El domingo pasado hubo elección presidencial en República Dominicana y salvo algunos problemas menores y aislados, todo transcurrió normalmente y con limpieza. La misma noche del domingo se supo que el candidato del oficialista Partido de la Liberación Dominicana (PLD), había ganado la contienda con el 51.24 por ciento de los votos; y que el principal candidato opositor, del Partido Revolucionario Dominicano (PRD), quedó en segundo lugar con el 46.93 por ciento de los sufragios.
Los dos candidatos principales fueron previamente escogidos en elecciones primarias. 24 partidos participaron en la competencia, de los cuales 6 presentaron sus propios candidatos y 16 lo hicieron en alianza con los dos partidos más importantes.
Los dominicanos residentes en el extranjero pudieron votar sin problema, por los candidatos de su preferencia. Las votaciones fueron observadas por organismos nacionales e internacionales y a las autoridades electorales dominicanas no se les ocurrió limitarla con ningún reglamento restrictivo, ni trató de vaciar su capacidad de eficacia convirtiéndola en “acompañamiento”.
Los medios de comunicación no sufrieron interferencia en sus labores informativas. Y además, las principales empresas encuestadoras acertaron casi exactamente en sus estimaciones sobre cuál sería el resultado de las votaciones.
O sea que la elección presidencial en República Dominicana fue libre, justa y limpia, como deben ser las elecciones en un país democrático.
Y como deberían ser también en Nicaragua, pero lamentablemente no es así. Con frecuencia se dice que las elecciones, aunque sean libres y limpias no son suficientes para que haya democracia. Y es cierto.
Para que funcione plenamente la democracia, además de elecciones justas y transparentes debe haber instituciones democráticas eficaces, los poderes estatales deben ser independientes, tiene que funcionar el Estado de Derecho y la justicia ser independiente, los derechos humanos han de ser respetados escrupulosamente, la libertad de expresión y de prensa tiene que ser ejercida sin restricciones y se debe gobernar en función de las mayorías populares, sin menospreciar los intereses de la minoría.
Todo eso es verdad. Pero también es cierto que sin elecciones libres y limpias no puede haber democracia. Las elecciones justas y transparentes constituyen el fundamento del sistema democrático, sin ellas no existen los demás atributos e instituciones de la democracia.
En Nicaragua hubo elecciones libres y limpias en dos ocasiones consecutivas, 1990 y 1996, pero después, el pactismo caudillista comenzó a distorsionar el incipiente desarrollo democrático y corrompió el mecanismo electoral del Estado, con el fin de liquidar el pluralismo político y restablecer el bipartidismo oligárquico que era característico del somocismo.
Por eso es que en Nicaragua ahora se lamenta que en vez de elecciones se monten farsas y fraudes electorales. Y por eso se mira con envidia a países como República Dominicana, donde, según ocurrió el domingo recién pasado, sí se respeta esa regla básica de democracia, cultura y progreso que es la elección libre, justa y limpia.