Las varias caras de las remesas

Como se sabe, las remesas a Nicaragua pasaron de 1,390 millones de dólares en el 2017 (equivalente al 10 por ciento de nuestro Producto Interno Bruto-PIB), a 3,225 millones de dólares el año pasado (21 por ciento del PIB) y posiblemente llegaran este año a cerca de 5,000 millones (30 por ciento del PIB proyectado)

Este crecimiento ha sido el sostén de nuestra economía en los últimos años ya que ha impulsado tasas de crecimiento reales (ajustadas por inflación) del consumo privado de 8.7 por ciento en el 2021; 5.9 por ciento el año pasado; y 5.1 por ciento en el primer semestre de este año (con relación al primer semestre del 2022).  

Para poner estas cifras en perspectiva basta señalar que las remesas equivalieron el año pasado el 25 por ciento del consumo privado y que este a su vez contribuye al 80 por ciento del PIB; más que el 50 por ciento de las exportaciones; el 25 por ciento del Gobierno; y el 13.5 por ciento de la inversión privada.

Pero desafortunadamente la contraparte de este fuerte crecimiento de las remesas es el éxodo de miles de nicaragüenses que han tenido que migrar al extranjero ante la represión sanguinaria del gobierno actual y la falta de oportunidades en el país. Para ellos el costo ha sido muy grande. Abandonar sus hogares y en muchos casos sus familias; cruzar con riesgos de vida ríos y fronteras; transitar y acostumbrarse a un mundo distinto y a veces hostil; y no oler la tierra mojada de nuestra Nicaragüita.

Por otra parte, estos nuevos exiliados están logrando mejores sueldos que en Nicaragua.  Por ejemplo, el pasado 11 de septiembre LA PRENSA reportó que cuatro de los cinco nicaragüenses que el diario entrevistó en Estados Unidos (EE. UU.) (omito la información de uno por no ser comparable en horas trabajadas) ganan en promedio 16.5 dólares diarios, lo que trabajando 8 horas al día y 5 días a la semana resulta en 2,860 dólares al mes, 7 veces mayor que los 395 dólares que ganaron los afiliados al INSS en junio. Sobra decir que si la comparación fuese con los salarios del sector informal la diferencia sería mayor. 

Pero estos datos no son estrictamente comparables ya que el costo de vida en EE.UU. es mucho mayor que el de Nicaragua. Ajustado por el mayor costo de vida en EE. UU. su salario mensual sería de 1,350 dólares; tres ves y medio mayor que el de los afilados al INSS  

También, como una muestra de cuatro entrevistados no se puede considerar representativa simule cómo sería su salario si ganaran por ejemplo 12.5 dólares la hora en vez de 16.5 dólares la hora. En este caso, el salario mensual sería de 1,020 dólares, 2 veces y medio mayor que el de los afiliados del INSS.

Estos datos y, más importante, la generosidad de los nicaragüenses en el exterior ayudan a explicar cómo las remesas procedentes de los EE. UU. han crecido de un promedio mensual de 64 millones de dólares en 2017, a 344 millones de dólares en agosto de este año.

Finalmente, la bonanza de las remesas podría conllevar en Nicaragua a lo que se conoce en la literatura económica como la “enfermedad holandesa”. Esta se da cuando fuertes entradas de divisas, ya sea, por ejemplo, por el descubrimiento de recursos naturales, bonanza de precios de exportaciones, o ayuda externa, luego de su impacto positivo inicial, pueden terminar afectando el crecimiento de la economía a mediano plazo. Ejemplos clásicos de la enfermedad holandesa son el descubrimiento del oro por los españoles en América Latina en el siglo 16, los descubrimientos de vastos yacimientos de petróleo en varios países en los dos siglos pasados, y el descubrimiento de gas natural en Holanda en los 1960 de la que se deriva su nombre.  

Los posibles efectos de la enfermedad incluyen una apreciación de la moneda (por mayor inflación o apreciación nominal) generada por los flujos, lo que afecta las exportaciones tradicionales; el traslado de recursos de capital y humanos a sectores no transables y/o beneficiados por la bonanza; mayor dependencia externa; detrimento de la productividad; holgazanería; y, en ciertos casos, corrupción.

En nuestro caso afortunadamente la bonanza de las remesas desde el 2017 no ha llevado a una apreciación del córdoba respecto al dólar ya que más bien el córdoba se ha depreciado levemente. Sin embargo, la mayor dependencia del consumo privado pudiera llevar a cambios en la estructura de la economía hacia sectores no transables en detrimento del sector exportador. Más importante, la fuga forzada de capital humano tendrá efectos negativos en la productividad de la economía.

Mientras las bonanzas perduran los países siguen creciendo a pesar de estos efectos. Sin embargo, cuando estas terminan o disminuyen, como sucede, los países se ven afectados muchas veces por una menor competitividad y productividad lo que lleva a menor crecimiento.

En nuestro caso el fuerte crecimiento de las remesas de los últimos años no es sostenible, salvo que una intensificación aun mayor de la represión política continúe lanzando en masa al exilio a más nicaragüenses. Pero ojalá que esto no suceda.

En fin, la bonanza de las remesas tiene varias caras. Dos positivas, pero que palidecen ante la dureza y crueldad del exilio; y otras dudas sobre una posible enfermedad holandesa.

El autor es economista, bachiller del Colegio Centro América de Granada.

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