¿Quién soy yo para ti?

Estaba sentado en la sala, bajo una fuerte lluvia, pensando en la pregunta de Jesús a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Y les preguntó: “Y vosotros, quién decís que soy yo?” (Mt 16,13-16).

Y pensé que abundan más las preguntas que las respuestas. Siempre es más fácil preguntar que responder. Y sin embargo son las preguntas las que, con frecuencia, nos despiertan. 

Cuando dejo de preguntarme, el fuego se va apagando. Las preguntas son como leña que echamos al fuego. Claro que siempre es más fácil preguntar por los demás. Siempre me cuesta más preguntarme a mí, cuestionarme.

Jesús pregunta a sus discípulos: ¿Qué piensan de él los demás? Ahí responden todos. Pero les pregunta a ellos: “¿Qué dicen ellos? ¿Qué piensan ellos? ¿Quién es Él para ellos?  Aquí ya responde solo Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16).

Sin embargo, la pregunta queda ahí dentro, como una brasa ardiendo. Cuando nos preguntamos a nosotros mismos algo se inquieta dentro, el fuego se aviva, algo trata de desinstalarnos.

Lo peor que nos puede suceder es mirar hacia fuera y no mirarnos por dentro. Es darlo todo por hecho y no cuestionarnos. Es querer vivir tranquilos sin necesidad de cambio alguno. 

Estoy seguro de que somos creyentes, pero no me atrevo a cuestionar mi fe. Estoy seguro de que Jesús es el centro de nuestras vidas, pero no me atrevo a cuestionarme por dentro.

Para actualizar nuestra fe es preciso preguntarnos constantemente por ella.

Para actualizar nuestra fe en Dios es preciso cuestionarnos constantemente sobre Él.

Para actualizar nuestra fe en Jesús es preciso cuestionarnos constantemente ¿qué sigue significando en nuestras vidas?

Para actualizar nuestra fe en la Iglesia es preciso preguntarnos cada día.

Para actualizar nuestra fe en el Evangelio es preciso preguntarnos a diario.

Con frecuencia me pregunto: ¿Por qué muchos van como apagando la fe en sus vidas? ¿Por qué muchos van como apagando la fe en la Iglesia? La respuesta para mí es siempre la misma: Lo damos todo por hecho y no volvemos a cuestionarnos. Y todo aquel que no se cuestiona es posible que se vaya muriendo.

Porque no basta decir que creemos en Dios. Hay que preguntarse ¿en qué Dios creemos y qué es Dios para nosotros? 

No basta decir que creemos en Jesús. Hay que preguntarse ¿en qué Jesús creemos y qué es Jesús para nosotros? No basta decir que creemos en la Iglesia. 

Hay que preguntarse ¿en qué Iglesia creo y qué es la Iglesia para mí? La fe en Dios, en Jesús, en el Evangelio, en la Iglesia necesita ser revisada constantemente para que no caiga en la monotonía.

“¿Y ustedes quién dicen que soy yo para ustedes?” ¿Y tú quién dices que es Jesús para ti (no para los demás) para ti?

El autor es sacerdote católico

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