Humberto Belli Pereira
Quienes creen que la unidad de los liberales o de las fuerzas opositoras es la clave para derrotar al orteguismo, están equivocados. No se me mal interprete. No estoy diciendo que la unidad carezca de importancia, sino en que no debe sobreestimarse su eficacia.
Las nuevas realidades políticas del país exigen repensar muchos conceptos y explorar formas de lucha distintas de las tradicionales.
Una de las nuevas realidades políticas es que Nicaragua ha dejado de ser una democracia representativa. En países donde el voto mayoritario es el instrumento para llegar al poder, tiene sentido que los partidos se unan cuando los votos combinados de sus organizaciones pueden superar los del adversario. Pero en Nicaragua el voto ha dejado de ser el instrumento definitorio de la representación política, o de la cuota de poder que corresponde a los partidos. Estas las fija un Consejo Supremo Electoral subordinado a Ortega y que cuenta los votos en la forma que este le orienta.
Los obispos exigieron públicamente a Ortega rectificar esta abominable anomalía, pero no hay indicios de que piense hacerlo. De forma que la oposición política nicaragüense tiene que partir de esta premisa: a menos que se produzca un improbable cambio en Ortega, la vía electoral no será la forma para cambiar el gobierno de la República.
Lo anterior implica un cambio dramático y radical en la forma de concebir la actividad política y en la forma misma de entender la organización y fines de un partido. De nuevo, en una democracia representativa los partidos se afanan por cultivar su tendido electoral, hacer propuestas de cambio atractivas, presentar buenos candidatos a diputados y alcaldes, captar simpatías y cultivar alianzas. Estas y otras actividades afines pierden su vigencia en caso de gobiernos que niegan la legitimidad del sufragio.
¿Qué opciones tiene un pueblo que desea cambios o gobernantes distintos cuando la vía electoral está cerrada? Descartando el resignarse, no sé si usted lector tendrá en mente una tercera alternativa. A mí solo se me ocurren dos: los tiros o la calle.
Dado que los tiros son una alternativa violenta, moralmente objetable, e históricamente ruinosa, solo queda la calle: el pueblo, organizado o espontáneo, movilizándose en forma masiva y desarrollando diversas formas de resistencia cívica. Los ejemplos abundan: la primavera árabe y la legión de dictadores que han sucumbido a las protestas callejeras.
Obviamente esto no ocurre así por así. Deben de darse un conjunto de condiciones objetivas y subjetivas que a veces tardan en madurar.
Tampoco es una receta infalible, barata o de corto plazo. Conoce de muchos fracasos, implica sacrificios considerables y exige mucha paciencia. Pero si las otras vías están cerradas, las organizaciones políticas deben ir pensando en prepararse para este tipo de luchas.
Las nuevas circunstancias exigen pasar del partido electorero al partido revolucionario. Es todo un cambio de paradigma o modelo organizativo. Algunas lecciones de Lenin se vuelven relevantes: entender al partido no como un buscador de votos sino como un espacio de militantes —intensamente comprometidos y entrenados— cuyo objetivo es activar la resistencia al gobierno y movilizar la población hasta lograr el cambio deseado. Valen también las lecciones de Gandhi: ir forjando, en el fogueo de la resistencia no violenta, militantes con mística y principios que encarnen en sí mismo los ideales y la ética de la nueva sociedad.
Debe buscarse la unidad, pero no solo alrededor de programas y personas, sino de un tipo de lucha, convencidos de que tarde o temprano, la democratización de Nicaragua no se logrará en las urnas sino en las calles.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.