Este 16 de agosto, Tania, aunque está en el mismo lugar, no siente lo mismo. El entusiasmo con el que hace dos años empezó a estudiar su carrera de Licenciatura en Derecho en la Universidad Centroamericana (UCA) ha perdido fuerza, por no decir que se ha apagado. En las instalaciones en las que ahora opera —tras la confiscación de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo— la Universidad Nacional Casimiro Sotelo Montenegro, nada es parecido a cuando era administrada por la Asociación Compañía de Jesús.
Hace un año, a eso de las 11:00 de la mañana, la UCA recibió por última vez a su comunidad universitaria y académica. Ese día Nicaragua se quedó sin la prestigiosa universidad jesuita que tenía más de 60 años de fundación. El alma mater anunció la suspensión de las actividades por una investigación que la dictadura ordenó en su contra. La investigación solo fue una excusa para ponerle fin a la trayectoria de la UCA, confiscar su campus, sus cuentas bancarias y todos sus bienes inmuebles.
Tania, quien pidió no revelar su nombre real por temor a sufrir las consecuencias del régimen, decidió continuar sus estudios en la Casimiro Sotelo, la universidad que días después de confiscar la UCA el régimen montó, como consecuencia de la monopolización que tiene la dictadura en todos los centros universitarios. «Era lo mismo quedarme aquí o irme por ejemplo a la UNAN», contó la joven.
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Juan, otro estudiante que por motivos económicos decidió seguir su carrera en la Casimiro Sotelo, es tajante al decir que perdió el entusiasmo de seguir estudiando. «La verdad me siento incómodo como estudiante, porque la calidad no es la misma», dijo.
Una universidad bajo control político
Los estudiantes lamentan en lo que convirtieron el recinto de la UCA. Cambios radicales que hoy reprochan debido a que están ligados al adoctrinamiento político, desde los nombres de los salones y auditorios hasta los murales instalados a lo largo del campus, y no a la calidad educativa que pregonaron las autoridades en la inauguración.


Según los estudiantes que hablaron con LA PRENSA, dentro del personal tanto administrativo como educativo hay contraste. «Hay un maestro que solo llega a dar los temas y que uno exponga, nunca explica. A mí eso no me gusta, porque no hace bien su trabajo y eso no me da ánimo, ni muchas ganas de estudiar. En la asistencia tampoco son tan exigentes como lo era la UCA, en pocas palabras, no se compara a lo que era la UCA. La UCA es la UCA», recalcó Tania.
Los estudiantes cuestionan cómo todo el centro ha sido politizado por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). «Cambiaron hasta los nombres de los kioscos, hay banderas rojas y negras por todos lados, murales políticos donde estaban los mapas del recinto, fotos de Daniel y la Rosario, todo es politizado», describió Juan.
Como consecuencia de la paralización que vivió la Universidad Casimiro Sotelo casi cerca de cinco meses, ante la falta de reanudación de las clases por la inoperancia de las autoridades orteguistas, los universitarios aseguraron que este año están recibiendo un cuatrimestre más para reponer el semestre perdido.
Tras la confiscación de la UCA, el 16 de agosto de 2023, la dictadura anunció que las clases de II Semestre iniciarían el 28 de agosto del 2023, pero luego lo pospusieron para el 25 de septiembre. Sin embargo, a mediados de septiembre, el designado rector Alejandro Genet Cruz declaró al Canal 8 que no tenían fecha definida para el inicio de clases. Hasta que finalmente el campus fue abierto para los universitarios el 15 de enero pasado.

