Tres sermones

Durante la celebración del Misterio Pascual y Pentecostés tuve la oportunidad de escuchar tres sermones, dos presenciales y uno virtual. El primero tuvo lugar en una iglesia de Waterloo, Ontario. La ocasión: la Primera Comunión de la hija de dos de los pocos amigos que me quedan. El segundo sermón tuvo lugar en Toronto, con ocasión de la Confirmación de una de mis nietas. El tercero fue virtual, transmitido desde la Parroquia de San Francisco Labrador, en Costa Rica.

Primer sermón: un Dios que es vida y amor

En Waterloo, me impresionó la capacidad didáctica del sacerdote que ofició la misa y, más concretamente, su habilidad para transmitir a los niños comulgantes una compleja pero comprensible visión de la idea de Dios. El sacerdote explicó que Dios es la fuerza que mueve el mundo. Dios es vigor y vida; vida que, a pesar de sus miserias, está preñada de amor: el amor de una madre; un acto de ternura; un tierno amanecer; el sueño eterno de un mundo mejor.

En este sentido, la palabra Dios expresa el misterio profundo de la vida del universo, y el bello mito de las “lenguas de fuego” de Pentecostés puede interpretarse como una representación de la energía que empuja a las semillas a germinar; a la oruga a transformarse en mariposa; y, a nosotros, los humanos, a luchar para vivir en dignidad, justicia, y libertad. Nada de esto ignora que la energía vital del universo también es destructiva porque creación y destrucción son inseparables, como se expresa en la contradictoria figura de Shiva, uno de los dioses del hinduismo.

¿De dónde proviene la energía vital que mueve el universo?  No lo sabemos. En este sentido, Dios es tan solo una palabra que designa el vacío de conocimiento que oculta la fe y que la ciencia trata de rellenar con teorías y evidencias. Pero la razón científica es profundamente limitada y, a la fecha de hoy —y seguramente hasta el final de los tiempos—, no sabemos, no sabremos, ni “a dónde vamos, ni de dónde venimos”.

La teoría de la Gran Explosión, mejor conocida como el Big Bang, es apenas una especulación científica plausible que nos dice que hace catorce mil millones de años la materia del universo, concentrada en un solo punto, explotó, expandiéndose en el tiempo y formando todo lo que vemos en el cielo y mucho más allá. También se especula, científicamente, que el Big Bang es apenas el más reciente de una serie de Big Bangs que se extienden hacia un pasado que es prácticamente infinito.

¿Y qué había antes de que esa explosión o explosiones diera lugar a la formación del tiempo y del espacio? La palabra Dios nos remite a ese misterio, sin develarlo. Por eso admiro a los místicos cristianos que prefieren hablar de Dios como una “oscuridad divina”; y a aquellos judíos que evitan escribir la palabra D-os, con todas sus letras, para simbolizar la incapacidad humana de conocerlo; y al islam, que prohíbe la creación de imágenes de Dios para evitar el peligro que significa objetivar lo inescrutable.

Ninguna de estas normas se aplica al catolicismo, que esculpe y dibuja a Dios a gusto y antojo del artista, pero, comúnmente, como un hombre de barbas, a veces con corona —como un rey medieval—, a veces blandiendo una espada, como un general. Nunca como mujer. Nunca asiático. Nunca negro. Nunca queer. Nunca homosexual. El Dios del catolicismo se parece a Brad Pitt o a John Wayne.

Salí contento de la misa de Waterloo porque la idea de Dios como energía vital me hace sentido. Los humanos somos, a la vez, producto, conducto y fuente de esa energía. Por eso podemos decir que Dios habita en nosotros y que nosotros habitamos en Dios. “Somos polvo de estrellas”, como reza Ernesto Cardenal (Canto cósmico, Trotta, 1992, 31).

Segundo sermón: Dios como historia

La homilía que pronunció el sacerdote que ofició la misa en Toronto, durante la Primera Comunión de mi nieta, fue una de esas “enlatadas”, aburridas y pedestres que se repiten en abundancia en las iglesias. Mientras el sacerdote hablaba de Pentecostés como un hecho histórico —algo así como las erupciones del Cosigüina o los terremotos de Managua—, la gente a mi alrededor —con sus rostros puestos en “piloto automático” para lucir atentos—, parecían pensar en sus cosas: la fiesta de celebración después de la misa, o el vestido de la amiga en la banca de enfrente. Y es que, cada vez menos, los cristianos creen que los apóstoles de Jesús fueron bañados por verdaderas “lenguas de fuego”.

