Julio Icaza Gallard

El culto al héroe

El Reino Unido y España recientemente celebraron los cuatrocientos años de la muerte de Shakespeare y Cervantes. El destino quiso que ambos centenarios tuviesen lugar en una misma fecha y coincidiesen también con el de la muerte de Rubén Darío. Pero Stratford upon Avon no es Alcalá de Henares ni ambas son León de Nicaragua. En nuestro caso la pobreza y mezquindad de espíritu, de la mano con la manipulación política, ganaron la partida.

Al decreto presidencial, lleno de faltas ortográficas, palabrería y propaganda, que alcanzó notoriedad internacional, se sumó una ley aprobada por la Asamblea que nombra a Darío héroe nacional. ¿Qué necesidad había de nombrarle héroe? ¿A él, que tanto aborrecía los credos e insistía en que nadie le imitase? ¿Qué necesidad de mayor reconocimiento para quien traspasó las fronteras de la patria y con su genio y esfuerzo autodidacta se coronó príncipe y maestro de todo el orbe castellano? La hipocresía y mediocridad de sus coterráneos, que tanto le persiguieron en vida, se manifestó una vez más en una ley anodina, llena de palabras huecas y vagos mandatos, que no compromete un centavo para difundir y dar a conocer su obra. Pero todos callaron, políticos y académicos, y aprobaron aquel gesto falaz ante la peor perspectiva de que no se hubiese hecho nada.

Las dos primeras definiciones del Diccionario de la Real Academia se refieren al héroe como “persona ilustre y famosa por sus hazañas y virtudes” y “persona que lleva a cabo una acción heroica”. Las hazañas y virtudes de Darío difícilmente encajan en estas definiciones.

Confundir al autor con el héroe de su novela, poner a Homero en el lugar de Aquiles o Ulises, pareciera una insensatez. No lo es desde la perspectiva del “culto al héroe”, desarrollada por Thomas Carlyle, a partir de la falsa premisa de que la historia universal es, en lo esencial, la historia de los grandes hombres que han actuado en ella.

En su obra Sobre los héroes, este romántico conservador decimonónico desarrolla un catálogo de personajes que van desde el héroe sacerdote y profeta hasta el héroe poeta y literato. Incluye a Odín, Mahoma y Lutero, al Dante y a Shakespeare. Entre los literatos describe los sacrificios y penurias de Samuel Johnson y el escocés Robert Burns, y añade —vaga y brevemente, dadas sus peligrosas credenciales democráticas—, a Juan Jacobo Rousseau. La lista, a todas luces caprichosa, se revela al final como simple introducción a la figura central: el héroe rey, el “Jefe de hombres; aquel a cuya voluntad o voluntades deben los hombres subordinarse y lealmente someterse y hallar su bienestar en hacerlo”, “resumen de todas las diversas formas de Heroísmo”; el “Hombre Capaz”, del que Cromwell y Napoleón no son más que pálidos reflejos.

Carlyle ha sido catalogado, con justa razón, como una de las raíces anglosajonas del nazismo, junto a Ruskin y Houston Stewart Chamberlain, y sus tesis arrojan luz sobre el oculto sentido de una ley aparentemente insensata y superflua.

Con una mínima parte del gasto que representa la reciente adquisición de tanques rusos, que no servirán para defender soberanías nacionales sino para aplastar rebeliones populares o sitiar casas presidenciales en un futuro no muy lejano, se pudo haber creado y puesto a funcionar un instituto, encargado de recopilar todas sus obras y lo que se ha escrito y seguirá escribiendo sobre Rubén alrededor del orbe. Que promueva no solo los conocimientos que encierra sino también los valores éticos que sustentan su modernista empresa estética: la verdad y la sinceridad, frente a la hipocresía y la mentira; la excelencia, frente a la mediocridad; el humanismo frente al materialismo y la guerra; la libertad, la diversidad y la democracia, frente a la tiranía.

El autor es catedrático.

Opinión Rubén Darío archivo
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