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Era el lunes 11 de noviembre de 2024, cerca de las 11:00 de la noche. El Chipote. Una mujer policía interroga al cantante y productor musical Nieves Martínez, quien se había entregado a cambio de la liberación de su hermano y su suegro, secuestrados por la guardia del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en el afán de capturar al artista.
—¿Ya sabés por qué estás aquí? —le pregunta la policía acomodándose en su silla.
—No, oficial, disculpe, no sé.
—¿Cómo no vas a saber?
—Con todo respeto oficial, yo me entregué, no me agarraron. Si me entregué es porque no tengo nada que ocultar.
—Vos, Dagoberto y Juan Pablo Rosales estaban grabando una canción para Navidad, que le iban a poner Navidad libre o Navidad en libertad. ¿Quién compuso esa canción?
—No lo sé, oficial.
—¿Quién estaba financiando esa grabación?
—No lo sé, oficial.
—¿Quiénes eran los músicos que iban a grabar?
—No sé, oficial.
—¿Quién estaba financiando eso?
—No lo sé, oficial.
—¿Cómo no vas a saber? ¿Pero sí conocés a Dagoberto y a Rosales?
—A Dagoberto sí, pero al otro que me menciona no.
—Él dice que te conoce.
—Hay muchas personas que me conocen y yo no las conozco.
—Él dice que ha tocado con vos.
—Es muy probable que haya tocado conmigo en algún evento, pero, que yo lo haya contratado alguna vez, no. No lo conozco.
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El interrogatorio iba así, la mujer policía acusando y el secuestrado negando todo. A la vez, la agente se mandaba mensajes por el celular con otros policías que, al mismo tiempo pero en cubículos separados, interpelaban a Dagoberto Palacios y a Juan Pablo Rosales, también secuestrados en la Policía de Masaya en ese momento. Martínez podía escuchar esos otros interrogatorios.
La canción navideña de la que hablaba la uniformada nunca existió. Nieves Martínez, hoy desterrado por la dictadura en el vecino país de El Salvador, cree que todo fue producto de una delación de algún enemigo suyo o de su amigo Dago, a como se le llama comúnmente a Palacios. No tardaría mucho en darse cuenta de que la dictadura Ortega Murillo no le perdona algo que hizo durante las protestas de 2018.

“No me podía callar”
Antes de las protestas de 2018, a Nieves Martínez le iba bien cantando para instituciones del régimen que lo contrataban con buenas remuneraciones, admite el músico. Cantó hasta en el bautizo de un hijo de Yadira Leets y de Rafael Ortega Murillo, el hijo de los dictadores.
El Intur, la DGI, la Portuaria, el Meffca, entre otras instituciones estatales, estaban entre los clientes que más ingresos le generaban. Además, cuando quería realizar algún concierto, el Instituto de Cultura le hacía rebajas en el alquiler del Teatro Nacional Rubén Darío. De cinco mil dólares que costaba la renta del coloso, solo pagaba 1,500 dólares. Era como un subsidio que le dan a todos los artistas.
Sin embargo, llegaron las protestas de abril de 2018 y Nieves Martínez comenzó a denunciar en las redes sociales los crímenes que comenzó a cometer la dictadura contra el pueblo nicaragüense.
“Yo estaba en flores con estos majes. Yo iba al Canal 6, al Canal 13, cuando me roncaba. Iba al Canal 4, al Canal 8. Pero, cuando sucede esto del 2018, era difícil no meterse. Le alabo la conciencia a los majes que no dijeron algo. Yo las denuncié y por eso me pasaron factura. ¿Qué voy a hacer? Fue un arma de doble filo, porque me expuse y me dejó en la mira de ella (Rosario Murillo)”, expone Martínez.
“Ay Nicaragua, Nicaragüita”
Para finales de junio de 2018, con la crisis sociopolítica y económica que siguieron a las protestas, Martínez no tenía trabajo pues no había conciertos, por lo que decidió migrar a Costa Rica
“Cuando iba saliendo hacia Masaya, rumbo Managua, para montarme en un bus, en un tranque me detienen estos vagos y me dicen que les cante una canción. Resulta que yo les canto Nicaragua, Nicaragüita y lo majes me toman un video. Ese video se viraliza como pólvora porque soy el único cantante que cantó en un tranque y que hay evidencia. Ahí está el video, tengo a dos majes con pasamontañas, con morteros y uno con machete. Se mira la maleta. Esa vaina nunca me la perdonaron. Para el Repliegue yo ya estaba en Costa Rica. Lo hicieron caravana de carros y la gente cerró las puertas. Me acuerdo de que publiqué algo en contra de ellos ese día”, cuenta el artista.

