El poeta Pablo Antonio Cuadra, a través de su tinta y papel, tomó una fotografía que resumió el principio y fin de lo que sería la Revolución sandinista que alardeaba ser “popular”. Como si fuera formato raw que hasta parecería una profecía dijo: “Así el pueblo saltó a las calles jubiloso agitando banderas, creyendo que un hombre solo resumía su daño, danzando al sol mientras en la grieta oscura de uno o dos corazones calladamente anidaba la nueva tiranía…”. Sin palabras.
Juzgo el hecho histórico, ese 20 de julio de 1979, a través de los actos que se cometen a diario en mi país. Cuestiono la romanización trasnochada, no desde la visión de mis padres, ni la de mis abuelos; sino por medio de las consecuencias que libramos hoy, pagando como generaciones en este presente lo que debía evitarse en ese pasado sombrío, siniestro, traicionero y aún pendiente.
Tras los crímenes de lesa humanidad, la persecución, represión, encarcelamientos injustos, vigilancia y arraigo en el poder de la dictadura bicéfala Ortega- Murillo; las calles revelaron el paralelismo en nuestra historia. Cuatro décadas más tarde la profecía se cumplió, nos enfrentábamos a la nueva tiranía.
Daniel Ortega dejó de representar “estabilidad y orden” para algunos sectores nacionales y ante la misma comunidad internacional, para ser actualmente la reencarnación de la barbarie y el caos. El “gallo ennavajado” de la década de los 80 y 90 ante su avanzada edad, condición física y males representa el sistema decrépito que se sostiene a través de cadáveres, las armas, el clientelismo y la extorsión.
Ortega tras su regreso en 2006 ganó el control, pero perdió el poder.
En 1979, la búsqueda de hegemonía del proceso de “revolución” otorgó al FSLN el dominio sobre la Policía, Ejército, el sistema de justicia y la gestión de los recursos confiscados en zonas urbanas y rurales. Nada diferente al drama orwelliano que se vive actualmente. Este es el sandinismo que no muta y es fiel a sus principios de maldad. Es el mismo Daniel Ortega —de ayer y hoy— que sin superar la guerra fría representa ideales, comportamientos, maldades a la cabeza de la neotiranía y neodinastía.
Hay quienes resumen nuestra historia reciente en “sueños traicionados”, “robo a mano alzada del proyecto revolucionario” o “defensa nacional”, pero otros pensamos que las formas dictatoriales y prevaricadoras de hoy deben relacionarse con la de los 80.
Sobrevivimos como país a una dictadura que se cubrió de trajes de “derecha liberal” con visiones conservadoras —en el extravío ideológico que se padece— a la que se catalogaba cleptocrática y patrimonialista, es decir —de pocos excluyendo a los muchos— los Somoza durante su “sultanato” (1937-1979) se apoderaron de los recursos del país y establecieron una reducida elite política, social, económica y familiar.
Y —en el ahora— libramos una lucha por la libertad de nuestra nación ante la dictadura de los Ortega que se arropó de ideales de “izquierda socialista” valiéndose del clientelismo, extorsión y adoctrinamiento prometiendo: “Reivindicar derechos, erradicar la pobreza y justicia social para los más desfavorecidos”. Todo fue utopía. Demostrando la sobrevaloración de los ideales antes que a un proyecto país a largo plazo.
El viernes, doña Juana se alistó con sus dos chavalos, cada uno cargaba un “saco Macen” hecho un nudito —era 19 y llovía en Managua— salieron de su casa en San Judas con altas expectativas, la noche prometía abundantes latas de cerveza tiradas sobre la “Avenida de Bolívar a Chávez” por donde el tirano pasaría. Aunque ella no vivió la “alegría” de aquel día —cuando otro tirano caía— sobrevivía a las consecuencias de esa pesadilla: la extrema pobreza, falsas promesas, vigilancia e incertidumbre.
45 años han pasado de ese 20 de julio de 1979 y la fotografía es aún más decepcionante. Hoy se habla de los que no fueron a “la plaza”: los que adversan al régimen, los impermeables o indiferentes al discursos vacío y retórico, los “desleales” que han caído en desgracia ante los ojos “magnos” de la pareja y los que, aun yendo, obligados para no ser extorsionados se ausentan en el pensamiento y la conciencia.
Poco resulta la estrategia “cada casa una plaza” dado que en municipios y caseríos el recuerdo parece diluirse y alejarse de la mística “revolucionaria” y concentrarse en un asfixiante ruido de adulación personal a Daniel y Rosario —olvidando a los muertos— sustituyendo la metáfora totalitaria del “nuevo hombre” por “nuevos caminos” de un único pueblo, único partido, único Estado, único líder: Ortega.
La imagen de la dictadura se reduce a “militancia” alcoholizada, bailes ajenos a la “antología revolucionaria”, cadáveres olvidados, cuerpos policiales y militares fanatizados, espacios controlados y vacíos, paranoia, chalecos antibalas, desconfianzas e implosión.
Este es el momento propicio para no distraer al enemigo, una dictadura que ante tantos errores y crímenes cometidos desencanta a una población que se alimenta del hartazgo y se sacia de la esperanza que, así como se botó a uno, este también caiga. Le corresponde a la oposición en general incentivar el aislamiento internacional, denunciar las injusticias y preparar alternativas ante el vacío o la ausencia que representa el sandinismo.
Somos miles que estamos pagando los costos de esta pesadilla, miles dispuestos a cerrar las grietas de nuestra historia cíclica y ver por encima de nuestro horizonte: Daniel Ortega apenas es la causa de nuestro mal, pero nada más el principio de esta enfermad, ¡hay que sanar el país!
El autor es presidente de Alianza Universitaria Nicaragüense (AUN). Ex preso político y desterrado por el régimen.