Jesuitas exigen justicia
Al cumplirse un año de la confiscación, la Provincia Centroamericana de la Compañía de Jesús expresó que continúan con la inquebrantable esperanza e irrenunciable exigencia de justicia por la «injustificada confiscación de la UCA».
En el comunicado los jesuitas reiteran que todo lo confiscado por la dictadura «ha sido un invaluable daño al patrimonio científico y cultural de Nicaragua y sigue siendo una grave violación al derecho a la educación de miles de jóvenes que estudiaban en la UCA o pretendían hacerlo».
Los Jesuitas en Centroamérica denunciaron que la agresión «está enmarcada en un contexto nacional de represión sistemática, que lamentablemente continúa hasta el día de hoy en contra de cualquier persona o institución que resulte sospechosa de no estar de acuerdo con el régimen, incluida las instituciones religiosas de diversas nominaciones».
A la fecha, indicaron, continúan solicitando al régimen que «cese la represión, deje de estar cometiendo sistemáticas violaciones a los derechos humanos, libere a los presos políticos».
Y en esa misma línea, que «acepte la búsqueda de una solución racional en la que impere la verdad, la justicia, el diálogo, la libertad de cátedra y el respeto al Estado de derecho».
Asignación presupuestaria es insuficiente
El robo de la UCA y la creación de la Casimiro Sotelo el orteguismo lo justificó como una «restitución del derecho a la educación pública gratuita y de calidad”, sin embargo, la realidad demuestra que los 248 millones de córdobas que le asignaron a la Casimiro de la partida del 6 por ciento del Presupuesto son insuficientes para cubrir los gastos necesarios para garantizar el funcionamiento y mantener la calidad de la extinta universidad jesuita.
Expertos académicos advirtieron que este presupuesto no es suficiente para mantener una universidad de la magnitud que tenía la UCA, ya que el dinero que recibió es incluso menor al que se le otorgó la UCA en 2017 para becas.
En los pasillos de la universidad se rumora que algunos gastos de este centro están siendo asumidos con las cuentas que tenían los jesuitas y que les fueron congeladas por el régimen.
La embestida final en siete días
A pesar que la dictadura Ortega Murillo ejecutó una de las peores embestidas contra la UCA en solo siete días, su ataque frontal data desde 2018. Inició con el congelamiento de las cuentas bancarias de la universidad y posteriormente acusó al centro de estudios superiores de “terrorismo” y confiscó sus instalaciones.
La persecución a la UCA comenzó en 2018, tras la participación de los estudiantes en las protestas en contra de la dictadura. Todas las acciones del régimen son represalias por tratarse de una universidad que promovió el pensamiento crítico en Nicaragua.

La UCA se convirtió en uno de los puntos de referencia de las protestas de manifestantes opositores y sirvió de refugio cuando eran reprimidos por las fuerzas policiales y paramilitares orteguistas.
Los ataques a la universidad alcanzaron a sus autoridades. El rector de la UCA en 2018, el sacerdote jesuita José Alberto Idiáquez, formó parte del Diálogo Nacional. En 2018, Idiáquez recibió amenazas de muerte.


«Sí. Tengo claro que si me matan es el Gobierno el que habrá dado la orden o gente afín a ellos», dijo Idiáquez en ese momento. En junio de 2022, la dictadura le negó al sacerdote regresar a Nicaragua, cuando se encontraba en México atendiendo problemas de salud. Solo dos meses después, el 27 de septiembre de 2022, el régimen impidió que el vicerrector de la UCA, Jorge Huete, retornara al país y así se sumó a la lista de nicaragüenses desterrados de su patria.
En 2019, un año después del inicio de las manifestaciones en contra de la dictadura, la UCA fue «castigada» con un gran recorte presupuestario por parte del Consejo Nacional de Universidad (CNU) dominado por funcionarios orteguistas. La dictadura intentaba quitarles la subvención estatal que por ley les correspondía. Los recortes presupuestarios a la UCA continuaron en 2020, 2021 y 2022. En 2022, la UCA recibió únicamente un millón de córdobas, es de decir menos del 1 por ciento de lo asignado en 2018.
Un año después de la confiscación como golpe final, el campus robado a la UCA –aquel donde se formaron miles de nicaragüenses durante los más de 60 años que funcionó– es testigo silencioso de la historia. Mientras, los estudiantes que quedaron en la Casimiro por diversas razones guardan la esperanza de un cambio en el futuro. «Tarde o temprano la justicia llegará y la UCA podrá decir que sobrevivió a un ataque más, porque no es el único, de un régimen que no nos quiere como seres pensantes».