La intención era buena. Rescatar los parques para que de nuevo fueran sitios seguros, donde jugaran los niños, pasearan los novios y se distrajeran los ancianos.
Una tarea difícil, luego del terremoto de 1972, cuando muchos parques quedaron abandonados en el área de los escombros de Managua.
Todo iba bien hasta que se informó que un anciano, conocido como Robinson, no quería abandonar la banca donde vivía, en el tope oeste del Parque Central, allí donde nace la calle del Triunfo. Fui a conocerlo. Cuando supo que laboraba en la Alcaldía de Managua, me recibió huraño y me rechazó con su silencio.
Me fui haciendo amigo de Robinson. Me contó que no se llamaba Robinson, me dijo su nombre verdadero con la condición que no lo repitiera. Es que estoy muerto, muerto por pendejo, me confió. Había enviudado y creyó conveniente heredar a sus hijos en vida, una casa y un solar. Más tardó en hacerlo para que los hijos lo corrieran.
Después de deambular pidiendo posada, ya viejo, terminó en la banca del Parque Central. Entonces nació Robinson. Un gran conversador, consejero de pirucas y vagabundos, hombres y mujeres. Un hombre popular. En el Parque Central se formó una gran familia. Nunca estaba solo.
Según hiciera sol o lloviera, era la hora de levantarse de Robinson. Abrigado por cartones o plástico negro. Debajo de la banca guardaba un pocillo, un plato de aluminio y alguna ropa. La comida no le faltaba, más cuando se le dificultó caminar a consecuencia de una caída que le dañó una cadera. Sus necesidades las hacia detrás de unos arbustos, sobre periódicos que doblaba como si fuera un nacatamal que luego tiraba en la basura. Los lava carros lo bañaban, en calzoncillo, como si trataba de un zanate.
Lograda su confianza, le convencí que se fuera a vivir a un asilo de ancianos que queda en la Carretera a Masaya. Fuimos a conocerlo. Le gustó y dijo que se iría. Ese día anduvimos paseando y almorzamos donde doña Marlene, frente al estadio.
Le compramos ropa, dos pares de zapatos y chinelas de gancho. Le llevamos de un salón a dos muchachas para que lo rasuraran, pelo y barba, le hicieron el manicure. Robinson quedó elegante. Quedamos que al día siguiente lo llegaría a traer para llevarlo al asilo.
Cuando llegué en la mañana, Robinson no estaba en la banca. Ni lo busque, me dijeron los lava carros, anoche sus amistades le dieron una despedida, se embolaron, hasta las mujeres y se fueron para una cantinita que hay cerca de la costa del lago. Por la tarde regresé. Robinson estaba todo serio, sentado en la banca. Desde que me vio, agitando mucho las manos, me dijo que no se iría al asilo.
Aquí soy libre, exclamó en un tono alto de voz. Me levanto y acuesto a la hora que me da la gana. Si quiero me baño, si no, no. No soy oficinista para tener horario. Pero lo más importante, agregó Robinson, es que aquí tengo a mis amigos, palmados pero amigos, me dan de comer, me ayudan a hacer mis necesidades, a bañarme. En el asilo nada de eso voy a poder, me van a quitar mi libertad. Pronto me voy a morir, de esta banca no me van a correr, me voy solo muerto.
Dejó de hablar. Con la mano me hizo una señal de despedida para que me fuera. Los trabajos siguieron en el parque, sin afectar a Robinson que se quedó viviendo en la banca. Cuando llegaba a ver cómo iban las mejoras, nos mirábamos de largo.
Tuve que viajar y me ausenté un mes de Nicaragua. Cuando regresé, visité el parque, vi que la banca estaba vacía. Me reconoció uno de los lava carros y me contó que Robinson se había muerto. Nadie supo a dónde fue a parar su cuerpo.
Han pasado varios años. Cuando paso por el Parque Central, me parece ver a Robinson sentado en la banca que fue su hogar durante tanto tiempo.
Desaparecieron sus amigos y amigas, también los lava carros, ahora están media cuadra abajo, apenas uno se acuerda de Robinson. Desde que fue echado de la casa que heredó a sus hijos, Robinson de cierta forma había muerto. Cuando paso frente al parque y miro la banca, en mi memoria revive Robinson, mi amigo, el ser más libre que he conocido.