A comienzos del siglo pasado, el filósofo mexicano Antonio Caso escribió: “Los problemas [de México] nunca se han resuelto sucesivamente”. Agregó: “A medida que pasa el tiempo, nuestras necesidades se acumulan y quedan sin la adecuada satisfacción; [entonces] la única solución posible es […] la guerra civil. Otros pueblos, más felices que el nuestro, han ido resolviendo exitosamente sus [tensiones y conflictos políticos y sociales] por partes. En vez de seguir un proceso dialéctico uniforme y escalonado, México ha acumulado [sus cismas y desafíos]”.
Leopoldo Zea, otro brillante filósofo mexicano, hizo una reflexión similar cuando comparó el sentido de la historia europea con el de la historia latinoamericana. La historia europea, nos dice Zea, es un movimiento dialéctico; una historia “de absorciones y asimilaciones”. Por otra parte, la historia de América Latina, subrayó, es una historia “hecha de yuxtaposiciones”, es decir, de contradicciones no resueltas.
Nuestro filósofo Alejandro Serrano Caldera también ha reflexionado sobre los peligrosos abismos que separan a las diferentes Nicaraguas que se han ido yuxtaponiendo a lo largo de nuestro desarrollo. “Nuestra historia”, nos dice Serrano Caldera, “ha sido un doloroso proceso de hilvanar ausencias. En esos vacíos de lo que no hemos hecho, de lo que no hemos debido hacer, o de lo que hemos olvidado, se han escapado nuestras mayores posibilidades”.
Un país desmemoriado
Efectivamente, a lo largo de nuestra historia hemos querido tejer nuestra memoria colectiva y nuestra identidad, hilvanando los vacíos producidos por nuestra arraigada inclinación al disimulo y al olvido. Disimulamos y olvidamos para evitar, por “viveza” o por miedo, enfrentarnos a la realidad de lo que somos, de lo que hemos hecho, o hemos dejado de hacer. Por eso en Nicaragua, como en Macondo, “todos los días son lunes”; por eso repetimos nuestros errores; por eso vivimos una crisis sin fin; por eso no ha parado de rugir la voz del cañón, a pesar de que lo neguemos en un himno lleno de disimulos y olvidos.
Nuestros pueblos originarios fueron obligados a “olvidar” su esencia y su cultura. El olvido fue la fórmula que aplicaron los líderes de nuestra independencia para construir repúblicas de papel sobre un pasado colonial que ellos no supieron explicar y mucho menos superar. La fórmula del olvido la volvimos a usar después de terminada la Guerra Nacional que expulsó a Walker: “La historia de los tres años que acabamos de atravesar, debería para siempre sepultarse en el olvido […] Procedamos a hablar de la época presente, que data del 24 de junio del corriente año”, sentenciaron nuestros legisladores en ese momento.
Más recientemente, los nicaragüenses nos hemos declarado amnésicos frente a la compleja década de los 1980. Nadie ha asumido responsabilidad alguna por las decenas de miles de vidas que se perdieron en la guerra de esos años, ni la “Contra” ha pedido perdón por sus atrocidades, ni el FSLN ha reconocido las suyas.
Preferimos “olvidar” o disimular frente a la historia. Y, a veces, hasta disimulamos nuestro disimulo valorando como virtud ese nuestro enfermizo hábito. Arnoldo Alemán, por ejemplo, alababa en 1996, la “inclinación al pronto olvido y perdón de los agravios, […] que caracteriza al nicaragüense como hombre de paz, sin odios, rencores ni venganzas”. Ya desde ese tiempo, Alemán sabía que sus fechorías serían olvidadas en un país en el que los crímenes se disfrazan de pecados que cualquier hombre con sotana puede perdonar. Por eso caminan libre y comulgan tranquilamente los domingos, docenas de malhechores que han saqueado el tesoro nacional durante los últimos 45 años y desde más allá.
Por todas estas cosas, me molestó lo dicho por Dora María Téllez recientemente a LA PRENSA (16/07/23): “Discutir si era bonita o fea la revolución no resuelve el problema actual del país”. Son dos los problemas que yo tengo con esta declaración. El primero es que la evaluación de lo sucedido durante los 1980, sí nos ayudaría a despejar los enormes nubarrones que pesan sobre nuestra memoria histórica. El segundo, es que, si vamos a proponer que no hablemos hoy de la década de los 1980, al menos no sigamos falsificando lo sucedido durante la misma diciendo, como dice Téllez, que la “democracia” de 1990 fue producto del “proceso de institucionalización y alternancia del poder político” que arrancó en 1984; o que el Ortega-murillismo no es “la continuidad de la Revolución Sandinista [sino] la continuidad del somocismo con nombres y otras caras” (un brinco conveniente); o que, en los 1980, había “reglas [institucionalidad]” como si no recordáramos que en ese tiempo se proclamó que la revolución era “fuente de derecho”. No se trata, pues, de poner a la Revolución Sandinista a caminar sobre una pasarela para valorar si fue “fea” o “bonita”. Se trata de hablar con seriedad sobre uno de los episodios más dolorosos de nuestra historia.
El olvido y la memoria
Muchos me criticarán diciendo que “no es la hora para remover el pasado” porque lo que se necesita hoy es armar una gran “zopilotera” para sacar a los OrMu”. Y en un país como el nuestro, tal vez ese es nuestro destino: “hilvanar ausencias”, como dice Serrano Caldera; jugar a la democracia sobre los olvidos que no olvidan porque, como bien dijo San Agustín, adelantándose a todo lo que ahora conocemos sobre el poder del subconsciente, “la memoria también se acuerda del olvido” y salta, cuando menos lo esperamos, para encender la mecha de nuestras frustraciones y dolores.
El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Canadá