Nicaragua: un país de dos planetas

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Lo más triste de Nicaragua es que desde tiempos coloniales hasta el presente han convivido en ella dos países separados por un gran abismo: el de una gran mayoría económica y culturalmente muy pobre, y el de unas élites minoritarias con muchos mayores ingresos y oportunidades. Una frase que me dirigió hace años un humilde celador me iluminó dramática y casi poéticamente el problema: “Ustedes en su planeta, piensan esto, nosotros en nuestro planeta pensamos esto otro”. No lo pudo expresar mejor: para él había dos mundos, tan totalmente distintos y separados, que no cabía describirlos como dos países diferentes sino como algo mucho más radical y fuerte: dos planetas.

Esta realidad no es de hoy sino de siempre. Al inicio de nuestra historia la distancia entre indios y conquistadores podía medirse en años luz. Los primeros eran ancestralmente primitivos al punto que los cronistas de la época los calificaban de salvajes. Los otros eran hijos de Europa. Luego surgió la nueva raza mestiza, nadando incómodamente entre los dos. El esfuerzo evangelizador de los misioneros españoles logró levantar un poco los niveles culturales de ambas etnias e integrarlas a la nueva influencia occidental, pero el proceso quedó incompleto.

Durante el siglo XX, y en particular durante la era somocista (1936-1979) el país experimentó un notable progreso que benefició mayoritariamente a las clases altas, pero que también pringó a los pobres. Mejoró el acceso al agua potable, electricidad, etc., disminuyó la pobreza extrema, se dio cierta movilidad social, creció la clase media, y se extendió exponencialmente la educación. Mas todavía persistían entre sus habitantes gigantescas diferencias en ingresos, educación, oportunidades y valores.

Hoy, después de la Revolución Sandinista de 1979 y los últimos 20 años de orteguismo hay algunas diferencias negativas, como mayor pobreza, y otras positivas, como mayor alfabetización. Pero los abismos socioeconómicos y culturales siguen vigentes. A riesgo de generalizar demasiado se pueden describir algunos rasgos de ese aproximadamente setenta a ochenta por ciento de nuestra población que hoy habita el planeta de abajo.

Una primera realidad es su pobreza aguda. A más del 80 por ciento de la población total no le alcanzan sus ingresos para cubrir la canasta básica. De acuerdo con la FAO el 27.3 por ciento de los nicaragüenses ni siquiera tienen recursos para tener una alimentación saludable. Cerca de la mitad de la fuerza laboral trabaja menos horas de las que necesita o percibe ingresos marcadamente inferiores al salario mínimo legal. Más del 74 por ciento pertenecen al sector informal, careciendo en consecuencia de seguro social, prestaciones de ley y estabilidad laboral.

A estas realidades hay que añadirle otros factores socioculturales que golpean duramente a este sector. Uno de ellos es la inestabilidad familiar. Solo una cuarta parte de sus niños crecen bajo el abrigo de su padre natural. El abandono paterno es tan crónico como generalizado, a como es también el alcoholismo y la promiscuidad sexual. Su nivel cultural es patético. No saben prácticamente nada de historia universal, geografía, matemáticas o cumbres literarias, producto en parte de la gran deserción escolar y de la pésima educación pública. Esto último, combinado con la mala escuela que suelen ser los hogares rotos, los vicios y la desnutrición, son anclas que cierran las oportunidades de mejorar la calidad de vida y desarrollar los talentos a este gran segmento poblacional.

En contraste sigue existiendo un sector minoritario que goza de ingresos muy superiores, tiene la opción de viajar y estudiar en el exterior, usufructúa conexiones familiares o políticas que facilitan el ascenso, suelen tener hogares más estables en buenas zonas residenciales, abarrota los mejores restaurantes y circula en vehículos caros.

Reducir estas brechas y, sobre todo, sacar de su postración e incultura a los habitantes de ese planeta marginado, es el gran reto que tiene el país y el que probará la idoneidad de las nuevas autoridades. Esto no se logrará, evidentemente, bajando a los que están arriba sino subiendo a los que están abajo. Un nuevo gobierno deberá promover la multiplicación de empresarios e inversionistas y buscar, a través de sus políticas sociales, que parte de la riqueza así creada se oriente fundamentalmente a mejorar la educación de los pobres y a promover la estabilidad familiar. No pueden los habitantes del país seguir viviendo en dos planetas.

El autor es sociólogo e historiador. Autor de “En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019”.

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