Desde la Patagonia al sur, pasando por los Andes hasta llegar al norte y más allá del Gran Cañón de Colorado en los Estados Unidos (EE. UU.) hay un hondo clamor de los pueblos amantes de la democracia y la libertad en torno a la impostergable necesidad de encontrar ya, sin mayor demora, una solución al aciago problema que hoy viste de tragedia y de luto al noble pueblo de la hermana república de Venezuela.
Hay que reconocer que el secretario general de la OEA, Luis Almagro, por lo menos en el caso de Venezuela, ha tratado de enderezar la organización poniendo en práctica los valores y principios de la Carta Democrática Interamericana.
La suspensión de la pasada reunión del miércoles 31 de mayo de los ministros de Relaciones Exteriores de la OEA, debido a la actitud equivocada de los catorce países del Caricom, echó a perder una gran oportunidad para avanzar en la dirección correcta. Sabemos que el grado de dependencia de estos países del petróleo venezolano es muy grande y de ahí que sean fáciles víctimas del chantaje del dictador Maduro. No obstante lo anterior esperamos que en la Asamblea General convocada para el próximo 19 de junio en Cancún (México) los países del Caricom rectifiquen su vergonzosa actitud y se pongan a tono con las naciones más adelantadas del continente que pugnan por darle una salida democrática, con justicia y libertad, al delicado problema venezolano.
Porque es vox populi que el régimen que preside en Venezuela el señor Nicolás Maduro no es más que una brutal dictadura que ha violado reiteradamente no solo la Constitución y las leyes de su propio país (ahora se le antojó hacer una Constituyente a su medida) sino que ha pisoteado sistemáticamente los convenios internacionales, de los cuales Venezuela es signataria, en materia de Derechos Humanos.
De nada han servido los propósitos altruistas y humanitarios por mediar y buscar soluciones mediante el diálogo de altos dignatarios de las Américas y de Europa y de su santidad el papa Francisco, pues todas ellas se han estrellado frente a la tozudez de un gobierno que por razones inconfesables pretende impunemente seguir al frente de los destinos de la patria de Bolívar.
Está claro que esta vez ese noble pueblo no podrá contar con la actitud altiva y patriótica de un Ejército como el que encabezó el 23 de enero de 1958 el almirante Wolfgang Larrazábal hasta el derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, porque los actuales jerarcas de las Fuerzas Armadas venezolanas son parte de la corrupción.
Entonces: ¿Qué hacer?
Es triste tener que decirlo pero, agotadas las gestiones diplomáticas, en mi concepto a la OEA solo le queda el camino de declarar a Venezuela como un Estado fallido (si ya no lo es, está a punto de serlo) y consecuentemente con esto, organizar una Fuerza Interamericana de Paz (FIP) para ir sin mayor tardanza a defender al pueblo venezolano, como la forjó el 28 de abril de 1965 cuando se salvó a República Dominicana de caer en manos del comunismo castrista a través del movimiento armado del coronel Francisco Caamaño Deñó. Dicha fuerza estuvo integrada por miembros de los Ejércitos de Honduras, Paraguay, Nicaragua, EE. UU., Brasil y por un contingente de policías de Costa Rica, al no tener Ejército porque lo abolió en 1949.
Fueron momentos difíciles para el pueblo dominicano, pero valió la pena, porque no solo se paró la efusión de sangre hermana, sino que desde entonces hasta hoy gozan de las ventajas de la paz, de la democracia y de la libertad.
El mundo entero estará pendientes de la próxima Asamblea General de la OEA, el 19 de junio en Cancún, en la que veremos realmente cuáles gobiernos están en favor de la dictadura de Maduro y cuales están a favor de las justas aspiraciones del pueblo venezolano.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).