes, puede entenderse mejor poniéndose en los zapatos del dueño de una casa que, en medio de la noche, oye que unos desconocidos golpean sus puertas pidiendo ser hospedados. La verdad es que incluso la mayoría de quienes abogan por una política de puertas abiertas difícilmente abrirían las de sus hogares. Puestos ante la disyuntiva de hacerlo probablemente querrán endosar el problema al gobierno, salida que sugiere cierto grado de ambivalencia o hipocresía.
El caso de Europa, ante la inmigración masiva de musulmanes, ilustra la complejidad del problema; porque una buena parte de estos no quiere integrarse a la cultura que los recibe y profesa una religión y visión del mundo hostil a los valores occidentales. Es entendible entonces que ante su rápido aumento demográfico muchos europeos sientan peligrar su identidad cultural y tradiciones. Sentirlo no es egoísmo. Las naciones suelen ser hijas de generaciones que, a través de su historia les han impreso un sello particular, único, precioso quizás, logrado a través de grandes esfuerzos colectivos y, a veces, a costa de sangre. Mantener su identidad o ese tesoro acumulado es un derecho e incluso puede ser un deber.
Por otro lado, una emigración masiva crea para las naciones una carga económica difícil de soportar. Suministrarles a millones de recién ingresados, viviendas, servicios, educación, etc., es algo que debe salir del bolsillo de contribuyentes que tienen sus propias dificultades para sacar adelante a sus familias. Puede ser muy heroico que lo intenten, pero tienen que sopesar dicha caridad con el deber hacia los suyos, que son sus próximos o prójimos.
El tema es difícil. Exige un alto grado de comprensión y la búsqueda de soluciones intermedias. Una política de puertas sin cerrojos lleva a una avalancha de millones sin filtro alguno. Otra de deportaciones masivas de ilegales se vuelve cruel si no considera con benevolencia sus causales; porque no es lo mismo emigrar por miedo a la persecución que por mejorar ingresos. Ojalá se logre el equilibrio y, sobre todo, atacar las raíces del problema: los malos gobiernos que hunden a sus ciudadanos en la desesperación y la miseria.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019.