Aunque no comparto sus ideas, respeto a quienes sostienen la opción conservadora sobre política económica, que no es más que el liberalismo económico clásico que surgió en el siglo XVII, promoviendo la no intervención del Estado en la economía, o la mínima intervención posible. Los respeto, aunque algunos de ellos consideren la educación y la atención a la salud como asuntos privados.
Los liberales, en cambio, sostenemos la política económica del liberalismo moderno (social liberalismo o liberalismo progresista) que surge a principios del siglo XX, considerando que para garantizar el principio liberal fundamental de la igualdad de oportunidades, el Estado debe intervenir (no más de lo necesario) para facilitar la justicia social y procurar el acceso a los derechos básicos de las personas, como la educación y la atención de salud, destinando una parte de los recursos generados en la sociedad para cubrir esas necesidades y para la asistencia social de los pobres y necesitados. Todo dentro del modelo económico capitalista, de propiedad privada y libre mercado.
También respeto a quienes por convicción o por tradición sostienen, en cuanto a la convivencia social, posiciones conservadoras, con actitudes diferentes a las que practicamos quienes somos socialmente liberales: el respeto a la libertad personal en los asuntos privados para quienes creen, piensan y actúan diferente, practicando la tolerancia y privilegiando la persuasión y el convencimiento, en vez de la prohibición o la fuerza.
Aunque los liberales tenemos diferencias importantes en política económica y en política de convivencia social con los conservadores, ambos compartimos principios democráticos; compartimos la filosofía del liberalismo político que promueve gobiernos surgidos de la voluntad popular, igualdad ante la ley, absoluto respeto a la libertad y a los derechos humanos, libre asociación política, elecciones periódicas libres y justas, alternabilidad en el poder y separación, independencia y equilibrio entre los Poderes del Estado.
Liberales y conservadores, aunque seamos adversarios políticos, nos debemos mutuo respeto. Incluso podemos ser aliados para enfrentar dictaduras y amenazas de la izquierda radical, de la derecha radical, del populismo y de políticos corruptos. Al fin y al cabo, en los numerosos temas que en la política se tratan, existen puntos de encuentro no lejanos de la derecha conservadora y de la izquierda liberal. Lo mismo podemos decir de otros partidos democráticos como los socialdemócratas o los socialcristianos. Los enemigos de los demócratas no son la derecha o la izquierda, sino los extremistas de ambos lados, así como los tiranos y los corruptos.
Pero hay temas donde no cabe el respeto. Cuando desde posiciones extremas califican a la moderada izquierda liberal como “comunista” por defender la intervención del Estado para resolver lo que el libre mercado no tiene capacidad de resolver en temas de educación, salud o garantías para los derechos humanos. Esas acusaciones deben repudiarse por falsas y malintencionadas de quienes a sabiendas tergiversan las cosas, y de quienes les creen a ciegas por ingenuidad o falta de conocimiento.
Cabe mencionar que San Juan Pablo II afirma que en una sociedad capitalista, cuando el Estado no interviene para atender las necesidades básicas de los más débiles, estamos ante un “capitalismo salvaje”, contrario a la Doctrina Social de la Iglesia. (cf. Encíclica Centesimus Annus 42 y 43).
Tampoco merecen respeto las actitudes racistas, clasistas, excluyentes, discriminatorias y prejuiciosas contra las personas debido a su raza, nacionalidad, sexo, forma de pensar, religión, opción política, inclinación sexual, posición social o capacidad económica. El racismo, la discriminación y los prejuicios, particularmente contra los negros e indígenas, las mujeres, los homosexuales, los migrantes y los de diferente nivel social, son actitudes repugnantes y condenables.
No son actitudes conservadoras típicas. Los conservadores no piensan así necesariamente. Son actitudes fascistas, originadas en mentes perturbadas y corazones endurecidos, que lamentablemente logran convencer a muchos que los siguen ciegamente, a veces fanáticamente, sin un prudente razonamiento. Pero nunca es tarde para analizar, reflexionar y rectificar.
El autor es abogado y comentarista político.
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