Hace dos semanas, yo señalaba que los altos niveles de religiosidad desarrollados por los excarcelados del régimen Ortega-Murillo en el Chipote, pueden explicarse desde la ciencia o desde la fe. Desde la fe, el fervor de los liberados puede verse como la confirmación de que los “caminos de Dios son misteriosos” y que “el Altísimo” a veces hace uso del miedo y la inseguridad para probarnos y hacernos crecer. Desde las ciencias sociales y las ciencias cognitivas, ese mismo fervor puede explicarse como el resultado del miedo y de la inseguridad que ellos sufrieron en la cárcel. ¿Debemos escoger una de estas dos explicaciones?
Ciencia y fe
Dejemos para otro día el debate teórico sobre la relación entre ciencia y fe, y recurramos a la historia de Europa para elucidar el papel que jugaron estas dos perspectivas en la construcción de la democracia y el Estado de derecho que tanto decimos querer para Nicaragua. Lo mejor de la historiografía de Europa nos dice que la democracia y el Estado de derecho son el producto de un proceso dialéctico de interpenetración simbólica, teórica y discursiva entre la racionalidad científica y la fe religiosa.
Más precisamente, la democracia y el Estado de derecho son dos productos de la traducción secularizada —racionalizada— de algunos de los principios cristianos, a partir, por lo menos, del siglo XIII con Tomás de Aquino. Así, por ejemplo, los derechos humanos y la idea de la libertad en el liberalismo y el socialismo democrático, son racionalizaciones del principio de la igualdad que Pablo sintetizó diciendo: “Ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos sois uno solo en Cristo Jesús”.
La secularización y racionalización del cristianismo ocurrió en paralelo al desarrollo del deísmo. De acuerdo con esta visión, Dios es la fuerza responsable de la creación del universo. Este Dios, sin embargo, no interviene en la historia, ni nos libera de la responsabilidad de domarla y encaminarla hacia el “bien común”. Así pues, el Dios del deísmo —el de Adam Smith, Isaac Newton, Montesquieu, George Washington, Thomas Jefferson y José Martí, entre otros— no es el Dios providencial que, en el Chipote, de acuerdo con Miguel Mora y Freddy Navas, se tomó la molestia de anunciarles la fecha que había decidido para su liberación, ignorando por completo a aquellos que se pudren en las cárceles de nuestro país después de haber sido empujados por su pobreza a quebrantar la ley.
La idea de un Dios que no interviene en la historia impulsó a los europeos a asumir el control de su destino mediante el uso de la razón. Los empujó también a reconocer que el debate racional sobre la organización y los usos del poder en la sociedad requiere de un discurso político secular para desarrollar la capacidad deliberativa de la sociedad y, de esa manera, construir los consensos sociales que sostienen al Estado de derecho y a la democracia. Desde esta perspectiva, el debate sobre el poder en la sociedad se entorpece con la inclusión de conceptos y argumentos religiosos que no admiten ser discutidos racionalmente porque se presentan como expresiones de la incontestable “voluntad de Dios”.
Por ejemplo: ¿Cómo puede discutirse racionalmente el tema del aborto terapéutico en Nicaragua si, como lo argumentó Rosario Murillo el 15 de agosto del 2006, todo aborto está prohibido por el mismísimo Dios: “¡No al aborto, sí a la vida! Sí a las creencias religiosas; ¡sí a la fe!” De igual forma, ¿quién puede debatir racionalmente la propuesta de una salida negociada a la actual crisis del país si los que se oponen a esta salida argumentan que “con el maligno —supuestamente encarnado en los Ortega-Murillo— no se dialoga”; mientras que, los que abierta o disimuladamente proponen un borrón y cuenta nueva, argumentan que debemos perdonar y eximir de toda responsabilidad a quienes nos exilian, torturan, roban y matan porque “amar al enemigo” es el mandato de Dios?
¿Quo vadis Nicaragua?
Si la inclusión de conceptos y principios religiosos no traducidos a un lenguaje racional es un freno al desarrollo de nuestra capacidad deliberativa, la hiperreligiosidad que hoy impregna el discurso de los excarcelados del régimen Ortega-Murillo puede convertirse en un obstáculo para la democratización de Nicaragua. Los excarcelados no solo no expresan sus legítimos valores religiosos en un lenguaje secular y universal, sino que, además, traducen el sentido secular del lenguaje jurídico y político existente en nuestro país, a un lenguaje abiertamente religioso y sectario.
Así, por ejemplo, en su Comunicado a Nicaragua y al Mundo (09/03/23) los exreos políticos explican su liberación como un “milagro”; definen su nacionalidad nicaragüense como un atributo “otorgado por Dios”; y reclaman su derecho a vivir libres en su país, no porque así lo establece nuestra Constitución, sino porque lo dice la Biblia: “¡Cristo nos dio la Libertad! (Gálatas 5:1)”. Por su parte, el excarcelado Freddy Navas ha tipificado la represión de los Ortega-Murillo como una “guerra” declarada contra “el propio Jesús”. Además, ha señalado que los OrMu tienen preso al Nazareno en las figuras de los sacerdotes Álvarez, García y Urbina (100% Noticias, 18/03/23).
La lógica de Navas explica por qué los excarcelados, en el punto 10 de su comunicado, asumen que el sacerdote Leonardo Urbina es inocente del cargo de abuso sexual contra una menor. Para ellos, Urbina no es un nicaragüense, con los derechos y obligaciones que establece la ley —los que incluyen el derecho a un juicio justo para determinar su inocencia o culpabilidad— sino Jesús-Dios hecho prisionero. ¿Amén?
Nicaragua pareciera recorrer hoy el siglo XXI caminando hacia el XIX. Ojalá me equivoque. Ojalá que nuestra juventud en el exilio y los/las jóvenes sandinistas honestas nos impulsen hacia adelante. Mientras tanto, sigamos hablando sobre la relación entre nuestra cultura política y el providencialismo que nos ahoga.
El autor es profesor retirado del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Western Canadá.