“Y el sentimiento de exclusión, que es tan íntimo en el corazón humano, y se halla tan soterrado, debemos sacarlo a flote, enfrentarlo, y combatirlo”. (Sergio Ramírez).
“¡Fuera la mona!”, fue el grito que se escuchó en la plaza de la Puerta del Sol de Madrid, repetido por una multitud de ciudadanas y ciudadanos venezolanos que escuchaban a la líder antichavista María Corina Machado. El insulto iba dirigido a Delcy Rodríguez, por su piel oscura. Rodríguez ocupa el cargo de encargada de la Presidencia de Venezuela, por obra y gracia de Donald Trump, quien, poco antes de este bochornoso incidente, también recurrió a la imagen de dos simios para insultar a Barack y Michelle Obama por su ascendencia africana.
Boris Muñoz, periodista venezolano, escribió en El País (22/04/26) que el canto racista en la Puerta del Sol de Madrid refleja “un sentimiento —o más bien, un resentimiento— arraigado en el imaginario racial venezolano: la piel oscura como símbolo de inferioridad social, educativa y económica”. Muñoz también criticó a Machado por no intervenir para detener y condenar la consigna racista, que al principio fue incitada por un cantante venezolano desde la tarima de la concentración y que luego reapareció mientras la señora Machado hablaba con micrófono en mano, sin hacer nada para detenerla.
El brote racista en Madrid no es solo el reflejo de un problema venezolano. Es una muestra de los prejuicios étnicos y raciales que corroen el débil tejido social de las sociedades de América Latina. En Nicaragua, ese cáncer social suele disimularse bajo la máscara de un humor hiriente y autodegradante, así como con la pretensión de que, como bien señala la politóloga nicaragüense Juliet Hooker, “nosotros somos mejores que los Estados Unidos porque no somos racistas como ellos” (Confidencial, 16/07/20).
En Tambor olvidado (Aguilar, 2007), un ensayo sobre “la mutilación de nuestra historia para quitar de por medio el componente africano” (10), Sergio Ramírez rompe “la conspiración de olvido y de silencio” (12) sobre la africanidad que acarreamos en nuestros genes y en muchos aspectos de nuestro fenotipo, como el pelo “murruco” de muchos de nosotros.
En el glosario de Tambor olvidado, titulado “Palabras africanas en el español de Nicaragua”, se explica que la palabra “murruco” significa: “Poblado de la provincia de Nampula, en Mozambique […] Pelo apretadamente ensortijado, propio de los negros y mulatos. Se dice también del vello púbico en las mujeres” (298)].
Al historiar, analizar y explicar las raíces de nuestra negritud (la mía proviene de Mali, según Ancestry) y el blanqueamiento —ocultamiento— de nuestra historia, Sergio Ramírez vuelve a iluminar los rincones de nuestra realidad nicaragüense a los que no llega la luz de nuestra atrofiada conciencia “nacional” ni el discurso político nicaragüense descontextualizado —el venenoso del gobierno y el estéril de la oposición—, incapaz de visibilizar el magma del que brotan las fracturas que nos alienan y nos empujan a vivir como enemigos.
“Lo negro”, nos dice Sergio Ramírez, “sigue siendo intolerable, en un sentido tácito. De eso no se habla” (11). Paso seguido, en 300 páginas, nuestro autor nos “habla” de lo que no queremos hablar, estimulando con datos y argumentos nuestro “cerebro racional”, es decir, nuestras capacidades lógicas, comunicativas, de aprendizaje y decisorias, para ayudarnos a vernos como somos, condición necesaria para descubrir todo lo que podríamos llegar a ser.
Desgraciadamente, la riqueza analítica e informativa de Tambor olvidado, en una sociedad básicamente precientífica como la nuestra —en la que razones y evidencias no detienen el embate de un arrebato (“somos emociones, nada más”, dice otro novelista nicaragüense, Fernando Silva)—, no será suficiente para visibilizar y contrarrestar nuestro racismo. Así pues, la orientación racional de Tambor olvidado va a necesitar el complemento de un antídoto afectivo que actúe sobre los enjambres neuronales del sistema límbico; es decir, sobre las regiones del cerebro responsables de nuestros sentimientos y emociones. Esto es, precisamente, lo que hace Sergio Ramírez en su trilogía policíaca compuesta por El cielo llora por mí (Alfaguara, 2008), Ya nadie llora por mí (Alfaguara, 2017) y Tongolele no sabía bailar (Alfaguara, 2021), protagonizada por el inspector Dolores Morales y su inseparable compañero —terrenal en la primera novela y fantasmagórico en las otras dos—, el agudo y pegajoso afro nicaragüense Bert “Lord” Dixon.
Contra una emoción negativa, una emoción positiva
Antonio Damasio, uno de los neurocientíficos contemporáneos más destacados en el estudio de las emociones, desarrolla en su clásico libro En busca de Spinoza (Harcourt, 2003) la intuición del filósofo holandés Baruch Spinoza (1632-1677), según la cual «un afecto no puede ser restringido ni neutralizado salvo por un afecto contrario que sea más fuerte que el afecto que se pretende restringir» (12). En palabras de Damasio, “para luchar contra una emoción negativa se requiere una emoción positiva más fuerte, inducida por el intelecto y la razón” (Ibid.). En mis propias palabras, para luchar contra una emoción negativa como el racismo, necesitamos apoyarnos en una emoción positiva más fuerte, como la que Sergio Ramírez induce en nosotros a través de Bert “Lord” Dixon, un blufileño de “modales impecables” (El cielo…, 11) que acompaña al inspector Morales en sus aventuras y le ofrece sus ingeniosos consejos.
