Producir para distribuir

Qué hermoso es ventilar discrepancias a través del diálogo. Esto no ocurre bajo las dictaduras. Ellas no toleran la más mínima divergencia de opinión. Igual pasa cuando quienes discrepan no buscan llegar a la verdad sino descalificar o humillar al otro. En el fondo tienen mentalidad de dictadores. Es refrescante, por tanto, discutir con alguien quien, como Adolfo Miranda, argumenta con altura.

El lunes pasado, bajo el título de La Iglesia y la distribución de la riqueza, objetó a opiniones que yo vertí el lunes anterior bajo el título de El mito de la distribución de la riqueza. El tema es importante porque es central tanto en la doctrina social de la Iglesia como en las agendas de los políticos. Paso pues a contestarle a Adolfo.

Él escribe: “Humberto Belli no cree que sea injusto que el uno por ciento de la población sea dueña del 50 por ciento de las riquezas del mundo”. Lo que yo argumenté es lo inapropiado que es, en este contexto, usar el concepto de dueño. Pues suena como alguien que se ha apropiado de riquezas dadas por el planeta y que pertenecen a todos. Esta percepción no hace justicia a la realidad en cuanto ignora que ese uno por ciento más que dueño de esas riquezas es el creador de ellas. Y esto es admirable. Porque estas riquezas no provienen tanto de la mera creación de Dios, como del esfuerzo humano.

“El hombre”, afirmó Juan Pablo II, en Centesimus Annus, es el “cocreador en el campo económico”. Ignorado es también cómo países que no aportan mucho a la creación de bienes, disfrutan de las medicinas, inventos y recursos, o sea, del sudor, de habitantes de las naciones más productivas, y por tanto más ricas, de la tierra.

Veamos el caso de Bill Gates. Sus más de 100 billones de dólares no los hizo a expensas de nadie sino a través de inventos como Microsoft. El mundo no es 100 billones más pobre después de él. Al contrario, su creatividad ha producido billones que antes no existían y proporcionado a todos, ricos y pobres, tecnologías que les han aumentado su productividad.

Evidentemente, entre Gates y la mayoría de los mortales hay un abismo gigantesco de ingresos. ¿Es injusto? De ninguna manera. Sus billones le pertenecen legítimamente. Nadie se los puede arrebatar alegando que es una fortuna injusta o mal habida. Claro está que desde el punto de vista de la caridad existe la obligación moral de ayudar a quienes se quedan atrás. Es dureza del corazón gastar en yates millonarios cuando hay gente muriendo de hambre. Debe haber más solidaridad humana. Auxiliar a los más menesterosos. Pero esto no es algo que justifique el indignado rasgar de vestiduras que contamina a veces el discurso de quienes demandan justicia social.

Lo que quiero es ilustrar lo caricaturesco que es pintar un mundo capitalista enriquecido a través de la explotación de los pobres. Si bien hay instancias donde esto ocurre, no se puede generalizar como si fuese la norma. Por eso me preocupa la frase de Adolfo diciendo que “la Iglesia no aprueba la explotación histórica de los países pobres por los países ricos y por empresas multinacionales que están haciéndolo”.

Es un eco de la Teoría de la Dependencia que culpaba a los países ricos de causar la miseria de los pobres a través del intercambio comercial y las multinacionales. Su refutación más elocuente la dan los comunistas cubanos cuando afirman que el bloqueo, que cortó ambos factores, le ha costado billones a la isla. Si la teoría fuese cierta debería haber sido al revés. No. La razón mayor de la pobreza en el mundo no son los países ricos sino Estados que inhiben la creación de riqueza; los adversos a la libertad económica, corruptos, socialistas o populistas. Y quienes más la han disminuido son los basados en la libertad económica y la competitividad.

China ha sacado a centenares de millones de la pobreza no a través de políticas redistributivas sino abriéndose al capitalismo. Esto no quiere decir que no deba procurarse que la prosperidad llegue a los más pobres, sino que esto no puede ocurrir si no buscamos antes cómo propiciarla. Seguiremos conversando.

El autor es sociólogo e historiador.

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