Al hablar del aprovechamiento del río San Juan y el lago Cocibolca para algún gran proyecto de desarrollo nacional, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal advertía que “es necesario, antes de aplaudir una nueva aventura, buscar la respuesta clara y acertada a una pregunta: ¿Qué es lo que podemos y debemos hacer allí?” El doctor Chamorro llamó “los pies descalzos de Nicaragua” a esa estratégica zona del río y el gran lago.
El doctor Chamorro Cardenal no estaba en contra de la construcción de un canal interoceánico. Pero tampoco apostaba a una sola opción, pues decía que “hay muchas cosas buenas para Nicaragua, que pueden y deben hacerse, en la zona de nuestros pies descalzos”. De allí que insistiera “sobre la necesidad en que estamos hoy y hemos estado siempre los nicaragüenses, de hacernos una pregunta sobre el fondo de nuestra geografía, es decir, de escudriñar todo lo necesario para descubrir de una vez por todas la naturaleza de nuestro destino respecto de los lagos y el río, con el objeto de convertir la respuesta que salga de ahí, en un desiderátum nacional, permanente e imperecedero”.
La recomendación del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal recobra vigencia en las circunstancias actuales, cuando se da como un hecho inminente la construcción del canal interoceánico en el territorio nacional, que estaría a cargo de una todavía desconocida empresa de China comunista y en el cual, de acuerdo con la ley aprobada con ese objetivo y vigente hasta este momento, el Estado de Nicaragua tendría una participación accionaria y en los beneficios, del 51 por ciento.
A juzgar por lo que refleja el debate sobre el probable canal interoceánico por Nicaragua, el país se encuentra dividido prácticamente en dos mitades: la de los canaleros, que pregonan los supuestos beneficios maravillosos que traería el canal para el presente y el futuro de Nicaragua; y la de los anticanaleros, quienes alertan que la construcción de la ruta interoceánica cruzando el lago Cocibolca podría causar una catástrofe ambiental al arruinar el legendario “mar dulce” de las antiguas crónicas españolas, que es el segundo lago de más tamaño en América Latina y la reserva acuática más importante de Nicaragua y de toda el área centroamericana.
Pero la participación en este debate no debe limitarse a los expertos canaleros, los científicos y los ambientalistas. Siendo un “desiderátum nacional” (o sea lo mejor y lo más digno de ser deseado), según la expresión del doctor Chamorro Cardenal, la discusión y la decisión sobre el proyecto del canal debe de involucrar a todo el país. Incluso se debería someter a una gran consulta popular institucional, pues precisamente para temas de gran trascendencia como este es que se consignó en la Constitución Política, el principio fundamental de que el pueblo nicaragüense ejerce su poder político de manera directa, por medio del plebiscito y el referéndum.
Sin embargo, Daniel Ortega le está dando al asunto del canal un tratamiento no de desiderátum nacional, sino de oscuro proyecto político personal y partidista. Tal pareciera que para Ortega la construcción del canal no es un proyecto estratégico para el gran desarrollo nacional, como debería ser, sino un plan para afincar a China comunista en América Central, es decir, en el sitio más delicado del patio trasero de Estados Unidos, como parte de otra guerra fría y un nuevo pleito geopolítico mundial.
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