El 20 de enero, el mismo día en que se rendía homenaje al líder de los derechos civiles Martin Luther King, Donald Trump regresó a la Casa Blanca para un segundo período presidencial.
Trump viene con más poder que nunca, con mayoría republicana en la Cámara de Representantes y en el Senado, y con un Tribunal Supremo muy inclinado hacia posturas conservadoras. Su gabinete está integrado por multimillonarios, entre los que se destaca el sudafricano Elon Musk, magnate de Tesla, de SpaceX y de la red social X (antes Twitter). Y cuenta con el respaldo de los superricos líderes de la tecnología, los amos de los medios sociales y del comercio online, monopolistas que acumulan fortunas de miles de millones de dólares mientras más de 44 millones de estadounidenses padecen de “inseguridad alimentaria”, eufemismo por hambre. El regreso de Trump a la Casa Blanca se enmarca en un entorno de desigualdad social que no se veía en décadas, posiblemente desde la época de los robber barons, a fines del siglo XIX.
En su discurso de despedida, el expresidente demócrata Joe Biden alertó del peligro de una creciente oligarquía en Estados Unidos cuya “extrema riqueza, poder e influencia amenaza toda nuestra democracia, nuestros derechos y libertades básicos, y una oportunidad justa para que todos progresen”. En el mismo discurso, Biden también reveló su preocupación por “el posible surgimiento de un complejo industrial tecnológico que podría representar peligros reales para nuestro país”. La advertencia de Biden evocaba el discurso de despedida del presidente republicano Dwight D. Eisenhower el 17 de enero de 1961, quien alertó sobre el “complejo militar-industrial” y el peligro de su influencia sobre “nuestras libertades o procesos democráticos”. Sin embargo, durante su mandato Biden no hizo gran cosa por frenar el crecimiento de la oligarquía, y solo al final de su presidencia denunció ese fenómeno de nuestro tiempo.
Trump —uno de los individuos más adinerados de Estados Unidos— tampoco hará nada por conjurar el peligro que señaló Biden. Su discurso en la inauguración presidencial revela lo que viene, o lo que ya ha comenzado. Anuncia la imposición de una ideología con un designio imperial apoyado en un nacionalismo extremo: pretende que el Canal de Panamá vuelva a estar bajo el control norteamericano, aunque deba recurrir a la fuerza militar; quiere comprar Groenlandia y convertir a Canadá en el estado 51 de Estados Unidos; va a cambiarle el nombre al Golfo de México para que se llame Golfo de América (no olvidemos que Estados Unidos se apropió del nombre de América, reuniendo el resto del hemisferio bajo la denominación de “las Américas”).
En el terreno de la inmigración, cumplió una de sus promesas de la campaña electoral sin perder un segundo. Declaró una emergencia nacional en la frontera (la frontera sur, por donde entran los que vienen de países que Trump llamó en una ocasión “países de mierda”) y ordenó el despliegue de militares para detener lo que él considera una “invasión” de indocumentados. En un desafío a la 14 Enmienda de la Constitución, quiere eliminar la ciudadanía por derecho de nacimiento a los niños nacidos en Estados Unidos de padres indocumentados. Y suspendió el parole humanitario para inmigrantes de Cuba, Nicaragua, Venezuela y Haití, una medida que deja a miles de refugiados de esos países varados en México.
En el aspecto social, cumpliendo con su anuncio de crear “una sociedad basada en los méritos, no en el color de la piel”, despidió a los empleados de los programas federales de inclusión, equidad y diversidad. Esa acción radical echa por la borda esfuerzos por crear una sociedad más justa y con menos desigualdad, en una nación donde la esclavitud duró más de dos siglos, y la discriminación racial institucionalizada se mantuvo hasta la década de 1960, y sus efectos todavía perduran. También dio marcha atrás a los intentos de lograr una mayor inclusión, al firmar el lunes un decreto bajo el cual el gobierno federal solo reconocerá dos géneros: masculino y femenino, en un claro ataque a la diversidad sexual.
Eso sí: Trump cumplió su palabra, y en cuanto ocupó de nuevo la Presidencia firmó una avalancha de órdenes ejecutivas que había anunciado en su campaña electoral. Esas medidas cuentan con el apoyo de una parte sustancial del electorado, votantes que no suelen exhibir entre sus virtudes la solidaridad social y la empatía con los menos afortunados.
Navegando en internet, uno lee con frecuencia opiniones como las siguientes, vertidas por los usuarios: “¿Atención médica gratis para todos los norteamericanos, pagadas por nuestros impuestos? No. Yo no tengo que pagarle el médico a nadie”. O: “¿Educación universitaria gratis? El que quiera ir a la universidad, que trabaje y pague sus estudios, como hice yo”. No he visto ninguna encuesta que indique cuántas personas piensan de esa manera, pero temo que son muchas. Son los que creen que el individualismo, el egoísmo y el nacionalismo extremo conforman los pilares que sostendrán a Estados Unidos para siempre. Sobre esos pilares Trump se apoyó para ganar su regreso a la Casa Blanca. [FIRMAS PRESS]
El autor es escritor y periodista radicado en Miami. Sus novelas más recientes son El ocaso y La espada macedonia, publicadas por Mundiediciones. También ha publicado el ensayo Biden y el legado de Trump con Mundiediciones.