El mito de la Sibila de Cumas

Y además

Mi amigo Francisco Aguirre Sacasa me hizo algunos comentarios sobre la columna de los oráculos griegos, que publiqué el viernes 12 de febrero. Sobre todo me hizo la observación de que omití en el artículo a la Sibila de Cumas.

La Sibila de Cumas, dice Francisco, como es el nombre en latín de esa antigua ciudad de la Campania italiana que está localizada cerca de Nápoles y de Capua. Surgió como una colonia fundada por los griegos de Eubea en el siglo VIII antes de Cristo y con el tiempo se convirtió en una próspera ciudad romana.

En realidad, en el artículo del 12 de febrero quise referirme solo a los oráculos griegos, en particular al de Apolo en Delfos, que era el más importante y está vinculado a muchos mitos notables de la antigua Grecia.

En la mitología romana las sibilas eran mujeres que tenían el don de la profecía, daban a conocer sus mensajes en versos y eran sacerdotisas de Apolo, dios griego que formaba parte también de la mitología romana. Marco Terencio Varrón, historiador y escritor latino que vivió entre los siglos II y I antes de Cristo, escribió que había 10 sibilas: En Samos, Eritrea, Helesponto, Frigia, Cimeria, Delfos, Libia, Tibur, Babilonia y, por supuesto, la Sibila de Cumas, que era la principal.

La sibila cumana es la más importante porque está asociada con la Eneida, el grandioso poema épico de Virgilio en el cual relata el azaroso viaje del príncipe troyano Eneas a la Magna Grecia —como llamaban los griegos a la península italiana—, después de que la ciudad Troya fue derrotada y destruida.

Sobre la sibila cumana ya escribí un artículo titulado precisamente “La leyenda de la Sibila de Cumas”, el cual fue publicado en LA PRENSA el 21 de octubre de 2011. Por cierto que en aquel escrito cité al académico mexicano de la Lengua, Carlos Montemayor, fallecido en 2010 a la edad de 63 años, quien escribió un breve pero excelente artículo sobre la Sibila de Cumas, publicado por el periódico de México La Jornada con el título “El anciano en la literatura clásica”.

Según el erudito Montemayor, la Sibila de Cumas era originalmente una bella muchacha de la que se enamoró Apolo, y quiso poseerla, pero ella se le plantó y le dijo que solo lo complacería si le concedía un gran deseo.

Le preguntó Apolo a la linda jovencita cuál era ese deseo. Ella le pidió al dios que le concediera el don de ver el futuro y tener una larga vida, y como estaban a la orilla del mar la joven tomó un puñado de arena y le dijo a Apolo que quería vivir tantos años como piedrecillas tuviera en la mano.

Mil granos de arena había en el puñado y esa misma cantidad de años de vida le concedió Apolo a la bella muchacha, a la que poseyó y designó como su sacerdotisa y oráculo.

Pero a la ambiciosa joven que desde entonces fue conocida como la Sibila de Cumas, se le olvidó pedir a Apolo que le diera también juventud permanente. De manera que mientras pasaban los años ella envejecía igual que todas las personas.

Setecientos años de vida tenía ya la Sibila de Cumas cuando Eneas, por consejo de su padre Anquises que se le apareció en sueños, llegó a la ciudad y el santuario para pedirle que le enseñara el camino hacia el infierno y que lo acompañara. Para entonces la Sibila ya estaba muy vieja, arrugada y encogida. Entonces, según cuenta Carlos Montemayor, “melancólica, dulcemente, confesó (a Eneas) que aún le faltaba vivir tres siglos más, que se tornaría cada vez más pequeña, tanto que nadie la reconocería, ni siquiera el dios que llegó a amarla, y que solo por la voz sería escuchada, la voz que le dejarían los hados”.

Escribió el mexicano Montemayor que “el final de su historia —de la Sibila de Cumas— lo leemos en el Satiricón de Petronio, cuando Trimalción afirma haberla visto ya muy empequeñecida por la vejez: se hallaba dentro de una botellita que colgaba; los niños se acercaban a jugar con ella y le preguntaban: ‘¿Qué quieres?’, y ella respondía: ‘Quiero morir’”.

Otras versiones acerca del final de la Sibila de Cumas dicen que cuando ya estaba demasiado envejecida y empequeñecida, la encerraron en una jaula para pájaros y la colgaron en un lugar del templo de Apolo. Allí estuvo hasta que se extinguió.

Opinión La Eneida archivo
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