Todos los precandidatos presidenciales de la oposición han declarado su solidaridad con Cristiana Chamorro Barrios y Arturo Cruz Sequeira, los también aspirantes a la Presidencia de Nicaragua encarcelados injustamente por el régimen de Daniel Ortega.
Los precandidatos que (todavía) no están presos aunque algunos de ellos son acosados intensamente por la Policía, condenan la represión contra Cristiana y Arturo, exigen su libertad igual que la de todos los reos políticos y reclaman respeto a sus derechos constitucionales. Y aseguran que aunque la dictadura no quiera que candidatos opositores participen en las elecciones, ellos “seguirán luchando porque haya elecciones democráticas y no van a abandonar sus candidaturas presidenciales”.
Los precandidatos opositores son héroes de la participación electoral en condiciones de una dictadura intolerante y excluyente, como pondera un filósofo político chileno a quienes se atreven a hacerlo aprovechando mínimas oportunidades y a pesar de todos los riesgos. Es justo llamarlos así, pues no es lo mismo participar en elecciones de países democráticos como Perú y Costa Rica, que hacerlo en dictaduras crueles como las de Bielorrusia, Venezuela y Nicaragua. En estos la participación electoral opositora es una épica, algo “grandioso o fuera de lo común” según definición del Diccionario de la RAE en línea.
Pero quienes desafían electoralmente a las dictaduras no solo sufren la represión del poder estatal. También son atacados por detractores que están en las filas de la oposición y los denigran acusándolos de vendidos al régimen, zancudos, impostores, cómplices de la dictadura, etc.
Esto es lamentable. El voto es el derecho más sagrado de los ciudadanos y su mejor defensa es ejercerlo, llamar a la gente a votar. Como dicen los dirigentes de la heroica oposición de Bielorrusia, sin voto no hay reclamo que valga. Ellos saben que el sistema electoral de su país es fraudulento y son conscientes de que el dictador Lukashenko no dejará el poder por las buenas, pero no llaman a la abstención y se quedan tranquilos en sus casas, evitando los riesgos de enfrentar de hecho y a pecho descubierto a la dictadura. Por el contrario, en vez de adoptar esa cómoda actitud abstencionista y evasiva, participan en las elecciones cuando tienen alguna posibilidad de hacerlo, aunque sea mínima, y hacen del proceso electoral un escenario de resistencia pacífica demostrándole al mundo con hechos, no con palabras, que no se doblegan ante la dictadura.
Por otra parte, la experiencia internacional demuestra que en algunas ocasiones la participación masiva en unas elecciones fraudulentas, y la denuncia vigorosa del fraude, pueden generar una situación de protesta masiva y rebeldía cívica nacional que termina poniendo fin a una dictadura. Así ocurrió en la Alemania comunista cuando los ciudadanos protestaron contra un fraude electoral en las elecciones locales y a partir de allí se desencadenó el gran movimiento cívico que terminó derrocando a la dictadura.
En la actualidad ya no cabe la lucha armada y violenta, como la que usó el FSLN de Daniel Ortega para tomar el poder en 1979. Ahora lo apropiado es la resistencia pacífica y la participación electoral. Y son al menos respetables los candidatos que por su convicción democrática soportan la represión del régimen enemigo, pero también el ataque de opositores radicales, al luchar por la apertura de una salida pacífica y cívica de la dictadura, y por lo tanto electoral.