Escuchando esta homilía, volví a confirmar el error que significa desmitologizar lo divino, historiándolo. Como historia factual, el Paraíso Terrenal, la resurrección de Jesús, o las lenguas de fuego de pentecostés, no hacen sentido. Pero como símbolos de algo que hay que explicar y sobre lo que hay que reflexionar, todos esos mitos están preñados de profundos significados que se echan a perder cuando son despojados de su misterio.

Por eso el Nazareno jamás historió su visión de Dios, sino que predicó su mensaje haciendo uso de representaciones simbólicas de una verdad: la verdad del Dios-Amor, para hacernos reflexionar. Jesús, por ejemplo, nunca habló del Reino de Dios definiendo sus características particulares o haciéndolo coincidir con un evento o un régimen, como lo hicieron algunos voceros de la Teología de la Liberación cuando predicaron que la Revolución Cubana y la Sandinista eran representaciones anticipadas de ese Reino.

Jesús usó parábolas para articular su visión del mundo y de Dios. Una parábola, dice la RAE, es la “narración de un suceso fingido del que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral”. Así, Jesús dice: “El Reino de Dios es como un grano de mostaza que toma un hombre y lo siembra en su campo. Es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando crece es la mayor de las hortalizas y se hace árbol, de tal suerte que las aves vienen y anidan en sus ramas”.

¿Y cómo hacer crecer la semilla del Reino de Dios? En esto sí que fue concreto y directo el Nazareno: Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo, pero, ¡ojo!, no al prójimo en abstracto, ni solamente al prójimo que te cae bien, sino al sandinista que te llama “pucho” y “sanguijuela”, al opositor, que dice que sos un “sapo”, al pobre que ninguneamos, al afrodescendiente que discriminamos, al transexual del que nos burlamos.

¿Difícil? Por supuesto. Por eso me gusta la frase de Katherine Keller, una teóloga que admiro: “El cristianismo no es para pendejos”.

La misa de Confirmación de mi nieta terminó sin pena ni gloria. Terminada la ceremonia, todo el mundo corrió a tomar fotos, discutir el último partido de beisbol de los Azulejos, o conversar sobre el clima, el tópico de conversación favorito de los canadienses. Yo estaba seguro de que, si le preguntaban a los/las presentes, qué aprendieron del sermón de la misa, la mayoría no hubiera sabido qué contestar.

Tercer sermón: tocando a Dios con las manos sucias

El tercer sermón que escuché durante las semanas pasadas, fue el del sacerdote Uriel Vallejos, pronunciado en suelo costarricense, por ser Vallejos uno de los sacerdotes expulsados por la dictadura Ortega-Murillo. De las tres homilías a las que hago referencia en este artículo, esta tercera fue la más peculiar.

Vallejos dividió su alocución en dos partes. En la primera, hizo referencia al Misterio Pascual que, en la doctrina cristiana, engloba la pasión, muerte, resurrección y ascensión a los cielos de Jesús. Lo hizo entremezclando atropelladamente conceptos religiosos con referencias específicas a la situación política de Nicaragua. Yo supongo que esto debe haber confundido a los fieles costarricenses presentes en la misa porque, por ejemplo, ¿cómo iban ellos a entender que cuando Vallejos hablaba de los OrMu como “ancianos”, lo hacía para ofenderlos?

Cuando escuché a Vallejos insultar a los OrMu ¡por su edad!, sospeché que el Misterio Pascual no era el tema que ocupaba la mente del sacerdote nicaragüense. Lo que quería Vallejos era usar el púlpito para desahogarse políticamente.

Mi sospecha quedó confirmada a partir del minuto 8 y medio de la homilía, cuando en un violento non-sequitur (expresión latina que se usa para señalar un quiebre que rompe la secuencia lógica de una exposición escrita u oral), el sacerdote pasó de señalar que a Jesús lo había traicionado uno de sus discípulos, a decir que a Nicaragua la han traicionado un chingo de “pseudo políticos” y “pirañas” que viajan “a lo largo y ancho del planeta” pronunciando “discursos banales”. La referencia era a los dirigentes de la “oposición” nicaragüense.

Por esos “caciques”, continuó diciendo el sacerdote, “tuvimos a obispos encarcelados, medios de comunicación censurados y exiliados”. Por culpa de esta “jauría de mastines”, remató Vallejos, siguen gobernando en Nicaragua una bola de «piricuacos», “esbirros” y “discípulos de Satanás”.

