¿Es legítima la rebelión armada?

Nadie, en su sano juicio, quiere la violencia. Las personas normales abominan las guerras. Podríamos decir que todo el mundo quiere la paz. El gran problema es que hay momentos en que los abusos o crueldad de algunos poderosos hacen del uso de la violencia o la fuerza la única opción legítima para enfrentarlos. ¿Es ese al caso de Nicaragua?

Para contestarlo nada es mejor que recurrir a los criterios proporcionados por el catecismo de la Iglesia católica en su inciso 2243: La rebelión armada es moralmente aceptable si se cumplen las siguientes condiciones: 1) Violaciones ciertas, graves y prolongadas de los derechos fundamentales; 2) Haber agotado todos los otros recursos; 3) No provocar desórdenes peores; 4) Tener esperanza fundada de éxito; 5) Si es imposible prever razonablemente soluciones mejores.

Actualmente hay unanimidad en considerar como plenamente existente la condición uno. En el caso de la 2 y la 5, que vienen a ser similares, unos piensan que las vías electorales están totalmente cerradas —fáctica y constitucionalmente—, que es prácticamente imposible la movilización popular y que, como señaló la hija de Murillo, Zoilamérica, la pareja dictatorial prefiere hundir el país entero e incluso jugarse la vida antes que entregar el poder.

Otros persisten en que hay que seguir explorando posibilidades cívicas, pero a la hora de concretarlas suelen quedarse en abstracciones como “diálogos” o “presiones internacionales”, quizás sin considerar que los primeros son trampas y que las segundas no funcionan (véase el caso de Cuba y Venezuela). Esto sugiere que sus esperanzas no provienen tanto de fe en los medios pacíficos sino de que ven inviable recurrir a la fuerza.

Muchos de ellos consideran ausente la condición 3 (evitar peores resultados), alegando que las revoluciones o guerras civiles dan siempre frutos amargos. El ejemplo más usado es el de la Revolución sandinista de 1979. Pero ignoran que la causa fundamental de sus malos frutos no fue la guerra insurreccional en sí, sino que el poder haya sido secuestrado por una camarilla marxista leninista que embarcó al país en una aventura totalitaria mucho más dañina. También ignoran que fue precisamente un factor de fuerza; la Contra, apoyada por Estados Unidos, quien forzó a los sandinistas a permitir que Nicaragua entrara en una nueva era de libertad, fase abortada no por otra guerra, sino por el pacto de Ortega con Alemán y su subsiguiente elección.  

La verdad es que no pueden demonizarse todas las rebeliones. La de los patriotas norteamericanos contra Inglaterra alumbró el nacimiento de la democracia más estable del mundo en 1776, y si bien tuvo una feroz guerra civil en 1861-1865, el país siguió siendo democrático y sanó rápido sus divisiones. La vecina Costa Rica, tras su guerra civil de 1948, liderada por Pepe Figueres, entró en una paz democrática que perdura. Tras la eliminación violenta de Trujillo en la República Dominicana en 1961, seguida en 1965 por una breve intervención norteamericana, el país ha gozado igualmente de una democracia estable. Lo mismo puede decirse de Panamá después del derrocamiento de Noriega en 1989. Estas referencias no son para exaltar la violencia ni para endosar la frase de Marx de que “las revoluciones son las parteras de la historia”, sino para advertir que no siempre generan horrores. 

Muchos piensan también que no se da la condición 4 (esperanza fundada de éxito). Aunque esperanza no implica certeza, es claro que una solución de fuerza sería casi imposible sin apoyo internacional. Somoza cayó cuando tras su gran aislamiento sus enemigos fueron armados por otros países y cuando su aliado, Estados Unidos, impidió que él lo fuera. Cada situación es diferente y requiere su propio análisis. Los OrMu están más aislados que lo estuvo Somoza. Se han ganado enemigos poderosos —como Estados Unidos e Israel— tienen enfrente una transición dinástica escabrosa, mucha gente que los odia y aliados que no harán mucho por defenderlos. ¿Puede orquestarse contra ellos una opción militar?

No es la opción ideal. Todos anhelamos una transición pacífica. Pero esta no está en nuestras manos sino en la de ellos. Y si no abren la puerta, y resulta que ni la vía pacífica ni la militar son posibles, sólo quedará resignarse a que la providencia, en un término desconocido de años; ¿5, 10, 20? produzca eventos inesperados, con el peligro de que para entonces quede poco de Nicaragua. Habrá pues que sopesar el riesgo de actuar y equivocarse, contra el riesgo de no hacer nada.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión

COMENTARIOS

  1. Hace 1 año

    Fernandez, no existe duda que son un mercenario escribano de los energúmenos de los ORMUs. Para la verdad objetiva de nuestra realidad, es evidente que el 90% del pueblo Nicaragüense es conocedor y protagonista de la gesta del levantamiento popular provocado por las fuerzas motrices de la historia producto de la violacion de los derechos civiles y humanos por parte de tu amo Ortega y su camarilla que tarde o temprano rendirán cuentas al pueblo. Tu lectura mediocre pero reveladora de tu mensaje trasnochado e hilvanado al mejor estilo, hace remora al discurso de tu amo, que al carecer de una educación académica, repite sin cesar los trillados ejemplos y recurre a la historia para errar irremediablemente sin sentido común. El pueblo Nicaragüense no está ni dormido ni postrado ; en algún momento hará erupción como muchos de nuestros volcanes lo han hecho. Salve a ti Nicaragua

  2. Hace 1 año

    Este Sociologo, historiador y ExMinistro de Educacion anda mas perdido que un perro en procesion. Combina su reconocido fanatismo religioso fantasioso con la realidad real. La Nicaragua actual del 2025 no es ni EEUU de 1776 ni la Costa Rica de 1948 ni la Republica Dominicana de 1961 ni la Panama de 1969 y tampoco la propia de 1990. Vive atrapado en acontecimientos de la Historia rebuscados segun su conveniencia politica/ideologica. Dios mio, perdonalo que no sabe lo que dice.

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