«No sé a dónde vamos a pasar Navidad», dijo estremecida Keise Edward, una adolescente de 14 años, originaria de la comunidad La Agrícola, en el municipio de Prinzapolka, en la Costa Caribe Norte de Nicaragua. Hasta su comunidad llegó un equipo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), allá donde más del 90 por ciento de las viviendas, letrinas, pozos de agua y cultivos quedaron destruidos o severamente dañados tras el paso de los huracanes Eta y Iota.
Las fuertes lluvias del ciclón Iota, hace un mes, provocaron que el río Prinzapolka alcanzara una crecida récord que desbordó su cauce, sus fuertes corrientes inundaron la comunidad y dañaron todo lo que encontraron a su paso: cultivos, casas, ecosistemas. Contaminó las fuentes de agua.
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«Desde niña aprendí a ir a la escuela dominical —iglesia— y ahora no sé dónde ir. Le decía a mi mamá que tenemos que pedir ayuda por todo el mundo, venía a la iglesia a aprender bastante cosas, a practicar, a cantar (…) bastante cosas pediría porque la iglesia quedó muy devastada y no sé a dónde vamos a pasar Navidad, muy triste, no sé que hacer», contó con la voz entrecortada Edward a Unicef.

Jorge Hernández, especialista en educación de Unicef, visitó la comunidad La Agrícola y contó a LA PRENSA que los daños en esas zonas del Caribe Norte son indescriptibles. «Hemos visto como las comunidades fueron arrasadas, ahora quedó en total deterioro, es difícil imaginar que la gente pueda algún día retomar su vida normal. Es muy duro verlos cómo intentan reconstruir sus champitas para poderse cubrir de las lluvias», compartió Hernández.
El especialista de Unicef se refirió a las cercanas celebraciones de Navidad y Año Nuevo, donde los nicaragüenses por costumbre y tradición se reúnen en familia para compartir en sus casas, pero que ahí, en la situación actual de las personas damnificadas, será un diciembre desolador. No tienen casas, ni ropa, ni comida y ni siquiera una iglesia en pie donde concentrarse para esperar la Nochebuena.
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«Estamos en una época donde el mundo entero celebra un hecho histórico y religioso como es la Navidad, que mueve la fe, pero este año la gente está con el dolor de haber perdido sus casas, sus enseres, modos de vida y ahora deben enfrentarse a una situación adversa. Esa gente obviamente no va a tener su Navidad, no van a tener donde reunirse con sus familias», agregó Hernández.
Edward, la adolescente de 14 años, describió a Unicef que el huracán destruyó el 99 por ciento de las casas. «Después de la inundación se llenó toda la comunidad, todas las cosas, y al bajar dejó bastante lodo que los niños no pueden vivir, divertirse, pues ni nosotros, tampoco podemos sembrar (…) el lodo dejó bastante cosas y por eso los animales casi todos murieron: caballos, vacas, chanchos, gallinas», relató.
«No pierden la esperanza»
A criterio del especialista de Unicef, las personas están determinadas a regresar a sus lugares de origen —comunidades—, a pesar de que los huracanes las dejaron devastadas. En medio de tanta incertidumbre, los pobladores no pierden la esperanza de reconstruir sus modos de vida.
«Ellos no pierden la esperanza, la gente no pierde su sonrisa, ven para adelante, quieren reconstruir sus modos de vida y su comunidad. Muchas personas estuvieron en refugios en Bilwi, pero debemos reconocer que ellas están determinadas a regresar a sus espacios donde han vivido toda su vida. Es duro verlas cómo intentan la reconstrucción de sus champitas para poderse cubrir de las lluvias, porque allá no para de llover, están bebiendo agua de lluvia porque no tienen otro método, los pozos quedaron contaminados, las letrinas se rebasaron», explicó.

Apoyo de Unicef
Ante las múltiples necesidades y limitaciones que atraviesan las personas de las comunidades afectadas, Unicef se encuentran en el terreno trabajando para que los pobladores no pierdan la esperanza que les queda. A pesar de no contar con una campaña enfocada en las fiestas conmemorativas de diciembre, toda ayuda es un regalo para ellos.
«Como Unicef estamos trabajando para solicitar un apoyo importante para ver como se ayuda de forma más efectiva, estamos coordinando acciones para llevar agua, comida, reconstrucción de viviendas y, en especial, atención psicosocial a las familias, porque ellas necesitan lidiar con el estrés, la ansiedad, el sentido de desesperación ante lo perdido. Nosotros estuvimos apoyándolos desde que estaban en los albergues», indicó Hernández.
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Añadió que se enfocarán en trabajar en el tema de la educación, especialmente para la niñez y adolescencia, población fundamental para Unicef. «Nosotros lo vemos como una forma de motivación, para recordarles a los niños y niñas que hay un futuro y que hay que prepararse para ser mejor. Se les proveerá de espacios donde puedan socializar, como grupo escolar apoyarse mutuamente, ese les permitirá tener un sentido de normalidad», mencionó.
En las vísperas de las celebraciones de diciembre, los especialistas buscan la manera para que las personas puedan revalorizar su situación y así puedan encontrar un sentido a la vida. «Hablaremos de sus tradiciones, costumbres, rescatar ese sentimiento alrededor de la Navidad, motivarlos a que será un año nuevo lleno de esperanzas y que se renacerá en un futuro mejor», declaró Hernández.

Unicef estima que más de 68 comunidades en la parte baja del río Prinzapolka quedaron devastadas por el huracán Iota, que dejó a más de 30 mil indígenas miskitos afectados severamente, entre ellos cerca de 2o mil niñas y niños.