Ya para entonces, los asistentes nicaragüenses en la misa —muchos de ellos eran reconocidos opositores— habían dejado de mirar sus teléfonos y bostezar. Milagrosamente, como movidos por el Espíritu Santo, habían vuelto a la vida y ahora, con los ojos bien abiertos, prestaban atención a las denuncias del sacerdote que caían como “lenguas de fuego” sobre los acusados de “servirse de la mayoría para llenar fichas de relatos o listas de asistencias, que sustentan el financiamiento que reciben para sus ONG y Fundaciones…”. Amén.

En medio del torbellino de palabras que azotaba a los presentes, Vallejos citó a Oscar Romero, como para dignificar su perorata. Porque soy un admirador y estudioso del pensamiento y discurso del obispo-mártir, pude darme cuenta de que Vallejos no conoce ni entiende a Romero.

En primer lugar, Romero no insultaba a nadie ni utilizaba calificativos groseros para reforzar sus críticas, las que siempre fueron contundentes, pero articuladas con justeza y seriedad. Más aún, Romero era autocrítico. Por el contrario, Vallejos limpia de toda culpa a la Iglesia católica en, por ejemplo, el desastre del llamado primer diálogo entre el gobierno y la oposición, en el 2018.

Romero señalaba los errores de los diferentes sectores y actores de El Salvador invitándolos siempre al arrepentimiento y a la conversión para contribuir al bien común de su sociedad. Por esa razón, él fue siempre consciente de que la misión de la Iglesia es, en sus propias palabras, “condenar el pecado y salvar al pecador” (Romero, Homilía, 23/03/80). Así, el santo salvadoreño siempre sostuvo que su misión no era juzgar y condenar sino convertir a los pecadores, amparado en la premisa de que, como lo señaló otro profeta de nuestro tiempo, “en medio de lo peor de nosotros siempre existe algo de bondad” que nos puede hacer cambiar (King, 1957).

Sobre todo, Romero nunca habló desde una perspectiva política-partidaria, como lo hizo Vallejos al colocarse la camiseta de los sectores de la oposición que, independientemente de la justeza de sus razones, se oponen a la forma en que ese movimiento está siendo manejado. Romero siempre habló desde la perspectiva del pueblo salvadoreño como un todo y, especialmente, desde el dolor y el sufrimiento de los más pobres y olvidados de esa sociedad. A nuestros curas les cuesta entender que la crítica política-partidaria nos corresponde a los laicos; y, que ellos, deben hablar en nombre de un Dios que, de acuerdo con la doctrina de la Iglesia católica, está en todos/as nosotros/as y nos pertenece a todos/as. Es desde esta perspectiva universal, que los clérigos deben contribuir a la moralización de la sociedad, sin reducir el cristianismo a la categoría de una ideología política y, mucho menos, a una visión partidaria. No es fácil manejar este balance. Por eso digo, parafraseando a Keller: el sacerdocio, bien entendido, no es para pendejos.

Finalmente, Romero jamás fue víctima de la extraña inclinación de algunos de nuestros clérigos a fingir sus acentos cuando predican. En este sentido, Vallejos me recordó al cardenal Obando y Bravo, y al obispo Rolando Álvarez y sus exageradas pronunciaciones de la “s” y sus melodramáticos tonos de voz. Para mí, este no es un detalle sin importancia, porque más allá de lo inofensivo, divertido o ridículo que pueda parecer esa práctica, el dejar de hablar como nicaragüense —¡para comunicarse con los nicaragüenses!— es algo que solo puede explicarse como una tonta y arrogante forma de explotar el vicio de nuestro extranjerismo para impresionarnos.

Pero regresemos a la misa oficiada por Vallejos. En los últimos minutos de su sermón —en realidad, una arenga política de balcón y plaza—, Vallejos incurrió en otro violento non-sequitur para regresar al evangelio y pedir a su público repetir a gritos:

¡Porque Cristo está…! ¡Vivo, vivo, vivo!

¡Porque Cristo está…! ¡Vivo, vivo, vivo!

¡Porque Cristo está…! ¡Vivo, vivo, vivo!

Trémulos de emoción, los nicaragüenses opositores presentes en la misa repitieron la consigna religiosa como un grito de guerra que hacía recordar otros, como, ¡Patria libre o morir!; ¡Sandino vive, la lucha sigue!; ¡No te vas, te quedás!

¿Y el Misterio Pascual? ¿Cuál misterio, maje?

El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Canadá.

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