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Cuatro pulsaciones

Entre las mismas palabras. La mujer es dulcemente indiferente. Me lo pregunto. Ella es mágicamente indiferente. Me lo afirmo.

I.
Entre las mismas palabras. La mujer es dulcemente indiferente. Me lo pregunto. Ella es mágicamente indiferente. Me lo afirmo. Dulcemente silenciosa. Callada con crueldad. Es una sentencia dulce. Porque la indiferencia es dulce. La mujer es dulce. La indiferencia es una sentencia. Dulce es la mujer. La crueldad es callada. Dulce indiferencia. La mujer es callada. La mujer es mágica. Indiferente me lo pregunto. La sentencia es mágicamente callada. Me lo pregunto dulcemente, porque la indiferencia, como sentencia, es cruel.
II.
Amor meus pondus meum. El peso de mi existencia radica en un copo que viaja a cualquier parte. Caigo con el encanto del anonimato, sobre un río que abre la vena de la intensidad. El peso es lo liviano de las postales que fundimos a punta de besos. Miradas con el lenguaje de los dedos. Entre las anécdotas sobre pajaritos, clásicos y pinturas. El peso radica en los relatos escritos a punta de caricias. Cuando peso el amor en la balanza, la medida resulta contada a partir de las fantasías vividas: nieve, caminata, agua, cartas y encantadores paisajes.
III.
Mi versión de “Carol” (2015), protagonizada por Cate Blanchett y Rooney Mara. Las miradas se acariciaron, el tiempo se alteró, también las circunstancias. La multitud pasó a segundo plano, y los juguetes ocuparon el primero. El guante olvidado con alevosía, y la réplica nerviosa y voluntariosa, desató la invitación a una noche de piano mientras lo elemental ocurría e insistía en, inoportunamente, construir el presente, las caricias al aire llegaron al son de un cuarto presidencial perfecto, para luego culminar con trágicos sucesos humanos expresión del amor no correspondido y del amor infinito hacia la descendencia. Luego, el silencio, la reflexión, la negociación, y la oportunidad de rentar un apartamento. Trabajar para hacer una invitación, frente a la duda, la cruda realidad, para luego retornar a las esencias femeninas, dos amantes exquisitamente encantadoras, una por impecable rubia y la otra por inocente juventud, cuyo común denominador era la pulsación de la atracción comprometida. La diferencia de edades inyectan literatura al relato.
IV.
Inyección geográfica. Regalo al cuerpo dos cosas, cuatro teclas de improvisación y dos imágenes de caminatas. Una visita a París, unos días en Buenos Aires y una estación en la Ciudad de México para luego considerar Nueva York y Filadelfia, juntas. El barco es de madera y las banderas están hechas con las páginas de Rayuela. Convencido de los olores en Puerto Madero, recuerdo los besos y cinturas fusionadas en los alrededores del Zócalo, imagen similar a las esquinas llenas de humo y antigüedad de Brooklyn, hermana mayor de Filadelfia, con sus apasionados ríos. Todo lo anterior en estampas de un bar pintoresco en la zona uno de Guatemala, porque de ahí a Managua, hay algunas horas. Pero el Barrio Latino en París, con sus colores, permiten una pausa para seguir al Río Sena. Hic et nunc en el espacio que hay debajo de una mesa de color gris que sostiene una copa que libra una guerra con una botella mayor. La inyección es a doble nalga, porque una aguja fue puesta en horizontal y la otra en vertical. Desde luego, la montañita de carne creada fue explotada con la mano izquierda invisible.

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