En Nicaragua hay muchas carencias y una de las principales es la falta de justicia. Lo cual es grave y penoso si damos crédito a lo que dicen juristas eminentes: que los grandes problemas de Nicaragua siempre empiezan y terminan en la justicia.
A partir de este concepto, tenemos que señalar que una de las principales fallas de la transición democrática de Nicaragua —la cual comenzó el 25 de febrero de 1990 pero nunca pudo terminar— fue que no se aplicó la justicia transicional, o sea que no fueron juzgados ni castigados los crímenes de lesa humanidad que se cometieron durante la toma del poder por el Frente Sandinista, en julio de 1979; ni los muchos que fueron cometidos durante la dictadura del FSLN que se prolongó hasta abril de 1990. Pero no solo faltó la justicia transicional plena, o sea el juzgamiento y condena de los crímenes que se cometieron en ese período crucial de la historia nacional, sino que ni siquiera hubo justicia en su mínima expresión, como hubiera sido el esclarecimiento de tales crímenes mediante un libro blanco que identificara a los responsables intelectuales y materiales, para que al menos quedaran a disposición del veredicto de la historia.
Sacamos esto a colación a propósito de una crítica que se hizo a nuestro editorial de ayer martes 2 de julio, porque no mencionamos los crímenes del somocismo al hablar de la necesidad de hacer un libro blanco sobre los asesinatos políticos y de guerra que cometieron los insurrectos contra la dictadura somocista cuando tomaron el poder, en julio de 1979; y los que se perpetraron también en el período de 1979 a 1990, durante el cual los entonces todopoderosos comandantes sandinistas detentaron el poder y lo ejercieron con mano de hierro.
Pero el editorial de ayer se refería específicamente a los crímenes que se cometieron durante la toma sandinista del poder, a propósito de un escrito del doctor León Núñez sobre algunos hechos criminales realmente monstruosos que ocurrieron en Acoyapa en aquellos días, y en relación también con la sugerencia del doctor Emilio Álvarez Montalván, de que se deben hacer libros blancos sobre algunos grandes temas nacionales.
Además, los crímenes del somocismo son muy conocidos y en general están documentados. A lo largo y ancho del país hay memoriales y monumentos de mártires sandinistas, conservadores, liberales, socialcristianos, socialistas y comunistas, de la lucha contra la dictadura somocista. En todo caso, lo que habría que hacer es reunir todos esos testimonios en un solo libro blanco de los crímenes del somocismo. Pero en el caso de los crímenes del sandinismo, muchos de ellos son desconocidos, fueron muy bien ocultados o ha habido miedo de denunciarlos, de modo que hay que sacar del olvido hechos, nombres y recuerdos como los de Acoyapa, que sin duda se repitieron en muchos otros lugares del país.
No hay que tener miedo a una catarsis como esa. La memoria —y eso es el libro blanco— es indispensable para que se haga justicia, o, si esto no es posible, al menos para que no se vuelvan a cometer esos mismos crímenes odiosos. Una “reconciliación” fundada en la mentira y en el ocultamiento de todos esos crímenes , es solo una máscara grotesca para encubrir culpas y cobardías. Y así no se forma una nación digna y orgullosa de sí misma.
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