Primero fue su encíclica Fratellis Tutti. Luego sus declaraciones sobre los homosexuales. Ambas han levantado una intensa polvareda. No está mal. Las confusiones son oportunidades doradas para aclarar temas tan delicados como el matrimonio y el grado de autoridad que, para los católicos, tienen las distintas expresiones de un papa.
Para comenzar conviene recordar que el papado no es un invento humano sino una institución querida y fundada por Jesucristo. “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”. En 1870 el Concilio Vaticano I declaró el dogma de la infalibilidad pontificia: que por acción del Espíritu Santo el papa estaba preservado de cometer un error cuando él proclama a la Iglesia una enseñanza dogmática en temas de fe y moral bajo el rango de “solemne definición pontificia” o declaración ex cathedra. No podía ser de otra forma. Si Cristo había instituido su iglesia como guía y maestra para la salvación, era imprescindible que le concediera a su representante en la tierra una protección especial contra el error.
Esta protección no se extiende, evidentemente, a todo lo que diga un papa. Él podría hacer un pronóstico del tiempo, o de la economía, errado. Al fin y al cabo, la Iglesia no ha sido instituida como maestra en temas de ecología, medicina o finanzas. Su reino no es de este mundo, como dijo Jesús a Pilatos. Lo anterior no significa que pueda desatenderse de los asuntos no espirituales que afectan al hombre. Cristo alimentó multitudes hambrientas y sanó enfermedades físicas. Su mandamiento del amor exige una solicitud por el hombre entero. De aquí que la Iglesia muestre un afán por mejorar la sociedad terrena, pero, como le es propio, no a través de la acción política —provincia de los laicos— sino llamando a la conversión y promoviendo criterios morales que la orienten.
De aquí el origen de las encíclicas sociales, documentos que buscan proporcionar criterios éticos enraizados en el evangelio, que sirvan de guía para construir un mundo más justo y mejor. Como están situadas en el tiempo, los diagnósticos que hacen de su entorno pueden cambiar, igual que sus eventuales sugerencias. En este último aspecto hay pontífices que se aventuran más que otros en sugerir (no mandar) medidas concretas. Francisco, por ejemplo, propone auxiliar a los migrantes con visados más expeditos, con una rápida inserción laboral, etc. Aquí el papa no está declarando tales medidas como exigencias morales de obligatorio cumplimiento. Un católico podría tener distintas opiniones sobre la eficacia de dichas propuestas sin faltar a su fidelidad al magisterio. Distinto es cuando se trata de temas como el aborto, declarado por el magisterio como absolutamente perverso y que obliga a todo católico a rechazarlo.
En el ámbito social, político o económico, decía San Josemaría en 1948 que “la doctrina católica no impone soluciones concretas, técnicas, a los problemas temporales; pero sí os pide que tengáis sensibilidad ante esos problemas humanos”. Y eso es, precisamente, lo que legítimamente exige, la encíclica Fratelli Tuttis: que tengamos una especial sensibilidad al dolor de los más pobres; de los descartados, de los marginados, de los migrantes. Su hilo conductor es la caridad. Queda en manos de los laicos, con la autonomía que les es propia, buscar soluciones concretas, sin menoscabo de que presten una atención respetuosa a las reflexiones y sugerencias del pontífice.
El caso de las uniones homosexuales ofrece ciertas similitudes. La doctrina oficial de la Iglesia, y el mismo papa Francisco, siempre ha declarado que el matrimonio solo puede existir entre un hombre y una mujer. Durante el pontificado de San Juan Pablo II la Congregación de la Doctrina de la Fe condenó el afán de equiparar las uniones homosexuales con el matrimonio, dándoles iguales protección y privilegios legales. Francisco no ha roto, ni podría romper, con esa enseñanza. Él no ha llamado a formar familias homosexuales sino a proteger a estos, incluso legalmente, como individuos e hijos de Dios; a no rechazarlos del seno familiar. Quizás faltó alguna precisión semántica, pero es claro que su afán ha sido, otra vez, la caridad hacia todos sin exclusión alguna. Ella ha sido y sigue siendo el hilo conductor de su pontificado.
El autor es historiador y autor del libro “En busca de la tierra prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019”.