Como cuatro o cinco meses después, Martínez escuchó que se podía regresar al país, por lo que borró todo lo que había puesto en las redes sociales y regresó a Nicaragua por el aeropuerto, aunque con mucho miedo, tanto que borró hasta las aplicaciones en su teléfono celular.
El secuestro
Ya en Masaya, poco a poco Nieves Martínez comenzó a brindar conciertos nuevamente. Cantó hasta en el Puerto Salvador Allende, donde solo actúan artistas del régimen, aunque hubo obstáculos, porque hubo gente que se opuso a su presencia en ese escenario.
Así pasaron seis años. “Me dormí en los laureles. Me tranquilizaron seis años en los que nunca más volví a hablar de ellos, publicar o hablar con alguien. Estuve sobreviviendo seis años, tranquilo. Incluso, hacía conciertos gratis y todos los años celebraba mi cumpleaños en el Hotel Holiday Inn y asistía a canales de televisión, menos en los oficialistas, solo al 10 y al 14 a hablar de música”, cuenta el músico.
De repente, el pasado lunes 11 de noviembre, a las 5:00 de la tarde, lo llamó la mamá atacada en llanto porque la Policía había secuestrado a su otro hijo. “Vinieron buscando a Nieves Martínez y en lo que salió tu hermano uno de los policías dijo: este es Nieves”, le explicó la mamá.
Martínez procedió a llamar a su amigo Dagoberto Palacios para advertirle, pero la hermana le indicó que a Dago se lo habían llevado preso desde las 11:00 de la mañana de ese mismo día.
En ese momento, Martínez andaba con su hija haciendo mandados y, cuando la va a dejar donde la mamá, se entera que al suegro también se lo había llevado la Policía.
“Me llegaron a buscar donde mi suegro y como no me encontraron, él les dijo que yo no vivía ahí. Bueno, entonces móntese y nos va a enseñar dónde es que vive. Y se llevaron a mi suegro».
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El suegro lo llamó luego para decirle que había llevado a los policías a la casa del músico y le pide que se presente. Pero, a esa hora Nieves ya tenía todo listo para salir por punto ciego hacia Honduras. “Ya tenía rayado todo, donde me iba a quedar los primeros días, me iba a ocultar en un departamento y viajar de noche. Le iba a prestar una moto a un broder y me iba a ir por Honduras, o sea, ya estaba todo, hasta por dónde me iba a ir”, recuerda.
Lo que lo puso “entre la espada y la pared” fue una llamada que le hizo su hermano diciéndole que estaba secuestrado por la Policía.
“Yo me alegro de que me llame porque digo: ya lo soltaron. Me dice: aquí estoy con los compañeros. Estoy tranquilo en el escritorio, ellos solo quieren hablar una cosa con vos, quieren aclarar unos asuntos con vos, venite para que salgamos ya de esto y dejemos las cosas claras y todo tranquilo. Yo me di cuenta de que a mi hermano lo estaban presionando y que él estaba tratando de suavizar las cosas”, indica Martínez.
El músico experimentó “una sensación fea” y tomó “la decisión más difícil” de su vida, entregarse para que no dañaran a su hermano o a su suegro y que no acosaran a la familia.

Al llegar a la delegación policial, se abrazó con su hermano y le entregó la faja, un reloj y un anillo.
Cuatro policías lo subieron a una camioneta doble cabina, civil, no era una patrulla, y se lo llevaron al kilómetro 14 de la Carretera a Masaya, donde lo bajaron y lo subieron a otra camioneta doble cabina civil que los estaba esperando, la cual los dirigió al Chipote. El conductor le preguntó:
—Ya sabés por qué vas aquí, ¿verdad?
—No, no, no, no sé. ¿Por qué?
—¿Cómo no vas a saber?
Después de esas pocas palabras, los cinco ocupantes del vehículo se quedaron en silencio.
Al llegar al Chipote, Martínez aún iba con la leve esperanza de que lo iban a interrogar y después lo iban a soltar, solo haciéndole advertencias. Pero, las ilusiones se le desvanecieron cuando lo hicieron que se quitara la ropa, incluida la ropa interior y así desnudo lo obligaron a hacer tres sentadillas, y luego le ordenaron que se vistiera con el uniforme azul de reo. Lo que más le dolió fue que lo despojaron de un crucifijo y que sintió el odio que los carceleros tenían por la Iglesia católica.
