Homenaje al libro y a la lectura

Este 23 de abril se celebró mundialmente el Día del Libro. A pesar de la pandemia, o quizás por ella, la celebración del Día del Libro ha tenido esta vez una especial inspiración.

El Día del Libro se comenzó a celebrar en España, en 1926, en honor de don Miguel de Cervantes. Fue internacionalizado por la Unesco en 1988 y en 1995 ella misma estableció que debía celebrarse el 23 de abril, para honrar también la memoria de William Shakespeare y Garcilaso de la Vega.

En Nicaragua podría parecer una despropósito, o una excentricidad, rendir homenaje al libro y a la lectura, porque se trata de un país que no solo es del tercer mundo por su pobre nivel de desarrollo económico y social, sino que parece “de otro mundo” por la clase de régimen anacrónico y los gobernantes primitivos que tiene encima.

Pero, al contrario, personalidades autorizadas intelectualmente aseguran que en las circunstancias más penosas y agobiantes, es más necesario y útil enfrascarse en la lectura de un libro que traslada mentalmente al lector a mejores situaciones. Probado está que el libro y su lectura permiten entender mejor la realidad, dotarse de más imaginación, capacidad y voluntad para contribuir a cambiar la vida, o mejorarla.

Mario Vargas Llosa reconoció en un artículo publicado a principios de abril del año pasado en el diario El País, de España, titulado “Beneficios de la lectura en tiempos de la cuarentena forzosa”, que nada le ha dado tanto placer y felicidad como los buenos libros, y que tampoco nada le ha ayudado tanto como ellos a sortear los momentos difíciles. El gran escritor peruano galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2010 dice que, inclusive, de no haber sido por la literatura se habría suicidado en un período atroz de su vida.

Otro escritor célebre mundialmente, el filósofo jurídico y político francés barón de Montesquieu, expresó según Marius Carol —exdirector del diario español La Vanguardia— que la lectura era para él “el remedio soberano contra los disgustos de la vida”; y que no había “tenido nunca una pena que una buena lectura no haya disipado”.

El mismo Carol escribe que Jorge Luis Borges “siempre se imaginó el paraíso como una biblioteca llena de libros”. Y agrega que “ya Ptolomeo, en el siglo III antes de Cristo tuvo la misma intuición y levantó una Biblioteca en Alejandría que llegó a albergar casi un millón de manuscritos a modo de colección inmortal para la posteridad”.

Nicaragua, a pesar de que se dice que ahora hay poco hábito de lectura, ha tenido autores de gran prestigio nacional e internacional. A la cabeza se debe situar a Rubén Darío, así como a Salomón de la Selva y Pablo Antonio Cuadra (PAC), para solo mencionar unos cuantos. Y en la actualidad, Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Jorge Eduardo Arellano y Francisco “Chichí” Fernández, entre otros, le dan brillo literario a una nación que dictadores ordinarios y políticos corruptos se empeñan en deslucir.

 

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí