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En Tesalia, una de las regiones más emblemáticas de Grecia, había en la antigüedad un santuario consagrado a Tea, “la muy brillante”, a quien se le rendía culto como diosa de la iluminación física y mental.
Los creyentes llegaban al santuario para recibir de Tea la luz de sus respuestas y consejos. La diosa les quitaba la venda de la mente que les impedía entender la realidad.
Tea era una de las seis Titánides, hermanas de los seis Titanes, como se llamaban las divinidades primordiales, las que aparecieron antes de los dioses del Olimpo.
Según dice Hesíodo en la Teogonía, Después del Caos, Gea (la Tierra) se acostó con Urano (el Cielo) y dio a luz a 6 Titanes y 6 Titánides: Océano, Ceo, Crío, Hiperión, Jápeto, Tea, Rea, Temis, Mnemósine, Febe, Tetis y Cronos, en ese orden.
Tea, “la más brillante”, se unió con su hermano Hiperión, que fue el primer dios solar. Ellos tuvieron tres hijos: Helios (el Sol propiamente dicho), Selene (la Luna) y Eos (la Aurora).
Algunos helenistas dicen que los antiguos griegos creían que la vista era un rayo que emitían los ojos. Y Tea con su vista iluminaba el cielo y la tierra, por medio de sus hijos, cada uno en su momento correspondiente: Helios, el Sol, durante el día; en la noche Selene (la Luna) alumbraba con una luz suave, para no perturbar el descanso; y al terminar la noche, llegaba Eos (la Aurora) a descorrer el velo de la oscuridad para que apareciera Helios y con su luz brillante diera comienzo al día. Todo estaba minuciosamente planeado y ordenado por los dioses.
Pero llegó el momento de la lucha por el poder, cuando los dioses de la segunda generación que se instalaron en el Olimpo, se rebelaron contra los Titanes y decidieron adueñarse del universo. Titanomaquia fue llamada la guerra entre los Titanes y los dioses olímpicos, en la cual Tea no respaldó a sus hermanos. Por eso, cuando los Titanes fueron vencidos y Zeus los castigó encerrándolos en la profundidad de la tierra, Tea no fue molestada y se fue a vivir a la mansión de su hijo, Helios, en los luminosos dominios del Sol donde se quedó para siempre.
Otra versión griega de la Creación la narra el mitólogo inglés Robert Graves (nació en 1895 y falleció en 1985), quien comienza su obra en dos tomos, Los Mitos Griegos, con un capítulo titulado El mito pelasgo de la creación, en el cual dice que en el principio de todo, Eurínome, “la Diosa de todas las Cosas surgió desnuda del Caos”.
Eurínome se sintió sola y creó a la serpiente Ofión, con la que se unió sexualmente. Luego se convirtió en una paloma que puso el Huevo Universal “del que salieron todas las cosas que existen: el sol, la luna, los planetas, las estrellas, la tierra con sus montañas y ríos, sus árboles, hierbas y criaturas vivientes”.
Ofión pretendió ser el creador del universo y Eurínome lo castigó desterrándolo “a las oscuras cavernas situadas bajo la tierra”. Después, dice Graves, “la diosa creó las siete potencias planetarias y puso a una Titánide y un Titán en cada una: Thia (Tea) e Hiperión, para el Sol; Febe y Atlante para la Luna; Dione y Crío para el planeta Marte; Metis y Ceo para el planeta Mercurio; Temis y Eurimedonte para el planeta Júpiter; Tetis y Océano para el planeta Venus; Rea y Cronos para el planeta Saturno”. Según Graves, los Titanes (Señores) y Titánides (Señoras) eran deidades primitivas babilónicas y palestinas que regían los días de la semana planetaria sagrada. Y señala que esas divinidades pueden haber sido introducidas a las creencias de los griegos por los cananeos o los hititas, que se establecieron en el istmo de Corinto.
Ahora bien, porque la titánide Tea era la madre de la Luna, se le dio su nombre a un protoplaneta o cuerpo celeste en formación planetaria, que tenía el tamaño de Marte y habría chocado con la Tierra hace muchos millones de años. Como consecuencia de aquel impacto planetario se formó la Luna, satélite de la Tierra. “Aunque esta es la teoría dominante para explicar el origen de la Luna (se dice en Wikipedia), existen varias interrogantes que no han sido resueltas”.
De cualquier modo, Tea sigue iluminando el universo por medio sus hijos: el Sol, la Luna y la Aurora. Y mediante sí misma alumbrando el entendimiento de la gente, aunque siempre hay quienes se empecinan en permanecer en la oscuridad.