“Me tomaron huella de toda la palma, de las dos manos. Me hicieron firmar el libro de que estaba ingresando. Me tomaron fotos de perfil y de frente. Me enchacharon y me llevaron a un cuarto, que fue donde lo interrogó la mujer policía cerca de las 11:00 de la noche, mientras ella se acomodaba en una silla.
El destierro
La mujer policía también le preguntó a Nieves Martínez por Luis Enrique Mejía Godoy y Katia Cardenal, porque le habían revisado el teléfono celular y vieron que tenía sus contactos. Martínez se limitó a decir que siempre los había admirado como artistas.
Luego, lo trasladaron a una celda en solitario y le pasaron una botella de agua.
Al día siguiente, le pasaron un lampazo para limpiar la celda y le dieron de desayunar gallo pinto con huevo cocido y guineo cuadrado. “Me lo comí porque, en fin, porque tenía cerrado el estómago, pero también sabía que tenía que comer”, cuenta Martínez, quien agrega que lo mataba la incertidumbre y lo único que lo mantuvo cuerdo fue recitar salmos que se sabía de memoria.
“El Señor es mi pastor, nada me faltara. El salmo 1: Feliz el hombre que no sigue consejo de malvados. O el salmo 37: No te exasperes a causa de los malvados ni sientas envidia por los que cometen el mal”, recitaba.
También recitaba una oración de Santa Teresa de Ávila: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa. Dios no se muda…”.
Más tarde, ese mismo día, otras tres horas de interrogatorio, mientras escuchaba que también interrogaban a su amigo Dago y a Rosales.
En la madruga del día siguiente, lo despertaron para preguntarle si tenía pasaporte y visa de Estados Unidos vigentes. Respondió que pasaporte sí, pero visa no. No le dijeron más nada.

Más luego, cuando ya había amanecido y, aunque no está seguro de la hora, calcula que eran como las 7:00 de la mañana, lo llevaron ante un oficial «negrito», «trompudito», alto, de apellido Romero, con “cara de crimen” y que cree que es comisionado. “Dos cosas, voy al grano, tenés dos opciones, o 10 años de cárcel extensibles o te vas para España?”, preguntó el policía.
“Me voy para España y les agradezco mucho que me den la oportunidad de escoger”, respondió Martínez casi con la voz entrecortada, la mirada cabizbaja y las manos hacia atrás, esposado, recuerda.
A Martínez lo regresaron a la celda, a la cual llegó llorando. «Mis oraciones fueron escuchadas», se dijo a sí mismo y al rato lo sacaron de nuevo para quitarle el uniforme azul y le dieron ropa de civil. El músico se alegró más cuando dieron la orden de que le quitaran las esposas y también vio a Dago vestido de civil.
A Martínez le hicieron firmar dos documentos, uno en el que solicitaba apoyo del régimen para continuar estudios de música en España y otro que decía: “Recibí del Ministerio de Gobernación la cantidad de 500 dólares en concepto de ayuda como viático para ir a estudiar a España”. Les dieron a cada uno cinco billetes nuevos de a 100 dólares cada uno.
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Le tomaron fotos firmando, le dieron una maleta en la que echaron otra mudada de vestimenta civil, un jabón de baño, un cepillo de dientes «de esos que desbaratan las encías» y un papel higiénico «a medio palo», usado. «No le pueden dar uno completo a uno estos majes. ¿Quién viaja a otro país y lleva un papel higiénico usado? Estos son salvajes», se quejó Martínez mentalmente, pero sin decir algo a los policías.
A Dago y a Martínez los trasladaron al aeropuerto en otra camioneta civil, no patrulla, y les regresaron los teléfonos celulares, pero sin que los pudieran encender hasta que no estuvieran volando. «Nos los entregaron cargados, nos hicieron el favor de cargarlos», dice Martínez.
Antes de montarlos en el avión, un oficial de Migración les advirtió a él y a Dago que no eran aplicables para ir a España, ni tenían visa para ir a Bogotá, que era una de las escalas, además de El Salvador.
El oficial fue tajante en decir: “Ustedes aquí no pueden volver”.
Por esa razón, Martínez y Dago se bajaron en El Salvador y ahí se quedaron. Si iban a Colombia o a España y no los admitían, corrían el riesgo de ser deportados a Nicaragua y estaban avisados de que no habría segunda oportunidad de parte de la dictadura. Quedarían encarcelados.
Martínez está ahora en El Salvador, al igual que su amigo Dago. El otro músico, al que Martínez realmente no conocía, Juan Pablo Rosales, se fue un día antes que ellos a Estados Unidos, porque es residente.
Ya al final del tiempo en el que estuvo preso, un policía le dijo a Martínez no se les olvidaba que él había cantado en un tranque.
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