(FIRMAS PRESS) Maixabel era una de las películas más esperadas en España por abordar una de las cuestiones más delicadas que afectó a la sociedad española durante más de 50 años. No ha sido hasta su proyección en el Festival de Cine de Miami cuando he podido ver el filme dirigido por Icíar Bollaín y ha excedido todas las expectativas.
Maixabel Lasa es la viuda del político socialista Juan María Jáuregui, asesinado en el País Vasco en julio de 2000 por un comando de la banda terrorista ETA. Ya para entonces Jáuregui, que abogaba por el diálogo en la larga lucha de la autodeterminación separatista, pasaba buena parte del año fuera de España debido a las amenazas que pesaban sobre él. Fue en una de sus visitas para ver a su mujer y su única hija cuando le dispararon por la nuca en un café.
Poco después del asesinato la viuda de Jáuregui, desde joven comprometida como él con la militancia antifranquista, se puso al frente de la Oficina de Atención a las Víctimas del Terrorismo del gobierno vasco, cargo que ocupó desde 2001 a 2012. Siguiendo el principio de tender puentes que su marido defendía, decidió asistir por igual a las víctimas de todas las acciones violentas, fueran causadas por ETA, por abusos policiales o por grupos de parapolicías como el GAL, que bajo los dos primeros gobiernos de Felipe González emplearon la “guerra sucia” para eliminar etarras.
Sin duda, la iniciativa de Maixabel fue polémica tanto en sectores de la derecha como en el ala de la extrema izquierda, pues el espíritu de diálogo no era bien recibido por quienes obedecían a tambores de guerra. Por ello, cuando en 2011 una serie de etarras encarcelados, pero arrepentidos de sus actos solicitó reunirse con sus víctimas o familiares de las víctimas, Maixabel se sumó a los 14 encuentros restaurativos que comenzaron ese año en medio de una gran discreción, antes de que el Partido Popular los interrumpiera al ganar las elecciones en 2012.
La directora de Maixabel se centra en los encuentros que la viuda de Jáuregui mantuvo con dos de los tres integrantes del comando que llevó a cabo la ejecución de su marido. Con suma sobriedad al ahondar en un asunto desgarrador y fiel en líneas generales a cómo sucedieron los acontecimientos, nos adentramos tanto en las mentes de los asesinos arrepentidos como en la de Maixabel, quien decide sentarse cara a cara y entablar las conversaciones más difíciles de su vida después del suceso que la cambió para siempre: perder a su amor y compañero desde los 16 años.
De ese modo el espectador es otro invitado en esas reuniones que se realizaban en presencia de una mediadora. Antes se preparaba a victimarios y víctimas para ese instante en el que el verdugo mira de frente a quien tanto daño le hizo para, primero, pedir perdón y segundo, al menos ante la pregunta que les formula Maixabel, explicar la retorcida lógica desde la que operaban. En ningún momento se esperaba que la víctima perdonara a su victimario, pues el énfasis recaía en la interiorización que el asesino había hecho de la atrocidad y las consecuencias de sus actos.
Maixabel se reunió primero con Luis Carrasco y después con Ibon Etxezarrabeta. Ambos coincidieron en describir a la organización terrorista como un ente altamente jerárquico en el que los comandos ejecutaban los atentados sin cuestionar las órdenes. Tanto Carrasco como Etxezarrabeta reconocieron que la cárcel fue una liberación, alejados de una dirigencia que los había captado cuando eran jóvenes con ideas revolucionarias que justificaban la violencia para alcanzar sus fines. Fue en el encierro donde los dos exetarras llegaron a una conclusión demoledora: “Hasta que en un momento te das cuenta de que eres un monstruo”.
Maixabel no los perdona de manera explícita, pero descubre en los dos hombres un arrepentimiento genuino y el rechazo frontal a la violencia que un día enaltecieron. En una de las escenas más duras del filme, le dice a Etxezarrabeta: “Prefiero ser la viuda de Juan Mari que tu madre”. Para ella aquellos encuentros tuvieron un efecto liberador que le permitieron seguir adelante a pesar de la herida que nunca cierra.
El relato cinematográfico no ofrece respuestas categóricas sobre la disyuntiva del diálogo o incluso el perdón, pero la propia directora sí tiene en cuenta la posibilidad de “segundas oportunidades”. La hija de Maixabel, al igual que otras personas de su entorno que también fueron víctimas de ETA, no puede ni desea pasar por el proceso al que accedió su madre, pero lo comprende y celebra con ella cuando la organización anuncia el “cese definitivo de actividades armadas” el 20 de octubre de 2011 con un saldo de más de 820 asesinatos. Ellas, como la mayoría de los españoles, lo vivieron como un triunfo de la perseverancia de la concordia frente a la sinrazón de la violencia.
Para Icíar Bollaín fue todo un reto hacer la película pero está convencida de que tuvo a su favor el paso del tiempo: “La distancia da perspectiva”. Solo así se puede aspirar a reparar los puentes rotos. [©FIRMAS PRESS]
La autora es periodista y escritora.
*Twitter: ginamontaner