Nuestro novelista nos enseña que “Lord” Dixon es hijo de un “pastor de la Iglesia Morava, el viejito que lo había hecho viejito desde chiquito”; que había “llegado a tercer año de medicina”; y que “se conocía de memoria los proverbios de la Biblia” (Ibid., 295). Al igual que el inspector Morales, fue militante sandinista hasta que el nombre de Sandino empezó a utilizarse para designar a un régimen delictivo. Este costeño “nunca [alza] la voz ni cuando se [altera], y las malas palabras las [suelta] con suavidad, como si las meditara” (Ibid., 31), pronunciándolas con un acento caribeño, que Sergio Ramírez nos hace oír imaginativamente cuando nos dice que habla “como si siempre tuviera un caramelo en la boca” (Ibid., 11).
En El cielo llora por mí, viajamos con “Lord” Dixon por Bluefields, Laguna de Perlas, Raitipura y otros lugares, lo que para muchos lectores nicaragüenses habrá sido un primer “viaje” a nuestra Costa Caribe y un primer contacto íntimo y emotivo con un compatriota caribeño. Y, mientras nos sumergimos en la trama de la novela, aprendemos a admirar las agudas observaciones de “Lord” Dixon y sus ocurrencias, “el olor a mierda flota en las ondas hertzianas” (Ibid., 36). Y ya para cuando, al final de esta novela, muere baleado, sentimos haber perdido a alguien cercano.
Pero ni al final de sus días, Bert deja de soltar sus perlas. Al borde de la muerte, le dice al inspector Morales: “No me voy a poner a llorar […] el cielo llora por mí”. Morales le responde: “Te jodiste, ya dejó de llover”. “Lord” Dixon, hablando con la autoridad con la que hablaría el propio Sergio Ramírez, pero con “un caramelo en la boca”, riposta: “No importa […] Es una figura literaria” (Ibid., 258).
Sergio Ramírez resucita a “Lord” Dixón en la segunda y la tercera novela de su trilogía policíaca y lo convierte en una voz del ultramundo que, como en vida, critica y aconseja al inspector Morales y a la infaltable Doña Sofía durante sus aventuras. Como siempre, Lord Dixon no para de producir sus imaginativas ocurrencias: “Parece que a la señora le hubiera picado un alacrán en salva sea la parte” (Nadie…, 292); “Cuando la barriga pesa, la conciencia se aburguesa” (Tongolele…, 93); ‘El tiempo nunca se agota, de modo que la prisa es una gran pendejada” (Ibid., 97); “Eso es racismo pasivo, racismo de acomplejado” (Ibid., 65), esto último, la queja que Lord Dixon susurra al inspector Morales desde la tumba, en referencia a un comentario oblicuo y desdeñoso que hace un “compañero de viaje” de Morales sobre la “piel aceitunada” de otro de los personajes de la novela.
El Lord Dixon que Sergio Ramírez “resucita” en Ya nadie llora por mí y Tongolele no sabía bailar es el mismo de El cielo no llora por mí, pero condensado en la esencia de su chispeante personalidad, como para que no lo juzguemos por el color de su piel, sino por el contenido de su carácter, como demandó hacer a los blancos estadounidenses Martin Luther King en nombre de los afrodescendientes de su país, en su famoso discurso “I Have a Dream”.
Bailando apretado: razones y emociones
Pero ¿cómo alcanzar un juicio justo del “otro” y de la “otra” cuando el color de su piel nos desagrada, muchas veces porque nos recuerda el color de la nuestra? ¿Puede la razón analítica e historiográfica anular nuestros prejuicios raciales y estimular nuestra empatía? ¿O solo una emoción positiva puede anular una negativa como el racismo? Sergio Ramírez nos abre las dos vías ofreciéndonos un antídoto racional contra ese cáncer social en Tambor olvidado y otro, emocional, mediante la empatía que nos provoca Bert “Lord” Dixon en su trilogía policíaca. Los dos enfoques se complementan y son necesarios para combatir el racismo en nuestra Nicaragua y en nuestra América Latina.
Las emociones y la razón usan redes neuronales interconectadas, aunque se pueden distinguir estructuras “emocionales”, como la amígdala, y “racionales”, como la corteza frontal. En la filosofía y las ciencias de Occidente, el debate sobre el dominio de las pasiones por la razón y viceversa se remonta a Platón y perdura hasta nuestros días. En este debate se pueden encontrar voces que apuestan, metafóricamente hablando, por “la cabeza” y otras por “el corazón”.
Sin embargo, es posible percibir en este debate la consolidación gradual de un fuerte consenso en torno a dos puntos: primero, las emociones y la razón siempre interactúan; segundo, en esta interacción, las estructuras emocionales del cerebro son más potentes y operan más rápidamente que las racionales, como explica otro brillante neurocientífico, el también roquero Joseph Ledoux. De ahí la frase “el corazón decide y la razón justifica”, que se valida porque, vuelvo a hablar metafóricamente, nuestro “cerebro emocional” es más rápido para actuar que nuestro “cerebro racional”.
Decida, pues usted, querido lector, a dónde pone sus fichas para luchar contra nuestro racismo. Yo distribuyo mis diez fichas de la siguiente manera: cuatro en Tambor olvidado y seis en Bert “Lord” Dixon. “Más claro no canta un zopilote”, me diría Bert (Ya nadie…, 220).
El autor es nicaragüense, profesor retirado de Ciencias Políticas en la Universidad de Western, Ontario, Canadá.