Aporías de la fe

A mi amigo (y exjefe) Carlos Guillermo Muñiz Bermúdez, destacado bachiller del Colegio Centro América

Existen problemas que no se pueden resolver y que solo se pueden manejar. Esos problemas son aporéticos. Una aporía es una relación que encierra una contradicción que no puede ser sintetizada; es decir, resuelta o disuelta racionalmente. El símbolo de Cristo —Dios y hombre a la vez— contiene una aporía, una “contradicción no dialectizable” (Jacques Derrida). Por esta imposibilidad racional, Kierkegaard nos habla de Cristo como “la paradoja absoluta”.

La relación entre la fe cristiana y la política también es aporética. Por un lado, la fe es la fuerza que empuja al creyente a acercarse al Dios de Jesús, la representación del bien absoluto y del amor sin límites ni exclusiones. Por otro, la política —la lucha por el poder— se guía por el principio de la conveniencia y por visiones contingentes y relativas del bien y del mal.

Las aporías no deben ser paralizantes. Más bien, nos dicen filósofos como Jean Paul Ricoeur, deben ser vistas como oportunidades para ampliar nuestro entendimiento de la sociedad y del misterio de Dios. Ellas, señala Ricoeur, nos obligan a usar capacidades extra-racionales, como el amor cristiano que trasciende la lógica formal de la ley y el pragmatismo utilitaristo que orienta la lucha por el poder.

En este sentido, el cristiano debe abrazar la tensión que genera la relación entre la política y la fe, haciéndola productiva; es decir, trascendiéndola para denunciar el mal en todos los sectores de la sociedad —no solamente en los que no nos gustan— y, al mismo tiempo, fortaleciendo la convivencia humana más allá de los límites de lo que aceptamos como “la realidad”. Así lo hizo Jesús, cuando moralizó la política y la sociedad de su tiempo dignificando y elevando a la persona humana, especialmente a los excluidos y oprimidos; prostitutas, leprosos, cobradores de impuestos y otros grupos sociales marginados.

El Nazareno superó los límites de la racionalidad político-religiosa dominante y planteó que todos, todas, somos iguales ante Dios. Recordemos a Pablo: “No hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Esta idea —inédita y hasta descabellada en su momento— movió los cimientos del imperio romano. Más tarde, germinó en el humanismo del Renacimiento, en los derechos humanos, en la democracia y las luchas para elevar la condición humana de las mujeres, los oprimidos por su orientación sexual, los migrantes y otros grupos sociales.

La política y el clero

Las mentes más privilegiadas de la Iglesia católica han intentado proteger la fuerza transformativa del mensaje de Jesús, en tanto que las más chatas y mediocres han empujado a esta Iglesia a pragmatizarse y politizarse. El Dicasterio para el Clero, por ejemplo, recuerda a los clérigos que dentro de la Iglesia coexisten católicos de diferentes ideologías y posiciones políticas. La Iglesia debe acogerlos a todos y orientarlos hacia el bien con un mensaje de misericordia y amor que trascienda las divisiones ideológicas y partidarias que los separan. En este sentido, dice el Dicasterio, “las actividades políticas (…) son ajenas al estado clerical, ya que pueden constituir un grave peligro de ruptura de la comunión eclesial”.

En Nicaragua, la Conferencia Episcopal también ha señalado que el clero debe abstenerse de participar en “la política en sentido restringido”, es decir, en las actividades políticas relacionadas con la “organización de partidos” y en la “lucha por conquistar el poder para gobernar una sociedad”. Dice la Conferencia: “La Iglesia es muy clara: ni los sacerdotes ni los Obispos están llamados a hacer política (en sentido restringido). Esto toca a los laicos católicos de manera directa” (15/08/01).

        Monseñor Oscar Romero, una de las mentes más lúcidas dentro de la Iglesia católica de nuestro tiempo, se apoyó en Pablo VI para reafirmar que “el designio global de liberación que la Iglesia proclama (…) no puede sacrificarse a las exigencias de una estrategia cualquiera, de una praxis o de un éxito a corto plazo”. Agrega Romero: “Si la Iglesia, por apoyar a cualquier grupo en sus esfuerzos de liberación temporal, perdiera esta perspectiva global (…) ‘perdería su significación más profunda, su mensaje de liberación no tendría ninguna originalidad y se prestaría a ser acaparado y manipulado’” (Romero, 06/08/78).

Efectivamente, el mensaje de Jesús pierde su sentido ecuménico y su fuerza transformativa cuando el Evangelio se convierte en una arenga partidaria para la edificación de un cristianismo politizado y sectario. Este es el caso del cristianismo de teólogos como Frei Betto quien en su famoso libro Fidel y la religión declaró que el socialismo cubano era “una etapa imprescindible en el camino hacia el reino de Dios”. También es el caso del cristianismo que predica la vicepresidenta Murillo, tan adulterado y manipulado como el cristianismo anti-sandinista que se predica todos los domingos en la iglesia Santa Ágata en Miami. En esas misas-mítines anti-sandinistas, la justicia se predica como castigo; y la expresión “nuestro pueblo” no incluye a los que visten la camiseta rojinegra (Ver: Silvio Báez, homilía, YouTube, 9/10/22; 16/10/22). 

Donde haya odio siembre yo amor…

El mensaje de Jesús puede ayudar a sandinistas y no sandinistas a encontrarnos como un todo en el espejo de Dios y la historia. La misión de la Iglesia católica no es agitar el fuego sectario que nos consume, sino facilitar este encuentro. Los sacerdotes que por vanidad, ambición o pobreza de juicio no cumplen con esta obligación, irrespetan al Dios que dicen servir y se convierten en un “escándalo” que, como señala el papa Francisco, “no solo hiere” sino que “es capaz de matar: matar esperanzas, matar ilusiones, matar familias, matar muchos corazones” (Francisco, 13/11/17).

El autor es bachiller del Instituto Nacional Central Ramírez Goyena. Profesor retirado de Ciencias Políticas en la Universidad Western, Canadá.

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