Esta pregunta me la han hecho lectores/as que sienten que mis artículos tienen una tendencia que ellos/as consideran “negativa” y hasta “destructiva”. En el título de este artículo, la pregunta “¿Por qué critico?”, queda abierta, con puntos suspensivos, para darle cabida a tres versiones de la misma que quiero comentar hoy.
Pero antes quisiera aclarar que por “crítica” y, particularmente, la crítica política y social que yo intento hacer en mis artículos, debe entenderse como un esfuerzo para crear una visión del futuro que contrasta con el presente que queremos superar. Esto tiene una orientación normativa construida a partir de la visión de la realidad de quien hace la crítica. En este sentido, la crítica nunca es la defensa de “la verdad” sino la defensa de la verdad de quien la hace. Su valor radica en que para que sea válida, debe sostenerse en argumentaciones lógicas apoyadas en el conocimiento y la teoría social y no, simplemente, en opiniones emitidas “al peso de la lengua”, como cuando se escribe que Ortega “está muerto de miedo” o que “el régimen está a punto de colapsar”.
Y, por supuesto, la crítica puede y debe ser juzgada para, de esa forma generar debates que nos acerquen a un consenso de lo que, como sociedad, debemos entender como “la verdad”, la “verdad”, por ejemplo, sobre la relación que debe existir entre la justicia social y la libertad en una sociedad como la nuestra.
“¿Por qué criticás tanto a la oposición?”
En repetidas ocasiones me han dicho que en vez de criticar a la oposición yo debería criticar al gobierno. Generalmente, recibo esta queja de parte de personas que no conocen que, a lo largo de varias décadas, he criticado al FSLN por sus abusos, crímenes y, sobre todo, por traicionar los ideales con los que capturó la imaginación de la mayoría de los nicaragüenses, aquel 19 de julio de 1979.
Más aún, en casi todos mis artículos en LA PRENSA critico al FSLN de Ortega. Pero, y aquí está el “pero” que molesta a algunos/as: no me limito a esto y critico a la oposición porque hay mucho que criticar en las actuaciones de ese amorfo conglomerado de organizaciones y personas que a diario nos dan atol con el dedo repitiendo ad infinitum que Ortega y Murillo son malísimas personas, que “la unidad es necesaria” y que “están haciendo esfuerzos para lograrla”.
Critico a la oposición y con eso contribuyo a sus esfuerzos estableciendo, como lo señalé antes, la diferencia entre lo que son y lo que, a mi juicio, deberían ser. Los critico, además, porque me da horror pensar que alcancen el poder —de la mano de sus incompetentes asesores estadounidenses y nica-estadounidenses—, sufriendo aún de la mediocridad y, en algunos casos, deshonestidad, que hasta la fecha han mostrado.
“¿Por qué criticás en vez de ofrecer soluciones?”
A alguien que, como yo, padece de depresión, esta pregunta puede ser un detonante porque revela nuestro atraso cultural, que es el mayor problema que sufrimos como sociedad. Aclaremos repitiendo algo que he dicho en otras ocasiones. No podemos cambiar lo que no somos capaces de explicar, y la crítica contribuye a elucidar la realidad que queremos transformar, como un paso necesario para definir lo que queremos llegar a ser. Pongamos un ejemplo.
Edgar Tijerino es un extraordinario crítico que, con sus agudos análisis, ayuda a mejorar la calidad del deporte nacional, a pesar de que —perdón Edgar—, estoy seguro que él jamás ha bateado un cuadrangular o anotado un gol de tijereta o noqueado a nadie. Lo que hace Edgar es usar su conocimiento para establecer la diferencia entre, por ejemplo, cómo boxean nuestros púgiles y cómo deberían hacerlo, bajo el supuesto de que no podemos cambiar si no somos capaces de señalar y explicar los defectos de que padecemos.
De igual forma, aunque de manera mucho menos elegante que Tijerino, mi crítica trata de establecer las deficiencias de nuestra práctica política y presentar una visión general de lo que esta debería ser. Esa es mi humilde contribución para evitar que el futuro nos sorprenda, como sucedió cuando los tontos de mi generación dijimos: “Después de Somoza, cualquier cosa”, para luego caer en lo que todos ya sabemos. Dicho sea de paso, esa misma memez ha resurgido hoy cuando nos hablan de “hojas de ruta” sin destino definido; o cuando nos dicen que lo importante hoy es sacar a Ortega del poder y que “habrá luego un momento para poder saldar nuestras diferencias”.
“¿Por qué criticás a personas que han sufrido cárcel y exilio?”
Esta es una pregunta muy cristiana porque muestra la exaltación que, por generaciones, hemos aprendido a hacer del sufrimiento y del martirio. ¿Por qué criticar a las víctimas de la dictadura, si ellas han padecido prisión, la expropiación ilegal de sus bienes y hasta la pérdida de su nacionalidad por oponerse a quienes hoy monopolizan el poder?
Yo reconozco las desdichas que han sufrido y siguen sufriendo cientos de nicaragüenses —miles, si tomamos en cuenta a nuestros migrantes— a manos de la dictadura. Y he añadido mi voz a la condena que merecen los responsables de ese dolor. Pero el sufrimiento de esas personas no es una razón para no criticar sus actuaciones políticas. Si así fuera, tendríamos que tomar en cuenta el exilio y los años de prisión que sufrió Daniel Ortega durante el somocismo, a todas luces, un disparate.
Aclaro, pues, que la crítica política y social que yo hago está referida a personas públicas y, particularmente, su discurso político, sus prioridades e intenciones. Son estas cosas y no sus facetas privadas, las que mejor pueden ayudarnos a visualizarlas en el poder y, por lo tanto, a determinar el apoyo o rechazo que merecen.
No conozco personalmente a la mayoría de los/las políticos/as a quienes critico en mis escritos. Y me gusta mantener esa distancia porque en un país tan chiquito e incestuoso como el nuestro, esa separación es necesaria para evitar caer en el hoyo negro de la parcialidad desde donde hablaba el tristemente célebre Arnoldo Alemán, cuando decía: “Mis amigos no tienen defectos”.
El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Western Canadá.