La estatua al aire para Darío

Eduardo de Ory (1884-1939) poeta español afín al modernismo, que conoció personalmente a Darío, en su libro: Rubén Darío al margen de su vida y de su muerte, relata minuciosamente los homenajes brindados a la muerte del poeta acaecida el 6 de febrero de 1916.

Después del deceso de Darío, se estableció en España una moción para la creación de un monumento en su honor. El Parlamentario, diario madrileño, anunciaba que acababa de fallecer el gran poeta español, “Español porque es gloria de España como de todas las naciones hispanoamericanas, y no sólo gloria de Nicaragua”, solicitando del Gobierno una patriótica iniciación y erigirle un busto para colocarlo en los jardines de la Moncloa, perpetuando su nombre “en homenaje y recuerdo de un artista que podía ser considerado como español”.

Sin embargo, esto no ocurrió tan rápidamente como se esperaba. Rubén Darío a su muerte, nos dice Ory, no recibió el más alto galardón literario con que España recompensa a sus hijos. A pesar de que Rubén Darío es el genio español más español, la Real Academia española no lo nombró Correspondiente en Nicaragua, ni le concedió una cruz con que premiar su obra altiva. El Liberal, otro periódico madrileño, se proclamó con un artículo titulado: El busto de Rubén Darío, dirigido a todos los literatos y artistas para buscar apoyo económico y honrar su memoria con uno de mármol. El periódico madrileño, La Semana, publicaba una carta enviada a su director firmada por Antonio de Hoyo y Vincent lamentándose de que la iniciativa del busto a la muerte de Rubén Darío promovida por el semanario España cayera en el olvido: “Si hemos de esperar a que los buenos burgueses den su dinero, el autor de Sonatina se quedará sin recuerdo. No pertenecía a las Academias, ni siquiera había sido alcalde, y no habrá ocasión de lucir uniformes ni de darse importancia. Pero los artistas sí amábamos a nuestro poeta”. Pedía pues, a todos los literatos que escribiesen una historia, un poema una prosa algo para aunarlos todos, formando y editando un libro para que con lo recaudado se iniciara la obra. Sin embargo, a pesar de que hubo muchos homenajes y veladas literarias, y que se congregaron los Ateneos Literario y Científicos, el busto seguía pendiente. 

Francia, la nación amada desde niño por el poeta, se hizo presente con sentidos recuerdos.  Formó una junta para crear un monumento en su nombre. En un telegrama desde París del 3 de abril de 1916 se mencionaba el futuro monumento a favor de Rubén Darío. El expresidente de Nicaragua general José Santos Zelaya inmediatamente dirigió una carta de agradecimiento al presidente de la junta, Paul Adam, por promover el proyecto de glorificación. El poeta guatemalteco, Gómez Carrillo, amigo muy controversial de Darío, escribió un artículo donde establecía que los primeros 1,000 francos en realidad más que de Francia, venían de un presidente, que llevaba la preocupación de un país en formación, quien era a su vez un caudillo, un apóstol, un colonizador pero que amaba el arte y la poesía. Dicha suma venía del presidente de Guatemala a quien Rubén en su última estancia escribiera el poema: Canto del cisne. Un himno a la América tropical, regenerada por Minerva. Escrito en la ciudad de Guatemala en 1915, antes que el poeta saliera a morir a su tierra natal Nicaragua.

Aquí reapareció la austera, / la gran Minerva luminosa, /su diestra alzó de diosa áptera, / y movió el gesto de la diosa / la mano de Estrada Cabrera. (Rubén Darío).

Al sur de América, la revista Caras y Caretas de Buenos Aires, Argentina organizó un concurso de ilustres colaboradores premiando con 1,000 francos en mayo de 1916, al mejor soneto que se escribiese entre muchos participantes, ganando el titulado: Las musas de Darío, escrito por el doctor Joaquín V. González quien lo presentó con el seudónimo de Prometeo:

¡Tu corazón ha muerto, rubí triste de arder fatigado! / En las aguas oscuras de sus negros países, la Muerte, / Matar quiere los cisnes de tus lagos, ¡oh claro Señor!… (González, Joaquín).  

En Managua, Nicaragua el 24 de septiembre de 1933, finalmente fue develizado el monumento de mármol de Carrara bajo la dirección y encargo de Mario Favilli. Fue inaugurado en el mismo parque llamado Rubén Darío después de diecisiete años de exasperadas controversias públicas. Obra que fue varias veces pospuesta debido primeramente a la guerra de 1912-13 acaecida con las tropas interventoras norteamericanas, el terremoto de Managua, del 31 de marzo de 1931, la guerra antiimperialista de Sandino que culminó con el asesinato del mismo en 1934 y de la ardua decisión que existió entre la junta y los participantes sobre la escogencia del artista creador del monumento. 

25 años después de la muerte de Darío aún se continuaba la lucha por parte de los poetas y amigos de Darío para darle el verdadero reconocimiento merecido. Como parte de esta tarea vino a ocurrir el discurso: Al alimón, realizado entre el poeta español Federico García Lorca y el chileno, premio Nobel de Literatura, Pablo Neruda, en Buenos Aires, Argentina.

Neruda en sus memorias: Confieso que he vivido, relata el largo viaje que emprendió por mar que lo devolvió a Chile en 1932 después de una larga ausencia. En el año 1933, lo designan cónsul de Chile en Buenos Aires, Argentina. Ese mismo año llegaría a la ciudad Federico García Lorca a estrenar su obra teatral: Bodas de sangre, bajo la compañía Lola Membrives. Fueron ambos presentados en festejos ofrecidos por escritores y amigos. En un banquete ofrecido en el Pen Club del Hotel Plaza, se reunieron Federico y Neruda entre un gran grupo de escritores argentinos. Lugar donde dieron el sorprendente discurso Al Alimón. Relatando Neruda: “Federico que estaba siempre lleno de invenciones y ocurrencias me explicó. Dos toreros pueden torear al mismo toro y con un único capote. Esta es una de las pruebas más peligrosas del arte taurino”.

Entonces se levantaron en el banquete los dos poetas y después de dar sus saludos y palabras de agradecimiento, estando Federico en un extremo de la gran mesa y Pablo en el otro, se dijeron:

Neruda: Señoras…

Lorca: … y señores. Existe una fiesta de los toros una suerte llamada “toreo del alimón”, en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.

Neruda: Federico y yo, amarrados por alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.

Lorca: (…) Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén…

Neruda: Darío. Porque, señoras…

Lorca:  y señores…

Neruda: Donde está, en Buenos Aires, ¿la plaza de Rubén Darío?

Lorca: ¿Donde está la estatua de Rubén Darío?

Neruda: Él amaba los parques. ¿Donde está el parque Rubén Darío? (…)

Lorca: Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta entre los poetas actuales. Enseñó a Valle-Inclán, y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y formas como un Rubén Darío. (…) Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.

Neruda: Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.

Lorca: Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas (…).

Neruda: Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.

Lorca: Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.

Neruda y Lorca: Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso. 

Finalizando el Al Alimón mientras hicieron un brindis en honor de quien fuera el más grande y excelso maestro. 

Actualmente, muchos países alrededor del mundo han homenajeado y glorificado la memoria de Darío. Escoger estos datos sería hoy en día una tarea casi imposible de trazar por tratarse de un poeta inmortal. Sin embargo, esta meritoria labor aún se continúa hoy y se expande por el mundo, existiendo numerosos monumentos y parques en honor del más grande poeta universal hispanoamericano, Príncipe de las Letras Castellanas, nuestro amado Rubén Darío.

La autora es máster en Literatura Española.

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